3 septiembre, 2026
Oaxaca MX
Opinión

Gobierno digital y poder público

Gobierno digital y poder público

Misael Sánchez

La digitalización del gobierno no es un asunto técnico ni una moda administrativa; es, en sentido estricto, una disputa por el control del tiempo, del espacio público y de las relaciones de poder que históricamente han definido la interacción entre el Estado y la ciudadanía. En Oaxaca, ese proceso comienza a adquirir una densidad política concreta cuando el gobierno decide trasladar el corazón de sus trámites al terreno digital, no como gesto simbólico, sino como reorganización estructural de la burocracia.

Lo que está en juego no es solamente la comodidad del usuario, sino la redefinición del vínculo entre autoridad y sociedad. Durante décadas, el trámite presencial fue un territorio fértil para la opacidad, la intermediación informal y la discrecionalidad. Las filas interminables, la fragmentación institucional y la dependencia del gestor no fueron accidentes del sistema, sino su expresión más cruda. En ese contexto, el gobierno digital aparece como una tecnología de orden, pero también como una herramienta de desarticulación de prácticas arraigadas.

La decisión de concentrar servicios esenciales en una aplicación móvil implica reconocer una realidad evidente: el teléfono celular se ha convertido en la extensión cotidiana del espacio público. Allí se informan, se organizan y reclaman los ciudadanos; era inevitable que también se convirtiera en la puerta de entrada al Estado. El giro relevante no es tecnológico, sino político: el gobierno deja de esperar a la ciudadanía en sus oficinas y decide ir a su encuentro, con reglas claras y procedimientos visibles.

En este proceso, el discurso de eficiencia se acompaña de una intención más profunda: reducir el contacto innecesario entre ciudadano y funcionario, no por deshumanización del servicio, sino por la necesidad de acotar zonas de ambigüedad donde florecen la corrupción menor y el abuso sistemático. Cuando un acta, una licencia o una constancia pueden tramitarse sin mediadores, se desactiva un ecosistema informal que durante años normalizó el cobro indebido y el privilegio encubierto.

La digitalización del registro civil resulta particularmente significativa porque toca el núcleo de la identidad jurídica. Actas de nacimiento, correcciones y certificaciones no son simples documentos administrativos; son la llave de acceso a derechos, programas y reconocimiento legal. Al trasladar estos procesos a una plataforma accesible desde cualquier punto del estado, el gobierno redefine la noción misma de presencia institucional, especialmente en territorios donde la distancia física había sido sinónimo de exclusión.

Algo similar ocurre con la movilidad, el tránsito y la seguridad vial. La automatización de citas, licencias y pagos no sólo reduce tiempos; introduce un principio de trazabilidad que limita la discrecionalidad. La multa deja de ser negociación y se convierte en dato verificable. El sistema sustituye la interpretación personal por una lógica estandarizada que, aunque imperfecta, es menos vulnerable al abuso.

El caso de los registros públicos y el catastro revela otra dimensión del proceso: la reconstrucción del Estado desde sus archivos. Sistemas fragmentados, información dispersa y plataformas inestables no son meros problemas técnicos, sino síntomas de administraciones que nunca pensaron el dato como bien público. La creación de sistemas propios, interoperables y con respaldo institucional sugiere un intento de recuperar el control sobre la información que sostiene la legalidad patrimonial y territorial.

La atención ciudadana digital introduce una lógica distinta de relación con el espacio urbano. Reportar un bache, una inundación o una falla en servicios básicos ya no depende de la cercanía política ni de la persistencia personal, sino de un canal institucional que reconoce la queja como dato procesable. No resuelve todos los problemas, pero redefine la expectativa: el reclamo entra al sistema, deja rastro y obliga a una respuesta, aunque sea gradual.

El componente educativo del programa muestra que la digitalización no se limita a trámites, sino que apunta a reducir brechas estructurales. La instalación masiva de conectividad en escuelas, especialmente de nivel medio superior, no sólo amplía el acceso a información, sino que reconfigura las posibilidades de aprendizaje en regiones históricamente marginadas del ecosistema digital. No se trata de tecnología como fetiche, sino como infraestructura básica del conocimiento contemporáneo.

Este modelo, sin embargo, no está exento de tensiones. La resistencia interna dentro de las propias dependencias revela que la digitalización no amenaza a la ciudadanía, sino a inercias burocráticas que durante años operaron sin escrutinio. La transformación digital, en este sentido, no es neutra: desplaza poder, modifica rutinas y obliga a una adaptación que no todos están dispuestos a asumir.

La insistencia del gobernador Salomón Jara Cruz en exhibir públicamente el funcionamiento de las aplicaciones no es un gesto menor. Es una forma de pedagogía política que busca familiarizar a la sociedad con el nuevo modelo, pero también blindar el proceso mediante la exposición constante. Lo que se muestra deja de ser promesa y se convierte en evidencia verificable.

El papel técnico y operativo encabezado por Moisés Juárez Rodríguez evidencia otra clave del proceso: la necesidad de una conducción especializada que entienda la tecnología no como adorno institucional, sino como herramienta de reorganización administrativa. La construcción de sistemas propios, la integración de inteligencia artificial en atención ciudadana y la automatización de trámites complejos sugieren una estrategia que mira más allá del corto plazo.

El escenario que se abre es claro. Si el gobierno digital logra consolidarse, el Estado reducirá sus zonas grises y la ciudadanía ganará tiempo, previsibilidad y autonomía. Si fracasa, el riesgo no será tecnológico, sino político: reforzar la desconfianza y confirmar la sospecha de que toda innovación es simulación. La diferencia entre ambos desenlaces no estará en la aplicación, sino en la consistencia institucional que la sostenga.

La recomendación implícita es evidente: mantener la lógica de apertura, evaluar públicamente los avances y corregir sin estridencias. La tecnología, cuando se usa con sobriedad y propósito, no resuelve todos los problemas, pero sí ordena el campo de juego. En un contexto donde la burocracia fue durante años un obstáculo, el gobierno digital aparece como una oportunidad para redefinir la experiencia cotidiana del Estado, no desde el discurso, sino desde la práctica verificable.

Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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