2 mayo, 2026
Oaxaca MX
AgendaOpinión

Periodismo y las cortinas del poder

 

No hay humo sin fuego. Pero en política, el fuego no siempre quema. A veces se enciende para distraer, para encubrir, para fabricar una realidad paralela. En México, como en tantos países donde el poder se ejerce sin pudor, las cortinas de humo se alzan como murallas mediáticas. No para proteger al ciudadano, sino para ocultar lo que incomoda. Para desviar la atención. Para confundir.

Los periodistas lo saben. Lo han visto. Lo han documentado. Lo han sufrido. En redacciones donde la línea editorial se decide por teléfono. En salas de prensa donde el boletín oficial se convierte en nota principal. En medios donde el silencio se paga mejor que la denuncia. Lo han visto en la cobertura de los Pandora Papers, desplazados por noticias más cómodas, más rentables, más controlables.

En un país centroamericano, una periodista recibió la orden de cubrir una feria de emprendimiento justo cuando estallaba una protesta por desapariciones forzadas. La feria tenía patrocinadores. La protesta, cadáveres. Eligieron la feria. La nota salió en portada. La protesta, en pie de página. La reportera renunció tres semanas después.

En México, otro comunicador fue asignado a cubrir la visita de un influencer a Palacio Nacional. Mientras tanto, en Guerrero, se documentaban ejecuciones extrajudiciales. El reportero pidió cambiar de cobertura. Le dijeron que no. Que el influencer tenía más clics.

Las cortinas de humo no se improvisan. Se diseñan con precisión quirúrgica. Se basan en teorías de comunicación que los periodistas conocen bien: la agenda setting, la aguja hipodérmica, la espiral del silencio. Se elige qué se publica. Se inyecta el mensaje. Se silencia la disidencia. Y el público, temeroso del aislamiento, repite lo que escucha. Lo que ve. Lo que le dicen que debe pensar.

Los códigos de ética periodística intentan resistir. Son documentos nobles. Cartas de intención. Promesas. Pero sin respaldo editorial, sin condiciones laborales dignas, sin cultura democrática, se vuelven papel mojado. Los periodistas los citan. Los respetan. Los defienden. Pero saben que no bastan. Que la autorregulación sin estructura es un acto de fe. Que la ética sin protección es suicidio.

En una redacción de Oaxaca, una comunicadora intentó aplicar el código deontológico en la cobertura de un caso de corrupción municipal. Verificó fuentes. Contrastó datos. Respetó anonimatos. La nota fue bloqueada. El editor dijo que no era el momento. Que el alcalde era cliente.

La historia de la prensa y el poder político está escrita en cajas olvidadas. En archivos que sobrevivieron por error. En documentos que no debieron existir. En cartas que revelan pactos. En bitácoras de reuniones entre empresarios de medios y secretarios de Gobernación. En registros de favores, concesiones, silencios. Y los periodistas que los han leído saben que el mito de la prensa como víctima es eso: un mito. Que muchas veces fue cómplice. Que muchas veces aplaudió. Que muchas veces calló por voluntad propia.

Pero también hay otros. Los que no aceptan premios. Los que no negocian titulares. Los que escriben desde la periferia. Desde el margen. Desde la trinchera. Los que entienden que el periodismo no es poder.

Y cuando todo se apague, cuando las cortinas de humo ya no distraigan, cuando el público reclame lo que se le ocultó, quedarán ellos. En las notas que incomodaron. En las preguntas que no se respondieron. En las verdades que no se pudieron borrar. Porque el periodismo, cuando se ejerce con dignidad, no necesita permiso. Solo necesita memoria. Y coraje.

Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

Artículos relacionados

Más de 6 mil infancias cantan y bailan en el Festival de la Niñez de Xoxocotlán

Redacción

Farid Acevedo afirma que la autonomía universitaria debe proteger el voto libre y la libertad de cátedra en la UABJO

Hacienda reporta estabilidad fiscal y superávit primario en el primer trimestre de 2026

Redacción