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El reportero llegó por primera vez con su familia a un temazcal en 1995, en un patio de tierra de San Andrés Chicahuaxtla, Mixteca alta. Lo invitaron unas familias que hablaban de “baños de vapor con espíritu”. No entendió del todo, pero aceptó. Lo que ocurrió esa noche lo marcaría para siempre. Desde entonces, ha entrado a más de cien temazcales: indígenas, urbanos, turísticos, clandestinos, terapéuticos, iniciáticos. Ha sudado junto a curanderas, turistas alemanes, mujeres paridas, adolescentes en duelo, ancianos que no hablan español. Ha escuchado cantos, llantos, silencios. Ha visto cuerpos temblar, almas abrirse, memorias brotar como vapor.
El temazcal no se anuncia con letrero. Se intuye. A veces es una cúpula de adobe, otras un horno de piedra, otras más una estructura de ladrillo con techo de palma. En Oaxaca, lo ha encontrado en Tlacolula, en Teotitlán, en la Sierra Norte, en hoteles de lujo de la costa, en patios de comadronas zapotecas, en centros de iniciación cultural en la Mixteca.
Antes de entrar, hay que prepararse. Ayuno ligero. Té de toronjil. Plática de bienvenida.
—Aquí no se viene a bañarse —dice una temazcalera de Santiago Yolomecatl—. Se viene a nacer.
Se colocan las piedras volcánicas en el centro. Se calientan al rojo vivo. Se acomodan ramas de eucalipto, pericón, romero, pirul, cáscaras de naranja. Se enciende la hornilla. Se canta. Se pide permiso a los cuatro rumbos. Se entra en silencio.
Adentro, la oscuridad es total. El calor, creciente. El vapor, denso.
—Respira. No luches contra el calor. Déjate ir —susurra alguien.
El cuerpo se acuesta sobre un petate. Se ramea con hierbas. Se escucha música prehispánica. Se suda. Se llora. Se canta. Se calla. Se vuelve a sudar.
—Aquí lloramos todos —le dijo una curandera triqui—. Hasta los que dicen que no.
El temazcal es vientre. Es útero. Es cueva. Es matriz. Representa a Toci, la madre de los dioses. Es espacio de tránsito entre mundos. Se usa para partos, limpias, duelos, celebraciones, curaciones. En comunidades indígenas, es medicina. En hoteles, experiencia. En retiros, iniciación. En todos, es fuego que transforma.
En San Miguel Canoa, una mujer le dijo:
—Yo entré con miedo. Salí con fuerza. Como si alguien me hubiera soplado el alma.
En Amatitlán, un joven comentó:
—Me ayudó a dejar el alcohol. No sé cómo. Solo sé que sudé hasta el recuerdo.
En Teotitlán, una partera explicó:
—Aquí nacen los niños. Aquí se curan las mujeres. Aquí se habla con los muertos.
En cada sesión, el reportero ha escuchado historias. De duelo, de sanación, de reencuentro. Ha visto cuerpos con cicatrices, con temblores, con tatuajes, con memorias. Ha visto cómo el vapor abre lo que la palabra no puede.
El ritual tiene fases. Entrada. Rameo. Vapor. Canto. Silencio. Té. Masaje. Reposo.
Se usan plantas nativas y extranjeras: tila, mirto, zapote blanco, jarilla, encino, estafiate, albahaca, ruda, manzanilla, eucalipto. Se preparan infusiones para beber, para rociar, para frotar. Se masajea con aceites. Se conversa. Se agradece.
En algunos temazcales, hay cuatro puertas: cada una representa una etapa de la vida. En otros, se sigue el ciclo lunar. En otros más, se invoca a los ancestros. En todos, el cuerpo es el centro.
—El cuerpo no miente —dice una terapeuta bioenergética—. El vapor lo revela todo.
Ser temazcalero no es improvisación. Se aprende. Se hereda. Se estudia. En Chapingo, hay diplomados. En comunidades, se transmite por la sangre. Se capacita en herbolaria, anatomía energética, técnicas de curación. Se aprende a escuchar, a contener, a guiar.
—No soy chamán —dice un guía en la Sierra Juárez—. Soy acompañante. El fuego hace lo demás.
El oficio exige respeto. No se trata de vender experiencias. Se trata de sostener procesos. De cuidar cuerpos. De honrar memorias. De saber cuándo callar.
Al salir, el cuerpo tiembla. Se bebe té. Se recibe masaje. Se descansa. Se conversa.
—¿Cómo estás? —pregunta la temazcalera.
—No sé. Diferente —responde alguien.
El reportero ha salido con fiebre, con llanto, con claridad. Ha sentido que algo se rompía. Que algo nacía. Que algo se acomodaba.
—Cada vez que entro —dice—, algo en mí se reordena.
El temazcal ha sido resignificado por redes espirituales contemporáneas, por terapeutas bioenergéticos, por movimientos de mexicanidad, por spas con sello New Age. Pero en Oaxaca, sigue siendo raíz. Sigue siendo tierra que abraza. Sigue siendo fuego que transforma.
Es medicina, sí. Pero también es memoria. Es resistencia. Es cultura. Es cosmogonía viva.
Y el reportero, después de tres décadas de vapor, lo sabe:
El temazcal no se explica. Se vive. Se suda. Se escucha. Se honra.
Y cada vez que entra, vuelve a nacer.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
