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No fue una guerra. Fue una retirada. Silenciosa. Fragmentada. Como cuando los servicios de inteligencia cerraron sus oficinas tras la caída del Muro. Como cuando los agentes de campo se quedaron sin misión, sin enemigo, sin presupuesto. Así está el periodismo ahora. Desmovilizado. Desarmado. Desempleado.
Yo lo vi. En París, en un café que antes servía como punto de encuentro entre agentes franceses y cubanos. Ahora lo usan reporteros sin redacción. Freelancers con pasaporte vencido. Ex corresponsales que intercambian fuentes como si fueran códigos. En la mesa del fondo, uno desliza una USB. Otro, entrega una libreta. Nadie firma. Nadie graba. Todos saben que la nota ya no se publica. Se negocia.
En Moscú, los pasillos del metro aún conservan la humedad de los túneles usados por la KGB. Hoy los cruzan periodistas rusos que escriben desde el exilio. No llevan micrófono. Llevan memoria. Y miedo. En La Habana, los cafés del Vedado reciben a corresponsales que alguna vez cubrieron revoluciones. Ahora cubren apagones. En Washington, los antiguos analistas de inteligencia trabajan como editores de medios digitales. Saben leer entre líneas. Saben borrar sin dejar rastro.
En Oaxaca, el mono de calenda camina por la calle de Alcalá. Nadie lo mira. Nadie lo sigue. Pero todos saben que debajo del papel maché hay alguien que escucha. Que observa. Que registra. Que entrega. El mono no baila. El mono vigila. Lo vi una tarde, frente al Teatro Macedonio Alcalá. Se detuvo. Me miró. Y siguió. No dijo nada. No tenía que hacerlo.
México es un país donde el espionaje y el periodismo comparten cafés, taxis, funerales. Donde los reporteros aprenden a cifrar mensajes, a usar teléfonos desechables, a cambiar de ruta. Donde los espías se disfrazan de fotógrafos. Donde los fotógrafos desaparecen. Donde la información vale más que la firma. Y donde la firma puede costar la vida.
Yo sólo quería decir unas palabras. Eso pensé cuando me citaron en un estacionamiento subterráneo en Lyon. El contacto era un exagente cubano. Me entregó un sobre. Dentro había recortes de prensa, mapas, nombres. Me dijo que ya no trabajaba para nadie. Que ahora escribía. Que la diferencia entre un espía y un periodista es que uno cobra por callar y el otro por hablar. Pero que ambos terminan solos.
La crisis del periodismo no es de audiencia. Es de propósito. Como los espías tras la Guerra Fría, los reporteros buscan nuevas causas, nuevos enemigos, nuevos códigos. Algunos se reinventan como documentalistas. Otros como analistas. Otros como fantasmas. Pero todos saben que el oficio ya no se ejerce en redacciones. Se ejerce en tránsito. En sombra. En resistencia.
En una estación de tren en Berlín, vi a una mujer que alguna vez cubrió conflictos en Medio Oriente. Ahora vendía café. Pero en su mochila llevaba una grabadora. Y una libreta. Y una lista de nombres. No había dejado el oficio. Lo había camuflado. Como el mono de calenda. Como el espía que escribe columnas. Como el periodista que nunca publica.
Porque en este mundo donde la verdad se negocia y la información se vigila, el periodismo no ha muerto. Solo ha cambiado de túnel.
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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx
Fragmento de “Yo, tú, él y sus cuentos”
