2 mayo, 2026
Oaxaca MX
Opinión

El cacao, legado, misterio y resistencia 

 

La primera vez que pisé una finca cacaotera en el Soconusco, el aire olía a tierra mojada y a historia sin contar. Me recibió un hombre de edad indefinida, con manos como raíces y una voz que parecía brotar del centro de la montaña. No pronunció su nombre. Solo señaló una mazorca y dijo: “Esto es historia.”

Desde entonces, aprendí que en el sur profundo el cacao no se respeta: se teme, se oculta, se sobrevive.

En Tabasco, el cacao se cultiva como si fuera un secreto de Estado. Hay variedades que no se venden, fermentados que no se comparten, recetas que no se escriben. Me mostraron una mazorca criolla, pequeña y rugosa, con granos que brillaban como piedras rituales. Me contaron que esa variedad se usaba para pedir matrimonio. Cinco granos bastaban para sellar un pacto. Si la mujer aceptaba, había fiesta. Si no, se devolvían los granos. Sin palabras. Sin reclamos. Como si el cacao supiera lo que el corazón no se atreve a decir.

En Oaxaca, el cacao no se cultiva: se honra. En los Valles Centrales, los zapotecos colocan cinco granos en la mano del difunto. Para que el alma no llegue con las manos vacías. Para que el camino al otro mundo huela a fermentado y no a olvido. Me lo dijo una mujer en San Juan Bautista Tuxtepec, mientras molía cacao en metate. “Aquí no hacemos chocolate. Aquí lo acompañamos.” Y en su mirada había siglos.

En Chiapas conocí a Don Eusebio, el del cacao huevito. Vivía en La Ceiba Vieja, una finca que ya no era finca. La ceiba se la llevó un rayo en el 67. Lo que quedó fue él. Y una mata que se negaba a morir. Me mostró cómo fermentaba los granos en costales de nylon, con hojas de plátano. Nada de cajones. Nada de termómetros. Solo olfato. Solo intuición. Solo memoria.

Los niños saltaban entre los granos como si fueran maíz. Se comía tamal de masa. Se bebía pozol. Se hablaba poco. Se trabajaba mucho. El cacao era centro. Era frontera entre lo que se puede comprar y lo que se debe heredar.

Años después, en un mercado de Villahermosa, escuché a una mujer decir que el kilo de cacao costaba 250 pesos. Le pregunté si conocía el cacao huevito. Me miró como se mira a los que ya no entienden el mundo. Me fui sin responder. No valía la pena.

Busqué a Ramiro, el hijo que se quedó. Me mostró la alacena. Chocolate Abuelita. Me dijo que ahora compraban barras. Que ya nadie fermenta. Que ya nadie seca. Que ya nadie recuerda. Le pregunté si extrañaba el campo. Me dijo que sí. Que a veces soñaba con mazorcas que se abrían en su oído.

En San Pablo, en la Amazonía ecuatoriana, vi a niños secar granos al sol. En Esmeraldas, los vendían en baba, sin fermentar, por cincuenta centavos. En Europa, el chocolate se ofrecía como medicina. En África, como moneda. En México, como herencia.

El cacao fue moneda. Fue medicina. Fue ofrenda. Fue castigo. Fue promesa. Fue alimento de dioses. Hoy es polvo en sobre. Es grasa en barra. Es azúcar con nombre. Pero en el sur profundo, aún hay quienes lo recuerdan como lo que fue: frontera entre el hambre y la dignidad.

Cuando me toque partir, quiero llevar una cola de lagarto entre las manos. Para que mi alma llegue con aroma a fermentado. Para que no me reciban con burocracia. Para que alguien, en algún rincón, diga: “Este sí sabía lo que era cacao.”

La Ceiba Vieja ya no existe. Pero la mata sigue ahí. Terca. Viva. Nadie la cuida. Nadie la riega. Pero ahí está. Como testigo. Como resistencia. Como memoria.

Yo fui a buscar chocolate. Encontré un país que lo perdió todo. Y entendí que la ruina también huele a cacao.

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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

Fragmento de “Yo, tú, él y sus cuentos”

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