8 mayo, 2026
Oaxaca MX
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El rumor de las rotativas

 

Hay oficios que se ejercen con el cuerpo entero. No se eligen, se padecen. Y el periodismo, en su versión más áspera, pertenece a esa especie. No hay contratos que lo garanticen ni academias que lo ennoblezcan. Es un oficio que se sostiene en la costumbre de mirar, de escribir con las manos sucias, de entender que el mundo se descompone a diario y alguien debe contarlo.

En un país que envejece sin aprender a leerse a sí mismo, los reporteros sobreviven como náufragos. Son la parte visible de un engranaje que apenas respira. Van por las calles como testigos que no siempre entienden lo que ven, pero saben que, si no lo registran, desaparece. No tienen gloria, apenas tiempo. Y, aun así, continúan.

Las redacciones modernas ya no huelen a tinta. Ahora suenan a teclado y a notificación. Las pantallas sustituyeron los periódicos abiertos, los titulares se escriben con urgencia, las historias se consumen con el pulgar. La noticia se mide en segundos, no en párrafos. Sin embargo, algo permanece: la necesidad de entender. De poner en palabras el desorden. De darle forma al caos cotidiano que todos fingimos comprender.

Quien observa de cerca ese mundo descubre que nada es casual. Hay una coreografía invisible detrás de cada nota. Los temas se reparten, los silencios se pactan, las voces se dosifican. En los despachos de gobierno, los boletines reemplazan la verdad. En las empresas, la publicidad dicta lo que puede o no contarse. El periodismo se convierte en un campo minado donde cada palabra tiene dueño, y donde el mayor riesgo no es escribir mal, sino escribir demasiado.

Y aun así, siempre hay quien insiste. En cada ciudad, en cada esquina, alguien toma una libreta, abre una grabadora o levanta un teléfono. No busca fama ni reconocimiento; busca sentido. Porque detrás de cada titular hay personas que respiran, esperan, reclaman. Y alguien debe contarlo. Aunque nadie lo lea. Aunque el editor recorte la mitad. Aunque el anuncio del banco tape la historia más humana del día.

El oficio ha cambiado de herramientas, no de fondo. Los reporteros de hoy cargan baterías en lugar de libretas, pero la esencia sigue intacta. Van tras el mismo rumor de siempre: el de la injusticia repetida, el de la mentira institucional, el de la esperanza mínima. Y cuando logran publicar algo que incomoda, saben que, por un instante, el mundo vuelve a tener sentido.

En las escuelas se enseña redacción, ética, investigación. Pero nadie enseña lo esencial: la resistencia. Resistir la presión del poder, la censura disfrazada de cortesía, la pobreza de un salario que nunca alcanza. Resistir la soledad de quien escribe sin saber si su texto servirá para algo. Esa resistencia anónima es lo que mantiene vivo al oficio, aunque el periodismo industrial pretenda convertirlo en entretenimiento.

Cada generación de reporteros se cree la última. Piensan que ya no hay espacio para la verdad, que el oficio ha muerto. Pero luego aparece alguien nuevo: una mujer joven que cubre desastres sin permiso, un cronista que vuelve a los barrios olvidados, un fotógrafo que retrata lo que el boletín omitió. Ellos demuestran que no se trata de heroísmo, sino de instinto. De una pulsión que empuja a mirar lo que los demás evitan.

El periodismo no cambia el mundo. Apenas lo describe. Pero esa descripción, imperfecta y persistente, es una forma de resistencia. Porque nombrar lo que ocurre es impedir que el poder lo borre. Y en tiempos de ruido y simulacro, nombrar se vuelve una forma de dignidad.

Hay quien dice que los periódicos desaparecerán. Puede ser. Tal vez un día ya no haya tinta ni papel, y las noticias sean solo un destello digital. Pero mientras exista alguien dispuesto a mirar con rigor y escribir con honestidad, el oficio seguirá respirando. No será glamuroso ni rentable, pero seguirá ahí: tozudo, incómodo, necesario.

El rumor de las rotativas ya casi no se escucha. Pero para quien alguna vez lo oyó, basta cerrar los ojos para reconocerlo. Es el sonido de la memoria imprimiéndose, la voz de quienes no pueden hablar, el eco de lo que no debe olvidarse.

Y en ese rumor, aunque el mundo cambie de piel, seguirá latiendo la única certeza posible: que mientras alguien escriba para entender, habrá periodismo. Y mientras haya periodismo, el mundo no estará del todo perdido.

Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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