Misael Sánchez — Crónica cultural
La ciudad amaneció con un sol que no pedía permiso para instalarse sobre los Valles Centrales. A las diez de la mañana, cuando oficialmente debía comenzar la Guelaguetza, el auditorio ya llevaba horas respirando como un organismo vivo. Desde antes del alba, cientos de personas habían subido el Cerro del Fortín con la paciencia ritual de quienes saben que la fiesta no empieza cuando lo marca el programa, sino cuando el pueblo decide encenderla.
En la rotonda de las Azucenas, ese anfiteatro que domina la ciudad como una atalaya cultural, el ambiente se movía con la cadencia de las chirimías. El sonido, agudo y persistente, no buscaba imponerse: simplemente recordaba que la tradición tiene su propio reloj. En los accesos, familias enteras esperaban con sombreros en mano, mientras los vendedores ofrecían agua fresca y los voluntarios organizaban el flujo de visitantes. La escena tenía la naturalidad de lo cotidiano y, al mismo tiempo, la solemnidad de un acontecimiento que se repite cada año sin perder su carácter excepcional.
“Sol brillante aquí en los Valles Centrales, se enciende la algarabía en la rotonda de las azucenas”, se escuchaba en la radio oficial sintonizada en el taxi. Y era cierto. El auditorio vibraba como si cada asiento guardara una historia distinta, traída desde las ocho regiones del estado.
La primera gran secuencia del día ocurrió cuando la Diosa Centéotl 2026, Enid Azucena Torres Agustiniano, hizo su aparición. No fue un acto protocolario, sino un gesto que condensaba la memoria de generaciones. La documentación señala que pidió al público cerrar los ojos y pensar en la persona que les enseñó a amar sus raíces: “Que respiremos profundamente y pensemos en esa persona que nos enseñó a amar nuestras raíces” .
Ese instante, breve pero cargado de sentido, convirtió al auditorio en un espacio de introspección colectiva. Enid avanzó con el cetro inspirado en la cosmovisión zapoteca, símbolo de la milpa y de la vida comunitaria. Su discurso, articulado desde la experiencia afrodescendiente, añadió una dimensión social que la Guelaguetza ha ido incorporando con naturalidad: la reivindicación de identidades históricamente relegadas.
La crónica de la primera edición de la Guelaguetza no puede entenderse sin observar la composición del público. Había visitantes de Querétaro, Guadalajara, Celaya, Sinaloa, Ecuador y Estados Unidos. Los periodistas recogían testimonios que revelan la percepción externa de la fiesta: “Es multicolor, multicultural… deja mucho aprendizaje”; “La gente es cálida, hospitalaria”; “Es uno de los eventos que distingue a México en el mundo” .
La presencia de migrantes oaxaqueños, conectados desde Wisconsin, Nueva York o Los Ángeles, añadía otra capa al relato. La Guelaguetza funciona como un puente emocional para quienes viven lejos. Con todo y las limitantes de las redes sociales. La transmisión televisiva y de radio los saludaba con familiaridad, como si la distancia fuera un accidente temporal y no una separación definitiva.
La entrada de las Chinas Oaxaqueñas marcó el inicio formal del programa. Su presencia, siempre festiva, abrió paso a una serie de delegaciones que, más que mostrar bailes, ofrecieron fragmentos de vida comunitaria.
Cada grupo traía consigo una narrativa distinta:
- Ciudad Ixtepec, con sus fiestas patronales y la tirada de fruta.
- San Vicente Coatlán, con el jarabe chenteño y sus versos serranos.
- Huajuapan de León, con la nostalgia de la canción mixteca.
- San Pablo Villa de Mitla, que recreó el cerramiento de palabra, un ritual matrimonial zapoteco que revela la estructura social de la comunidad.
- San Melchor Betaza, con sones que conservan la memoria de antiguos recopiladores musicales.
- Santiago Teotongo, que lucha por preservar una lengua en peligro de extinción.
- Santo Domingo Chihuitán, con la danza de los diablos, heredera de fusiones coloniales.
- Collantes, con la danza de los diablos, una expresión afromexicana que recuerda la historia de esclavitud y resistencia.
- Santa María Tonameca, con sus chilenas y su orquesta costeña.
- Santiago Pinotepa Nacional, con sones y juegos que mezclan tradición y picardía.
- San Juan Bautista Tuxtepec, con la emblemática Flor de Piña, cierre apoteósico de la edición matutina.
Cada delegación no solo bailó: explicó, contextualizó, narró. “Traemos para ustedes nuestros bailes, nuestros usos y costumbres” . La Guelaguetza no es un espectáculo folclórico; es una exposición pública de sistemas culturales que siguen vivos.
La fiesta, tiene raíces profundas. Su origen moderno se ubica en 1932, durante el homenaje racial organizado para celebrar el cuarto centenario de la elevación de Oaxaca al rango de ciudad. Pero la tradición se enlaza con prácticas prehispánicas vinculadas al maíz y con celebraciones virreinales en honor a la Virgen del Carmen.
El Cerro del Fortín, ha sido escenario de rituales desde tiempos mesoamericanos. La Guelaguetza contemporánea no inventa nada: actualiza una continuidad histórica que ha sobrevivido a terremotos, conquistas, migraciones y modernidad.
La Guelaguetza 2026 fue una demostración de cohesión social, una afirmación identitaria y un recordatorio de que la cultura, cuando se vive colectivamente, tiene la capacidad de ordenar el tiempo y el territorio.
A las diez de la mañana comenzó la función y terminó antes de las 14 horas. Pero la fiesta, como siempre, había empezado mucho antes. Y seguirá, como cada año, mientras Oaxaca mantenga viva la voluntad de narrarse a sí misma frente al mundo.
