29 julio, 2026
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La geometría del mundo en un penacho

La geometría del mundo en un penacho 

 

 

Misael Sánchez

Alrededor del mediodía, cuando el sol cae sobre el Cerro del Fortín con la precisión de un viejo reloj solar, la Danza de la Pluma inicia su largo ritual. El periodista, sentado entre turistas que aún no comprenden del todo lo que están a punto de presenciar, observa cómo los primeros compases cruzan el aire y producen ese estremecimiento que tantas veces ha sido descrito por quienes han estudiado la tradición. Él lo reconoce de inmediato: es el mismo sobresalto físico que aparece en los testimonios históricos y en las crónicas contemporáneas, una reacción que no depende de la nostalgia sino de la contundencia del sonido.

La banda de viento afina instrumentos que no existían cuando los dominicos redactaron el libreto original en el siglo XVII. El periodista recuerda que la danza nació como un drama épico‑doctrinal, pensado para representar la conquista y, al mismo tiempo, para integrar a los pueblos indígenas en la nueva liturgia. Tres siglos después, la escena se despliega ante él con una naturalidad que desafía el tiempo. No es arqueología. Es continuidad.

El Auditorio Guelaguetza, con su estructura semicircular, funciona como un anfiteatro donde la historia se representa sin pedir permiso. La Rotonda de las Azucenas rodea el espacio como un umbral simbólico: quien lo cruza deja atrás la ciudad contemporánea y entra en un territorio donde la memoria se ejecuta con disciplina coreográfica.

Los danzantes avanzan con sus penachos monumentales. Cada penacho es una arquitectura móvil que representa el universo, el sol y los cuerpos celestes. Los espejos incrustados en la estructura reflejan la luz y multiplican la escena. El periodista interpreta esos destellos como una forma de astronomía coreográfica: cada giro es una órbita, cada salto una rotación, cada desplazamiento un cálculo geométrico que los zapotecos resolvieron sin fórmulas escritas.

La tradición dicta que la Danza de la Pluma es ejecutada por varones, pero en la Guelaguetza contemporánea dos mujeres participan con una presencia que altera la lectura clásica del ritual. Una interpreta a la Cihuapilli, la figura femenina del bando indígena. La otra, más joven, representa a la Malinche.

El periodista las observa con atención. No son figuras decorativas. Sus movimientos sostienen la tensión narrativa. La Cihuapilli mira a Moctezuma con una serenidad que recuerda a las figurillas precolombinas encontradas en Zaachila. La Malinche se desplaza con precisión casi militar, consciente de que su papel es el de un puente entre mundos que nunca terminaron de reconciliarse.

Ambas mujeres introducen una lectura contemporánea del drama. No sustituyen la tradición, pero la amplían. En un contexto donde la participación femenina en rituales históricos ha sido limitada, su presencia funciona como una actualización cultural que no rompe la estructura original, sino que la reinterpreta.

A diferencia de los espectadores que buscan la postal, el periodista se siente obligado a registrar lo que ocurre con una mirada más rigurosa. Sabe que la Danza de la Pluma no es un espectáculo folclórico, sino un sistema de pensamiento. La coreografía no es decorativa: es una forma de organizar el mundo.

La banda ejecuta el “Registro”, luego el “Espacio”, después la “Marcha de Cortés”. Cada pieza tiene una función narrativa. El periodista recuerda que en el texto original del siglo XVIII se indicaba incluso cuándo debía tocar la música y cuándo debía declamarse. Nada es improvisado. Todo responde a una lógica que mezcla catequesis, memoria indígena y teatralidad barroca.

Cuando Moctezuma y Cortés se encuentran en el centro del escenario, el periodista siente que la historia vuelve a ocurrir. No como repetición, sino como insistencia. El combate se representa sin violencia explícita, pero con una tensión que se percibe en la respiración del público.

Las dos mujeres observan la escena desde sus sillas. La Cihuapilli mantiene la compostura. La Malinche parece anticipar el desenlace. El periodista piensa que ellas, más que los hombres que giran con penachos astrales, sostienen la dimensión humana del relato.

La crónica se vuelve futurista cuando el periodista imagina cómo será la Danza de la Pluma dentro de cien años. No como espectáculo turístico, sino como un archivo vivo que seguirá adaptándose. La música cambiará, los materiales de los penachos serán distintos, las coreografías integrarán nuevas lecturas del cosmos. La danza sobrevivirá porque no depende de la nostalgia. Depende de la comunidad, de la mayordomía, del compromiso que obliga a los danzantes a bailar por lo menos tres años.

En un mundo acelerado, esa promesa es un acto de resistencia.

Cuando la banda interpreta Dios nunca muere, el periodista entiende que la crónica debe terminar ahí. No porque la música cierre la representación, sino porque la pieza funciona como una síntesis emocional del ritual.

El sol cae sobre los penachos. Las dos mujeres se levantan. Los danzantes dejan de girar. El público aplaude con una mezcla de respeto y desconcierto. El periodista, que ha visto la danza muchas veces, siente que esta vez ha comprendido algo distinto: la Danza de la Pluma no representa la conquista. Representa la persistencia.

Y mientras abandona el auditorio, piensa que en un futuro remoto, cuando otras tecnologías y otras formas de memoria dominen el mundo, la Danza seguirá girando como un sistema solar que se niega a extinguirse.

 

 

 

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