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No llegó a las redacciones por recomendación ni por plaza abierta. Llegó desde una terminal donde nadie lo esperaba. Traía una mochila vieja y un cuaderno usado como salvavidas. Nadie lo contrató, pero comenzó a escribir. Lo hacía en autobuses, en plazas y en patios improvisados, siempre con la sospecha de que lo suyo no era trabajo, sino testimonio.
Un fotógrafo que lo acompañó en su primer incendio recuerda la escena: “Mientras todos buscábamos la imagen, él se quedó con las frases de la gente que perdió la casa. No tenía cámara, pero recogía frases que dolían más que cualquier foto.”
Una maestra de primaria en la Sierra Sur lo recuerda leyendo en voz alta. No llevaba notas redactadas. Solo nombres y fechas, escritos a mano.
Un viejo chofer de camiones dice haberlo visto muchas veces. “Se subía al transporte sin boleto claro, se bajaba donde nadie bajaba, y sacaba su cuaderno. No preguntaba mucho, pero anotaba todo. Como si estuviera vigilando la vida de los demás.”
Un día escribió desde una cantina, entre copas de mezcal barato, las frases de un albañil que había trabajado en la capital y volvía derrotado.
Otro día se metió en una procesión silenciosa y describió los pasos de mujeres que no gritaban, solo cargaban pancartas con fotos de hijos ausentes.
En otra ocasión anotó los nombres de campesinos desalojados en un valle. Nadie publicó esa nota. Nadie quiso leerla. Pero los desalojados lo miraron escribir y lo aceptaron como uno de los suyos.
Nunca tuvo tarjeta de prensa. Nunca se acreditó en ruedas de prensa. Los colegas con credencial lo miraban con desdén. “Escribe sin editor”, decían. Y era cierto. No entregaba informes. No pedía correcciones. No respondía a jefes. Escribía como quien guarda pruebas, no como quien busca titulares.
Sus libretas circulan en escuelas rurales, en talleres improvisados, en mesas de bares. Son cuadernos sin crónicas terminadas, llenos de fechas inconexas y frases dispersas. No son artículos de periódico. Son trozos de memoria.
Un periodista veterano asegura que no era colega, sino testigo.
Un joven estudiante lo llama maestro, aunque nunca dictó clase.
Una mujer que lo hospedó en su casa lo recuerda como alguien que pagaba con historias y dejaba cuadernos en vez de propina.
Un político local lo describe como estorbo.
Un campesino desalojado lo llama hermano.
Hoy vive en un cuarto con paredes húmedas. No tiene internet, no tiene editor, no tiene jefe. Tiene cuadernos. Tiene memoria. Tiene oficio. Eso es suficiente para alguien que nunca quiso llamarse periodista, pero que ha contado más verdades que muchos diarios juntos.
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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx
Fragmento de “Yo, tú, él y sus cuentos”
