6 noviembre, 2026
Oaxaca MX
Opinión

Extinción entre mandarinas

La vida es un suspiro. Atraviesa el alma como un viento seco, sin aviso. Un día eres niño, otro día estás cargando un ataúd. Lo vi en el verano del 72. El anciano bajó del autobús, se apeó, como decían en mi pueblo. Le abrieron la puerta trasera y le empujaron un ataúd de madera. Lo cargó a cuestas. Sin ayuda. Sin ceremonia. Cruzó el alambrado, se internó al cafetal, cruzó la finca y llegó a otra. La de sus hijos. La de él.

No era un ataúd cualquiera. Era de madera nacional, sin barniz, sin herrajes brillosos. De los que se fabrican en serie, con listones de pino y tapa de encaje sencillo. No tenía blonda ni almohada interior. Era un ataúd de pobre. Pero bien hecho. De los que se guardan “por si acaso”. Lo subió al tapanco. Lo acomodó entre costales de café y cajas de herramientas. Nadie preguntó. Nadie se atrevió.

En mi pueblo, tener un ataúd en casa no era raro. Era previsión. Como tener sal, machete y veladoras. Pero aquel anciano parecía haberlo traído para algo más. Tal vez pensó en sí mismo. Tal vez en sus hijos. Tal vez en sus nietos. Lo cierto es que no fue él quien lo usó primero.

Empezaron a morir. Por causas diversas. Uno por dengue. Otro por una caída. Otro por una bala perdida. Fue un moridero. El ataúd bajaba del tapanco, se usaba, se limpiaba, se volvía a subir. Como si fuera herramienta. Como si fuera mueble. Como si fuera parte de la casa.

La familia se fue extinguiendo. Los que quedaban levantaron el vuelo. Vendieron la finca. El ranchito. Ahora allí hay una escuela. Los niños juegan donde antes se velaban cuerpos. Donde antes se recogían mandarinas. Porque sí, había muchas mandarinas. Era temporada. Con sus nietos, el anciano iba por ellas. También por los mangos. Era el paso hacia el río.

Años después, investigué sobre ataúdes. No por nostalgia. Por oficio. Descubrí que hay ataúdes de cartón, de metal, de plástico reciclado. Que algunos tienen recubrimientos ecológicos, removibles, decorativos. Que otros se fabrican con madera recuperada, con adhesivos no tóxicos, con telas biodegradables. Que hay normas técnicas, especificaciones, licitaciones públicas. Que un ataúd puede costar lo mismo que una motocicleta. O menos que una cena.

Conocí a fabricantes. A carpinteros que cortan listones como quien corta silencios. A mujeres que cosen interiores como quien cose recuerdos. A vendedores que ofrecen modelos como quien ofrece destinos. “Este es para adulto mayor. Este para niño. Este para traslado. Este para cremación.” Todo tiene nombre. Todo tiene función.

Conocí a familias que compran ataúdes antes de tiempo. Por miedo. Por costumbre. Por economía. Porque en algunos pueblos, si no tienes ataúd, no tienes entierro. Porque en algunas ciudades, si no tienes dinero, no tienes descanso.

Conocí a un hombre que tenía tres ataúdes en su casa. Uno para él. Uno para su esposa. Uno para su perro. “Por si acaso”, dijo. Y no era broma.

Volví al pueblo. Busqué el tapanco. Ya no existe. Lo demolieron. Pero en la escuela, en una bodega, encontré una caja vieja. De madera. Sin tapa. Sin herrajes. Sin blonda. Era un ataúd. O lo fue. Nadie lo reclamó. Nadie lo explicó.

Y entendí que los ataúdes no son solo cajas. Son símbolos. Son silencios. Son memoria. Son arquitectura de la despedida. Que hay ataúdes que se usan. Y ataúdes que esperan. Que hay ataúdes que se heredan. Y ataúdes que se olvidan.

El anciano del 72 murió. No sé cuándo. No sé cómo. Pero lo imagino. Lo imagino bajando el ataúd del tapanco. Lo imagino limpiándolo. Lo imagino acostándose dentro. No por morbo. Por certeza. Porque hay quienes entienden la muerte como parte del inventario.

Y yo, que nunca cargué un ataúd, que nunca fabriqué uno, que nunca dormí cerca de uno, sigo recordando aquel verano. Las mandarinas. El cafetal. El alambrado. El anciano. El ataúd.

Porque hay historias que no se entierran. Se narran. Aunque ya no quede rastro. Aunque ya no quede generación. Aunque ya no quede tapanco.

—

Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

Fragmento de “Yo, tú, él y sus cuentos”

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