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1 junio, 2026
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Migración, remesas y la herida abierta de Oaxaca

 

 

Al cierre del segundo trimestre de 2025, México recibió 15,322 millones de dólares en remesas, un incremento respecto al primer trimestre del año. Sin embargo, esta cifra representa una desaceleración frente al récord histórico de 17,243 millones alcanzado en el mismo periodo de 2024.

En total, el país acumuló cerca de 30 mil millones de dólares en remesas durante el primer semestre. Oaxaca, como cada año, figura entre los estados con mayor dependencia de estos ingresos, que llegan como pulsos electrónicos desde Estados Unidos, convertidos en alimento, cemento, medicina y esperanza.

Pero detrás de cada transferencia hay una historia. Una ausencia. Un cuerpo que cruzó. Una voz que se quedó. Porque en Oaxaca, migrar no es moda: es mandato. Es herencia. Es estrategia.

En municipios como San Juan Mixtepec, Santiago Juxtlahuaca, San Martín Peras o Santa María Tindu, la migración no es excepción: es norma. Las casas nuevas, los techos de lámina, los celulares de última generación, los altares con fotos en blanco y negro: todo habla de alguien que se fue.

Los destinos son conocidos: California, Carolina del Norte, Georgia, Illinois. Las rutas, también: polleros, desiertos, tráileres, visas temporales, cruces clandestinos. Pero lo que cambia cada año es el perfil del migrante. Ya no son solo hombres jóvenes. Son mujeres, adolescentes, familias completas. Son indígenas que llevan su lengua al otro lado. Son cocineras que enseñan a hacer mole en Nueva York. Son campesinos que se convierten en obreros. Son niños que crecen entre dos banderas.

Las remesas son el oxígeno de muchas comunidades. Con ellas se construyen casas, se pagan deudas, se celebran fiestas patronales, se financian estudios. Pero también generan dependencia, desigualdad y silencios. En Oaxaca, hay pueblos donde el ingreso por remesas supera al de la producción agrícola. Hay familias que viven mejor que sus vecinos porque tienen un hijo en Chicago. Hay jóvenes que ya no quieren sembrar, porque el dinero llega desde fuera.

El 99% de las remesas se envían por transferencia electrónica. Es decir, el vínculo es constante, pero invisible. El dinero llega, pero el cuerpo no. La voz se escucha, pero el abrazo falta. La casa se pinta, pero el cuarto sigue vacío.

Migrar no es solo cambiar de país. Es cambiar de vida. Es aprender otro idioma, otra ley, otra forma de ser. Es enfrentar discriminación, explotación, miedo. Es vivir con la nostalgia como compañera.

—Mi hijo me manda dinero cada mes, pero no lo he visto en diez años —dice una madre en la Sierra Sur.

—Allá trabajo en construcción. Aquí sembraba maíz. Allá gano más, pero no soy yo —confiesa un migrante en retorno.

—Nos fuimos porque aquí no había futuro. Pero allá tampoco hay presente —dice una joven que cruzó con sus hijos.

El costo humano de la migración no se mide en dólares. Se mide en ausencias, en rupturas, en identidades fragmentadas. Se mide en la transformación de comunidades que se vacían, que se adaptan, que resisten.

Algunos migrantes vuelven. Otros no. Algunos regresan con ahorros, otros con enfermedades. Algunos traen ideas nuevas, otros traen heridas. El retorno es otro viaje. Otro duelo. Otra reconstrucción.

En Oaxaca, hay iniciativas que buscan aprovechar el capital humano de los migrantes retornados: cooperativas, proyectos culturales, emprendimientos. Pero aún falta una política integral que reconozca que migrar no es solo irse: es también volver.

El Anuario de Migración y Remesas 2024 es una radiografía precisa, pero fría. Las cifras son necesarias, pero insuficientes. Lo que falta es la narrativa humana. La que se cuenta en los pueblos, en las cocinas, en los altares. La que se escribe con lágrimas, con silencios, con remesas que llegan como testigos de una vida partida.

Porque en Oaxaca, migrar no es moda. Y cada dólar que llega es también un recordatorio: alguien se fue.  Y alguien espera.  Y alguien sueña.  Y alguien resiste.

El sueño americano, para muchos oaxaqueños, no está en Estados Unidos. Está en volver. Volver con dignidad.

Y mientras eso ocurre, el país sigue recibiendo remesas.  Como si fueran la forma más triste de decir: “Aquí estoy. Pero no estoy.”.

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