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8 marzo, 2026
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San Isidro Labrador, el estiaje y el agua prometida para un campo que ya no espera milagros

Por las veredas polvorientas de Oaxaca, justo cuando mayo se inclina hacia su mitad y el día de San Isidro Labrador se perfila en el calendario como una esperanza casi mística, el campo se agrieta como un rostro viejo cansado de esperar.

El cielo no truena, no anuncia nada. Solo se extiende sobre las tierras resquebrajadas como un testigo silente del abandono.

Dicen que cuando el santo camina, la lluvia lo sigue. Pero hace años que los agricultores solo ven pasar su fiesta como una procesión sin retorno. Y no porque hayan dejado de creer, sino porque ya ni las plegarias se evaporan: las traga la sed de la tierra antes de que lleguen al cielo.

Los hombres del campo han dejado de mirar las nubes con esperanza. Ahora las observan como se observa a un amigo que siempre llega tarde, con resignación, con rabia contenida, con la certeza de que, si aparece, será ya muy tarde para salvar las cosechas. El agua ya no cae como antes. Llueve mal, fuera de tiempo, fuera de ritmo. Y cuando cae, arrasa.

En este mayo de 2025, la palabra “agua” tiene el peso de una sentencia y el precio de un lujo. En las ciudades, los tanques se vacían más rápido de lo que llegan las pipas. En los cerros, donde viven los que apenas pueden nombrarse vecinos de la capital, el agua no sube ni por promesa. Allá se bebe lo que cabe en un garrafón, se baña uno con lo que se guarda en una cubeta, y se cocina con lo que se consigue en una fila de dos horas.

Los ricos compran cisternas; los pobres juntan botellas. Los unos almacenan lluvias futuras que tal vez no lleguen; los otros coleccionan gotas del presente que se escurren por techos oxidados.

Mientras tanto, el estiaje sigue devorando todo a su paso. No se ve, pero lo marchita todo. Le roba al campo su calendario, su memoria, sus frutos. Los campesinos, viejos en la piel pero jóvenes en los pulmones, trabajan la tierra como si aún fuera agradecida. La rascan con la fe de quienes saben que no hay otro camino, aunque las presas estén medio vacías y las acequias mudas.

Y aquí se cruza la paradoja: lo que la sequía no mata, lo puede matar la lluvia.

Porque cuando el agua llega tarde, llega furiosa. Inunda sin pedir permiso, arrastra lo que encuentra, revienta los cerros, rebasa las cunetas mal construidas, colapsa las calles. Lo que la tierra no absorbió en meses, lo escupe de golpe en días. Las lluvias de junio ya no son bendición; son amenaza con nombre de tormenta tropical o ciclón.

El sistema hidráulico, ese fantasma de tuberías rotas, drenajes malolientes y pozos al borde del colapso, se convierte entonces en una trampa. La ciudad, con sus lomos de asfalto caliente, no está hecha para resistir ni la sequía ni el diluvio. Es un lugar de extremos sin equilibrio. Aquí, las lluvias no riegan, empujan. No alimentan, arrasan.

Y en medio de todo esto, los cerros vigilan, como centinelas vegetales que nadie respeta. Cerros aledaños, incluido el Fortín, por ejemplo, se cubre de pastos secos que pronto serán antorchas en manos del viento. Cada incendio es una cicatriz que se suma a las muchas de esta ciudad herida de sed. Pero nadie los cuida, salvo honrosas excepciones, porque cuidar no da votos ni aplausos.

Los informes oficiales dicen que las presas están a la mitad, tal vez más arriba o más abajo, que los pozos se limpian, que se desazolvan kilómetros de cañerías. Pero eso no quita la sed. Los datos no riegan los cultivos. La esperanza no llena tinacos. La tierra, mientras tanto, sigue esperando.

Y el 15 de mayo, como cada año, San Isidro volverá a pasearse entre rezos, flores marchitas y niños con sombreros de palma, como si el ritual pudiera vencer la estadística. Como si el santo pudiera torcer el rumbo de una historia que ya no depende de milagros, sino de políticas públicas, infraestructura olvidada y decisiones que no se toman.

Pero, aun así, entre la desesperanza y la terquedad, alguien sembrará. Porque sembrar en Oaxaca, en estos tiempos, es un acto de rebeldía. De fe. Y de memoria. Porque aún sin agua, el pueblo sabe que mientras se siembra, no se muere del todo.

 

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