24 agosto, 2026
Oaxaca MX
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El periodista y el oficio

El periodista frente al vértigo

El oficio, visto desde afuera, parece una sucesión de teclas y declaraciones, pero por dentro es una forma de vida que exige una mezcla de lucidez, terquedad y una resistencia casi física al desaliento.

El periodismo, entendido desde su entraña, es una disciplina que se alimenta de un fuego interno que no se apaga ni con el cansancio ni con la rutina. Ese fuego es el que empuja a quien escribe a entrar en morgues, a caminar barrios que no aparecen en los mapas turísticos, a escuchar historias que otros prefieren ignorar. Es un fuego que no se hereda ni se improvisa; se enciende en la primera cobertura y se mantiene vivo a fuerza de preguntas que nunca encuentran respuesta completa.

La sociedad suele pedirle al periodista que cuente lo que ocurre, pero en realidad le exige algo más complejo: que sostenga un espejo frente a un país que muchas veces prefiere no mirarse. Ese espejo no es amable ni complaciente. Refleja burocracias que fallan, desigualdades que se normalizan, violencias que se repiten como un eco interminable.

El periodista, en ese ejercicio, se convierte en un testigo incómodo. No porque disfrute de la incomodidad, sino porque entiende que su tarea consiste en revelar lo que se oculta bajo la superficie. En cada nota, en cada crónica, en cada investigación, se juega la posibilidad de que la sociedad se reconozca en sus fracturas y en sus posibilidades.

La imagen que devuelve ese espejo no siempre es justa, pero es necesaria. Y quien lo sostiene sabe que, al hacerlo, se expone a la crítica, al desprecio, a la arrogancia de quienes creen que la verdad es un objeto que puede moldearse a conveniencia. Sin embargo, sigue ahí, porque entiende que la información es un bien público y que su trabajo solo tiene sentido si sirve a quienes no tienen voz.

En la vida real, el periodista no es un héroe ni un mártir. Es un trabajador que se enfrenta a estructuras que lo superan en tamaño, recursos y capacidad de intimidación. Su única arma es la palabra, y su único respaldo es la sociedad que lo lee, lo escucha o lo mira.

El poder, en cualquiera de sus formas, intenta seducirlo con halagos, invitaciones, confidencias y promesas. El periodista que entiende su oficio sabe que cada gesto amable es una trampa, que cada cercanía es un riesgo y que cada favor tiene un costo. Por eso mantiene distancia, no por soberbia, sino por supervivencia profesional.

El contrapoder no se ejerce desde la confrontación gratuita, sino desde la independencia. Desde la capacidad de preguntar lo que incomoda, de revisar documentos que otros desechan, de insistir cuando todos se cansan. El contrapoder es una forma de resistencia civil que se practica con disciplina y con una ética que no admite atajos.

Quien ejerce este oficio aprende a mirar el mundo con una mezcla de curiosidad y sospecha. Cada calle es una fuente potencial, cada conversación un indicio, cada silencio una pista. La reportería no se limita a registrar hechos; es una forma de comprender la condición humana.

El periodista observa cómo vive la gente, cómo se organiza, cómo resiste, cómo se adapta. Aprende a leer los gestos, los tonos de voz, las contradicciones. Descubre que la realidad no es una línea recta, sino un tejido de historias que se entrelazan y se contradicen.

Ese aprendizaje no se obtiene en aulas ni manuales. Se adquiere caminando, escuchando, equivocándose. Se adquiere en la calle, donde la teoría se vuelve insuficiente y donde la intuición se convierte en brújula.

En cualquier país, la corrupción es un animal que se mueve en silencio. Se esconde en contratos, en licitaciones, en decisiones administrativas que parecen inocuas. El periodista que decide investigarla sabe que se enfrenta a un adversario que no perdona.

La corrupción no se combate con indignación, sino con documentos, con datos, con persistencia. El periodista que investiga aprende a desconfiar de las versiones oficiales, a buscar la historia detrás de la historia, a seguir pistas que parecen insignificantes.

Ese trabajo exige una ética férrea. No aceptar favores, no negociar silencios, no ceder ante presiones. La corrupción se alimenta del miedo y del cansancio; el periodismo que la enfrenta se sostiene en la convicción de que la verdad, aunque incompleta, es necesaria para que la sociedad pueda defenderse.

Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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