Por la comunicación con periodistas, más individual que grupal, tengo la certeza que el periodismo ha sido empujado al rincón, pero todavía respira. Ha sido golpeado, sí. Silenciado, a ratos. Pero está vivo.
Y es que, el periodismo, ha dejado de ser una profesión para convertirse en una resistencia, tal vez como la de los señores de la utopía en los setenta.
Los reporteros de antes, incluso aquellos que dormían en salas de prensa que eran también trinchera y refugio, son los más afectados. Hoy sobreviven en la orfandad digital, desplazados por influencers y “comunicadores” que trafican con la credibilidad como si fuera una artesanía barata.
No es sólo la precariedad económica —que sí es un látigo diario—. Es el miedo. Miedo a hablar, a escribir, a mirar. Miedo a denunciar. Miedo a ser el siguiente nombre en una lista no oficial pero real. Porque hoy, primero se mata, luego se investiga. Y si acaso, se informa.
El periodista ha pasado de ser un cronista a blanco. La censura no llegó vestida de gorila con garrote. Llegó disfrazada de ley. En Puebla, en Michoacán, en Campeche. En cada estado donde se legisla contra la “apología del delito” y se cuela con disimulo el castigo a quien narra la violencia. Ahora, mostrar la verdad es un riesgo jurídico. Y ya no hace falta un censor, basta un tribunal para acallar una columna.
Se aplauden constituciones garantistas mientras se aprueban reformas mordaza. Y en ese doble discurso, la libertad se convierte en estatua. Hermosa, pero inmóvil.
Más que la censura oficial, lo que duele es la autocensura. Ese silencio que nace del estómago, cuando el miedo pesa más que la vocación. Ya no se investiga. Ya no se escribe. Ya ni se conversa entre colegas. Porque cualquier palabra puede ser cuchillo, o prueba, o traición. Campea el delirio de persecución.
Hay temor hasta a la represalia disfrazada de omisión en el padrón de convenios. Porque hoy, no es el que se mueve, sino quien aparece en la foto, el que pierde la dádiva.
Y así, se está construyendo un gremio mudo por hambre y por miedo. Un periodismo encapsulado.
Las salas de redacción murieron en silencio. Los periódicos ya no huelen a tinta; huelen a obsolescencia. Ahora el periodista se improvisa con un teléfono y una cuenta de Facebook. A veces es todo lo que tiene. Pero la tecnología no ha traído libertad, ha traído ruido. Y una selva de opinadores donde el periodista de verdad es apenas un susurro.
Las redes sociales se presentan como campo abierto, pero son jaulas disfrazadas de escaparate. Y en ellas, el periodismo se diluye entre memes, bots y transmisiones sin contexto. La información ya no se verifica, se propaga.
Quien ejerce hoy el periodismo lo hace en la cuerda floja. Sin medios que lo respalden. Sin salarios. Sin ley. A veces, sin lectores. Y, sin embargo, ahí siguen. Algunos vendiendo algún producto en la mañana y redactando en la noche. Otros subiendo notas a portales que nadie financia. Y otros más, simplemente resistiendo con la memoria como escudo.
Y mientras la sociedad aplaude becas y niega desapariciones, los periodistas siguen narrando lo que ven. Aunque duela. Aunque les cueste.
En medio de todo, aún hay algo que sostiene la memoria. Los archivos. Las hemerotecas. Esos lugares donde están documentadas las verdades que el poder quiso enterrar. Donde los nombres aún perduran. Donde las crónicas no se borran con un decreto.
Y en esa memoria, el periodismo encuentra su legitimidad. Porque si los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla, los periodistas que la escribieron alguna vez merecen seguir escribiendo.
No hay romanticismo. No hay héroes. Sólo hombres y mujeres que eligieron escribir la verdad, aunque les costara el salario, la familia o la vida.
En esta cuadra, ejercer el periodismo es una forma de suicidio lento. Pero también es —cuando se hace con dignidad— la única manera de vivir con sentido.
Larga vida a las y los periodistas que saben, entre líneas, que la batalla no ha terminado.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
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