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16 mayo, 2026
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Reporta Conagua crisis del agua en los acuíferos de los Valles Centrales

Oaxaca no solo vive sobre tierra sagrada. También vive sobre agua que no se ve. Agua que corre bajo los pies, que se filtra entre rocas, que duerme en capas geológicas como si esperara el llamado de los pueblos. Agua que no brota, pero sostiene. Agua que, en los Valles Centrales, se ha convertido en tesoro, en dilema, en urgencia.

El acuífero Valles Centrales —que abarca Etla, Tlacolula y Zimatlán— es más que una reserva hídrica: es el corazón subterráneo de Oaxaca. Según el último reporte técnico de 2025 de la Conagua, el cual reporta que su extensión supera los 5,900 km², y su zona de extracción ronda los 1,130 km². Bajo esta superficie, el agua se mueve, se transforma, se agota. Y sobre ella, más de 80 municipios viven, siembran, beben, sueñan.
La Ciudad de Oaxaca se ubica justo en el cruce de las tres zonas del acuífero. Desde ahí, las carreteras se ramifican como venas: hacia Zaachila, hacia Pochutla, hacia Puerto Escondido. El aeropuerto, los tianguis, los hoteles, los talleres artesanales, todo respira sobre un subsuelo que ya no da más.
La población crece. El turismo se expande. La agricultura resiste. Pero el agua subterránea, esa que no se ve, empieza a escasear. El balance hídrico es claro: hay déficit. Hay zonas vedadas desde 1967. Hay municipios donde ya no se permiten más pozos. Hay acuerdos estatales que restringen la perforación. Porque el acuífero, aunque vasto, no es infinito.
El subsuelo de los Valles Centrales es una sinfonía de estratos: calizas, lutitas, areniscas, basaltos. Cada capa guarda secretos. Cada grieta, una historia. La geofísica revela unidades hidrogeológicas que se comunican, que se filtran, que se resisten. La profundidad al nivel estático varía. La elevación también. La evolución del nivel, preocupante.
La calidad del agua es buena, pero no perfecta. Hay zonas con presencia de sulfatos, de cloruros, de dureza. Hay pozos que ya no dan lo que daban. Hay usuarios mayores que extraen más de lo que entra. Hay evapotranspiración que roba sin pedir permiso.
El Valle de Oaxaca está vedado. Desde hace más de medio siglo. El decreto de 1967 lo establece: no se puede extraer agua del subsuelo sin permiso. No se puede modificar los aprovechamientos. No se puede cambiar el uso. No se puede incrementar la extracción. Y sin embargo, se hace. Porque la necesidad supera la norma. Porque la sed no espera trámites.
En San Antonio Castillo Velasco, por ejemplo, ya no se autorizan pozos agrícolas. En Etla, solo se permiten perforaciones para agua potable. En otros municipios, la clasificación de disponibilidad es baja. La Ley Federal de Derechos lo confirma: el agua subterránea es recurso limitado, frágil, comprometido.
Los Valles Centrales no son solo geografía. Son cultura. Son historia. Son resistencia. Son mezcal, alfalfa, frijol, textiles, tianguis. Son comarcas que viven de lo que brota, de lo que se filtra, de lo que se conserva. Pero también son zonas que dependen del agua subterránea para sobrevivir.
La agricultura es de temporal. La industria, mínima. El turismo, creciente. Y el comercio, vibrante. Pero todo depende del agua. Del agua que no se ve. Del agua que está debajo. Del agua que, si se agota, lo cambia todo.

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