19 agosto, 2026
Oaxaca MX
Opinión

Activismo desde los ríos

 

El activismo ambiental no llegó como encargo. Se reveló como certeza. El reportero lo descubrió en una caminata por la ribera del Atoyac, cuando el agua ya no era agua, sino residuo. Cuando el olor no evocaba río, sino cloaca. Cuando los peces no nadaban, sino flotaban. Allí, entre el barro y la espuma tóxica, comprendió que la ecología no era una sección del periódico. Era una trinchera.

Desde entonces, su agenda se llenó de nombres que no salían en boletines, de causas que no cabían en comunicados, de voces sin micrófono. Caminó con ellos: con los que eran, con los que fingían ser, con los que cobraban por parecer, con los que arriesgaban por defender. Aprendió a distinguirlos. No por el discurso. Por los zapatos. Por las manos. Por el silencio.

En el Salado, lo recibió una mujer que sembraba árboles sin permiso. Decía que el bosque no necesitaba trámites, que la tierra se defendía con raíces, que el agua se cuidaba con sombra. Que el gobierno llegaba tarde. Y que los ecologistas de escritorio llegaban peor. Le mostró un vivero improvisado, le habló de especies nativas, le enseñó a distinguir entre reforestación y simulacro. El reportero anotó todo. Pero no publicó nada. Porque entendió que hay historias que se protegen con el anonimato.

En Los Perros, lo guiaron por una vereda que antes fue cauce. El río había sido desviado por una obra hidráulica inconclusa. El agua se fue. La fauna también. Quedaron los habitantes. Y los activistas. Unos con pancartas. Otros con contratos. Unos con argumentos. Otros con convenios. El reportero los escuchó a todos. Y escribió sobre los que no hablaban. Sobre los que resistían sin cámara. Sobre los que no pedían entrevista.

En la Sierra Norte, asistió a una asamblea comunal. El tema: la defensa del bosque frente a una concesión minera. Los ecologistas llegaron en camionetas blindadas. Los comuneros en burros. Los primeros traían mapas. Los segundos traían memoria. El reportero se sentó al fondo. Observó. Anotó. Y entendió que la ecología no se discute. Se vive. Que el activismo no se mide por seguidores. Se mide por caminatas.

Una vez lo invitaron a una conferencia sobre biodiversidad. El expositor era funcionario. El moderador, empresario. El público, estudiantes. El discurso, impecable. Las cifras, precisas. Las promesas, abundantes. Pero al salir, el reportero vio un camión descargando desechos industriales a la orilla del río. Y ahí entendió que la ecología institucional tiene horario. Y que la destrucción no lo respeta.

En Etla, un grupo de jóvenes lo recibió. Hacían senderismo como forma de protesta. Caminaban por rutas contaminadas. Documentaban. Publicaban. Denunciaban. No pedían permiso. No pedían fondos. No pedían reconocimiento. Solo caminaban. Y el reportero caminó con ellos. Aprendió a leer el paisaje. A distinguir entre erosión y saqueo. A entender que la naturaleza no se defiende desde el escritorio. Se defiende desde el terreno.

Cubrió una marcha contra una planta de tratamiento que nunca trató nada. La encabezaban líderes que antes habían firmado su construcción. El reportero los reconoció. Los había entrevistado años antes. Y ahí entendió que el activismo también se recicla. Que hay causas que se alquilan. Que hay luchas que se maquillan. Que hay ecologistas que cambian de camiseta según el presupuesto.

Pero también conoció a los verdaderos. A los que limpian ríos sin cámaras. A los que siembran sin reflectores. A los que denuncian sin respaldo. A los que educan sin salario. A los que protegen sin uniforme. A los que entienden que el medio ambiente no es tema. Es urgencia.

Y cuando el reportero dejó de caminar, cuando el cuaderno se llenó, cuando la voz se cansó, quedó la certeza: el activismo ambiental no es una moda. Es una necesidad. La ecología no es una sección. Es una responsabilidad. El periodismo no solo informa. También acompaña.

Porque hay historias que no nacen en la redacción. Se descubren paso a paso, bajo el sol, entre el lodo. Y hay reporteros cuya valía no se mide por lo que aparece impreso, sino por lo que sostienen con convicción. No siempre serán citados, ni celebrados, ni recordados. Tal vez sus textos se borren, sus pasos se detengan, sus nombres no se salven. Pero su huella quedará. En lo que defendieron. En lo que caminaron. En lo que decidieron contar.

Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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