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3 junio, 2026
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El colapso silencioso de la salud mental del migrante

Los Ángeles vibra con una furia contenida que estalla en las noches como una herida mal cerrada. Las protestas se apoderan de las calles, los helicópteros rasgan el cielo como buitres mecánicos y los militares patrullan barrios que huelen más a miedo que a pólvora. Pero más allá del humo, de las barricadas improvisadas, de las vidrieras hechas añicos y los discursos cruzados entre gobernadores y presidentes, hay un colapso más profundo. Uno que no hace ruido. Uno que ya había sido advertido, hace más de tres lustros, por un hombre de ciencia que, entre cifras y compasión, intentó encender una alarma: Sergio Aguilar Gaxiola.

Aquel 2008, Gaxiola —investigador de Medicina Interna en la Universidad de California—confesó en Oaxaca una verdad incómoda en una entrevista que pocos quisieron escuchar, la salud mental de los migrantes, sobre todo los oaxaqueños, se desmoronaba como un edificio sin cimientos. Y ahora, 17 años después, sus palabras reverberan en medio del caos.

La reciente oleada de redadas migratorias, el toque de queda indefinido y el despliegue de tropas en Los Ángeles no solo pusieron en jaque la legalidad del federalismo estadounidense. Desnudaron también una fractura social que, como las grietas invisibles en un puente viejo, amenazan con colapsar bajo el peso de su propia indiferencia.

“Quizás somos parte de un experimento nacional”, dijo la alcaldesa. Como si Los Ángeles se hubiera convertido en un laboratorio social, donde se prueba hasta dónde se puede empujar a un pueblo antes de que se rompa. Pero la ruptura ya había comenzado hace años, silenciosa, en la mente de quienes cruzaron la frontera con la esperanza como única maleta.

En medio de las manifestaciones —algunas pacíficas, otras contaminadas por oportunistas de la violencia— se escucha otro grito, más íntimo, el de los migrantes que batallan no solo contra la xenofobia o la deportación, sino contra la esquizofrenia, la depresión, el alcoholismo, la diabetes, el sobrepeso. Enfermedades que, como fantasmas, se instalan lentamente hasta devorarlo todo.

Gaxiola lo advirtió, los primeros migrantes tardan 13 años en quebrarse. Sus valores tradicionales, su comunidad, los protegen. Pero sus hijos, nacidos en suelo estadounidense, no tienen esa armadura cultural. Para ellos no hay espera. El colapso es inmediato, como si heredaran no una nacionalidad, sino una fractura.

Uno de cada dos migrantes sufre algún trastorno mental. Y aún más crudo, la depresión y la diabetes se han convertido en las principales causas de discapacidad entre ellos. Lo dijo Gaxiola con la voz de quien no solo investiga, sino también recuerda. Porque él también emigró. Él también vio cómo la nostalgia puede ser tan corrosiva como la pobreza.

La salud pública migrante no solo es una cuestión médica. Es política. Es social. Es antropológica. Es la radiografía de un sistema que construyó su riqueza sobre espaldas rotas, pero se niega a mirarles el rostro. En las clínicas del Este de Los Ángeles, los pacientes no hablan solo de síntomas, hablan de sus hijos detenidos, de turnos dobles, de las madrugadas en vela. Y cada consulta médica es una escena de resistencia.

Los oaxaqueños en Estados Unidos cargan no solo con el estigma de ser migrantes, sino con el peso adicional de sus raíces indígenas. Son doblemente invisibles. Pero, paradójicamente, también son los que más se aferran a sus tradiciones para sobrevivir. La Guelaguetza, los tamales en fechas clave, las fiestas patronales reproducidas en patios ajenos, todo eso no es folclor. Es medicina del alma.

Mientras las cortes deciden si el despliegue de marines viola la ley de 1878, mientras se intercambian cifras de deportaciones entre demócratas y republicanos, y mientras los negocios colocan rejas para evitar saqueos, la verdadera urgencia está en otro lado. Está en ese niño de segunda generación que ya no habla zapoteco pero tampoco se siente “americano”. Está en esa madre que trabaja en un hotel y que lleva años sin ver un médico. Está en el joven que grita en la protesta porque ya no tiene otra manera de pedir ayuda.

Estados Unidos ha hecho de la migración un tema de seguridad, pero nunca de salud. Y esa omisión, como tantas en la historia, será costosa.

El periodista —cuyo nombre hoy se diluye entre las notas editoriales y los archivos olvidados— recuerda aquella entrevista como un eco premonitorio. Gaxiola no pedía milagros. Pedía atención. Decía que la soledad, como un virus sin cura, era el verdadero enemigo. Que no hay frontera más peligrosa que la que divide la mente de la esperanza.

Hoy, mientras Los Ángeles se estremece entre protestas, militares y contradicciones, la ciudad también se desangra por dentro. No con balas. Con silencios. Y esos, como sabemos, matan más lentamente… pero matan igual.

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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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