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28 octubre, 2026
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Periodismo de muchas pulgas

 

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No empezó con una nota. Empezó con un ladrido. Uno ahogado, breve, sin dueño. El reportero lo escuchó un fin de semana, mientras caminaba por el centro de Oaxaca, buscando una historia que no fuera política, ni cultural, ni económica. Solo quería algo que no estuviera en la agenda. Y lo encontró en la esquina de una panadería cerrada, donde un perro mestizo dormía sobre cartones, con la dignidad intacta.

Desde entonces, los perros se volvieron tema. No por ternura. Empezó a entrevistar a animalistas, a dirigentes de refugios, a veterinarios, a voluntarios que sabían más de ética que muchos legisladores. Escuchó cifras, vio heridas, leyó estudios. Aprendió que la tenencia responsable no es un eslogan. Es una deuda. Que el bienestar animal no se mide en croquetas. Se mide en respeto.

Presenció concursos caninos donde los premios eran para el pelaje, la postura, la obediencia. Pero también vio a los que no concursaban. Los que esperaban afuera. Los que no tenían raza ni papeles. Los que no sabían sentarse ni dar la pata. Los que solo sabían sobrevivir. Y ahí entendió que el perro no es mascota.

Una vez cubrió una campaña de adopción en la explanada de un mercado. Los voluntarios ofrecían perros con carteles que decían “busco familia”. Una señora se acercó, acarició a uno, y dijo: “¿Y estos son perros en situación de calle?” El reportero anotó la frase. No por corrección política. Por precisión semántica. Porque no estaban perdidos. Estaban abandonados.

En los parques, descubrió el tráfico. No de drogas. De animales. Cachorros vendidos sin vacunas. Perros de raza ofrecidos como mercancía. Criadores improvisados. Clientes ignorantes. Autoridades ausentes. Escribió sobre eso. Nadie lo desmintió. Nadie lo corrigió. Nadie lo investigó.

Visitó refugios donde los ladridos eran más sinceros que muchas declaraciones oficiales. Vio perros con sarna, con miedo, con hambre. Vio voluntarios que no cobraban, que no dormían, que no se rendían. Vio adopciones que eran pactos. Vio regresos que eran traiciones. Vio eutanasias que eran derrotas. Y escribió todo. Sin adornos. Sin metáforas. Sin disculpas.

Leyó estudios sobre el origen del perro. Supo que vienen del lobo. Que fueron domesticados hace miles de años. Que comparten el 99.8% de su ADN. Que fueron cazadores, guardianes, compañeros, alimento. Que hoy son todo eso y nada. Que su diversidad genética es una obra humana. Que su comportamiento es moldeado por la convivencia. Que su sufrimiento es responsabilidad compartida.

Aprendió que el perro no se educa. Que no se corrige. Que no se castiga. Que no se impone. Que su conducta no es problema. Es síntoma. Que su miedo no es defecto. Es historia. Que su agresividad no es maldad. Es defensa. Que su amor no es truco. Es instinto.

Una vez cubrió una jornada de esterilización en una colonia popular. Los vecinos llevaban a sus perros en cajas, en costales, en brazos. Algunos lloraban. Otros agradecían. Uno dijo que era la primera vez que alguien se preocupaba por su perro.

En la sierra, conoció a un hombre que vivía con cinco perros. No tenía luz. No tenía agua. No tenía sueldo. Pero tenía compañía. Le contó que los perros lo habían salvado de la soledad. Que uno lo había alertado de un derrumbe. Que otro lo había defendido de un ladrón. Que otra le avisaba cuando se le subía el azúcar. Que todos lo habían escuchado cuando nadie más lo hacía. El reportero no publicó la historia. La guardó. Para cuando hiciera falta.

Escribió sobre razas, sobre genética, sobre enfermedades hereditarias. Aprendió que la belleza puede ser una condena. Que la consanguinidad puede ser una sentencia. Que la selección puede ser una crueldad. Que los estándares pueden ser cárceles. Que los libros genealógicos pueden ocultar sufrimiento. Que la pureza puede ser una trampa.

Y es que, hay temas que no se agotan. Se multiplican. Y el de los hijos de perra, es uno de ellos.

No se trata de ternura. Se trata de justicia. El perro no es una nota de color: es testigo de lo que callamos, víctima de lo que permitimos, sobreviviente de lo que ignoramos. Y quien no lo comprende, no ejerce el periodismo con dignidad.

Hay quienes escriben sobre poder, dinero, cultura. Y hay quienes escriben sobre perros. Estos últimos, en ocasiones, comprenden mejor el mundo.

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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

Fragmento de “Yo, tú, él y sus cuentos”

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