18 julio, 2026
Oaxaca MX
Opinión

Juárez, la palabra y la intemperie

Juárez, la palabra y la intemperie

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Hay libros que no se leen: se caminan. El Camino del Coloso Que Fundó la República no se limita a narrar, sino que arrastra al lector por veredas donde la historia deja de ser mármol y vuelve a ser herida. En sus páginas, la figura de Benito Juárez abandona la rigidez del bronce para recuperar el temblor de un niño que no sabía leer, pero ya sabía resistir. Y es ahí —en esa intemperie— donde comienza a entenderse todo.

Porque no hay comprensión posible de Juárez sin atravesar la sierra, sin sentir el polvo adherido a los pies, sin aceptar que la República no nació en los escritorios sino en la fuga.

La novela lo dice sin ornamento: “la República no fue fundada en un escritorio… fue fundada a pie”. Y esa afirmación no es metáfora: es una acusación silenciosa contra cualquier intento de domesticar su legado.

El relato avanza como crónica encubierta. Amalia y Bruno no son personajes: son testigos. Caminan lo que el país ha olvidado caminar. Y en ese tránsito se revela una certeza incómoda: Juárez no pertenece a la historia oficial, sino a la memoria que incomoda, a la que no cabe en ceremonias ni discursos escolares.

Su origen no es la gloria, sino la orfandad. “Desperté… sin padre que me nombrara”, se cita desde Apuntes para mis hijos, y en esa línea se condensa una biografía entera: la del hombre que tuvo que inventarse a sí mismo antes de fundar un país.

El libro no propone una reconstrucción: propone una restitución. Devuelve a Juárez su dimensión humana, pero también su radicalidad. No hay complacencia. Hay, en cambio, una tensión constante entre lo que fue y lo que se ha querido hacer de él. En ese contraste se dibuja un escenario inquietante: uno donde la memoria se institucionaliza hasta volverse inofensiva, donde el nombre de Juárez se repite, pero ya no se comprende.

En ese escenario, la novela actúa como una grieta. Recupera las frases de Apuntes para mis hijos y las inserta en una narrativa que no busca homenajear, sino interpelar. “Era cruel la lucha… entre mi deseo de ir a otra sociedad”, dice el joven Juárez, y la frase resuena como diagnóstico vigente: el tránsito hacia la dignidad sigue siendo, todavía, una ruptura.

Se despliega entonces otra línea de lectura: la del idioma. Juárez aprendió el español como quien aprende una herramienta ajena, vigilada, impuesta. Y, sin embargo, lo convirtió en instrumento de ley. Ese tránsito —de lengua negada a palabra fundadora— es quizás uno de los gestos más poderosos del relato. Porque no se trata solo de aprender a hablar, sino de conquistar el derecho a decir.

Ahí se inscribe una de las ideas más perturbadoras del libro: que la justicia no comienza en los tribunales, sino en la posibilidad de nombrarse. Y que cada vez que esa posibilidad se niega, el país retrocede. El niño castigado por escribir mal, el joven obligado a estudiar teología para sobrevivir, el jurista que se forma a pesar del sistema: todos son rostros de una misma resistencia.

El ensayo que emerge de la novela no se enuncia, pero se percibe: para entender a Juárez no basta con admirarlo. Hay que asumir su incomodidad. Hay que ser juarista. Y ser juarista implica más que repetir una consigna: implica caminar. Guelatao no es un lugar geográfico, es una prueba. No se trata de visitarlo, sino de atravesarlo con la conciencia alerta, como quien sabe que ahí comenzó una historia que aún no termina.

En ese sentido, la obra cumple una función que va más allá de la literatura. Es un dispositivo de memoria activa. Una invitación a abandonar la contemplación pasiva y asumir una posición. Porque el Juárez que se reconstruye aquí no admite neutralidad: obliga a elegir entre la comodidad del homenaje y la exigencia de la coherencia.

Se abren entonces otros escenarios. Uno donde la educación deja de ser castigo y se convierte en emancipación real. Otro donde la ley no se aplica como instrumento de poder, sino como garantía de dignidad. Otro más donde la palabra no se vigila, sino que se libera. Ninguno de estos escenarios aparece como utopía; todos se presentan como deuda.

La novela lo sugiere sin subrayarlo: el país sigue sin terminar de fundarse. Y en ese proceso inconcluso, la figura de Juárez regresa no como solución, sino como medida. No se trata de invocarlo, sino de alcanzarlo. Y eso exige algo más que reconocimiento: exige recorrido.

De ahí que el aniversario del 21 de marzo no pueda reducirse a una fecha conmemorativa. Es, en todo caso, una oportunidad incómoda. Un recordatorio de que el nacimiento del “Gran Patricio” no es un hecho clausurado, sino una pregunta abierta: ¿qué tanto se ha caminado desde aquel niño que decidió no detenerse?

La novela responde sin responder. Coloca al lector en el sendero y lo deja avanzar. No ofrece conclusiones, sino señales. Y en cada una de ellas, una insistencia: la República no está hecha, se hace. No está dicha, se dice. No está ganada, se camina.

Al final, lo que queda no es una imagen de Juárez, sino una sensación persistente: la de que su legado no admite descanso. Que sigue siendo incómodo, exigente, radical. Y que solo puede ser comprendido por quien esté dispuesto a atravesar la sierra, a cargar la duda, a aprender sin arrodillarse.

Porque admirarlo es fácil. Reconocerlo, también. Pero entenderlo —de verdad— implica algo más difícil: convertirse en caminante.

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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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