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3 junio, 2026
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Por las arterias abiertas del comercio popular

En el epicentro palpitante de Oaxaca de Juárez, donde los muros no tienen historia, pero sí memorias, donde el aroma del chile seco se mezcla con el de la humedad, el sudor y el miedo, se extiende —como un cuerpo vivo y herido— la Central de Abasto. Más que un mercado, es una ciudad dentro de otra, un microcosmos donde conviven la abundancia y la penuria, el trueque y el despojo, el abrazo y el zarpazo.

Ahí no se comercian solo frutas ni enseres ni artesanías. Se vende también el tiempo, la paciencia, el aire y, algunas veces, hasta la dignidad. El Fiscal la describió, hace poco, con precisión quirúrgica. 25 mil comercios —formales e informales— y entre 80 y 100 mil personas transitando cada día. Un universo denso de intercambio, sí, pero también de cristalazos, robos, narcóticos y, en los últimos años, desesperanza.

La Central es el corazón económico más grande del sureste mexicano y, como muchos corazones antiguos, arrastra calcificaciones, redes de corrupción, cobros de piso, zonas de impunidad. Su deterioro no es nuevo; se ha fermentado por décadas, como el champurrado de algún puesto sin nombre, servido en jarros que han visto pasar la historia sin que nadie les haya dado un trago de justicia.

Los últimos disturbios —esos que “no tienen nombres ni apellidos” pero que sí tallan miedo en la piel de las y los oaxaqueños— dejaron cicatrices no sólo en el pavimento, sino en la memoria colectiva. La palabra “zafarrancho” queda corta. Fueron fracturas sociales, pequeñas explosiones en cadena que recordaron lo frágil del orden cuando la pobreza y la omisión se acumulan como pólvora húmeda.

Las demandas de orden, tranquilidad, pronunciadas hasta por autoridades, dibujan con trazo fino la urgencia de sanear un espacio que es tan vital como vulnerable.

El nombre del último operativo —“Pescador”— parece salido de una metáfora bíblica. Lanzar redes no para capturar, sino para rescatar. Más de mil elementos, entre fuerzas municipales, estatales, federales y militares, tejieron un cerco inédito alrededor del mercado. Va el saldo. 426 personas rescatadas en situación de calle, 27 bares clandestinos clausurados, cámaras de vigilancia retiradas por vigilancia ilegal, drogas decomisadas, carteristas detenidos y espacios públicos recuperados.

Pero más allá de las cifras, lo que se rescata es una intención. Dignificar a quienes el sistema había dejado a la intemperie —literal y socialmente. La Central, donde antes se acostumbraba ir “sin aretes, sin vehículo, sin llamar la atención”, busca convertirse en un espacio donde el miedo deje de ser parte de la lista de compras.

La antropología urbana no se escribe solo con datos, sino con vivencias. En cada pasillo de la Central hay una historia que aún no ha sido contada. La de la madre que vende tlayudas para pagar el bachillerato de su hija, la del niño que aprendió a contar con el vuelto de los plátanos, la del anciano que ya no recuerda si fue comerciante o cliente, solo que nunca dejó de ir.

También está la historia de quien duerme bajo una lona, consumido por adicciones, y que fue llevado a uno de los centros de rehabilitación.

La intervención ha sido profunda, pero no exenta de dilemas. Los problemas no se acaban cuando los sacamos de un espacio sin resolver su raíz. Como cucarachas bajo la luz, la marginalidad se escurre a otras calles, a otras esquinas. Ya se observan refugios improvisados en otros puntos de la ciudad.

El reto no es solo limpiar calles, sino sanar heridas. No basta con decomisar celulares robados, hay que devolver la confianza. No basta con cerrar bares clandestinos, hay que abrir oportunidades.

La historia tiene los datos del poder oculto, la resistencia del pueblo, la redención en marcha. Pero no es ficción. Es Oaxaca. Y su Central de Abasto es, hoy más que nunca, el espejo de sus contradicciones. Vital pero enferma, hermosa pero peligrosa, resistente pero cansada.

El Estado, por fin, ha decidido, desde el mes pasado, mirar lo que durante 40 años prefirió ignorar. Ha decidido que estas vidas, estas esquinas, estos olores y colores merecen no solo sobrevivir, sino vivir con dignidad.

Tal vez este sea el inicio de una transformación profunda. Tal vez algún día podamos volver a la Central sin escondernos bajo el anonimato de la ropa sencilla. Tal vez —y solo tal vez—, volveremos a llamarla como lo que siempre fue, el corazón de Oaxaca.

Pero esta vez, un corazón sano.

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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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