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27 junio, 2026
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Turistas, bienvenidos a la Guelaguetza; vecinos, abstenerse

La Guelaguetza no es lo que parece. O al menos no sólo. No es sólo cultura. Ni sólo hermandad. Ni siquiera sólo danza. Es, también —y a veces, sobre todo— temporada alta.
Se llena de turistas, por supuesto. Viajan desde Monterrey, desde París, desde Puebla. Llegan por avión, por autobús, por capricho. Algunos saben a qué vienen, otros no tanto. Pero todos quieren selfie con la tlayuda, asiento en el Fortín y foto panorámica del desfile. No entienden mucho, pero entienden lo suficiente: esto es color, esto es fiesta, esto es algo que no pasa en sus ciudades.
La Guelaguetza es el pretexto. Oaxaca, el escenario. Y para muchos, un hotel con terraza ya basta como comunión con la cultura. Basta con asomarse y decir “¡qué bonito bailan!” Cultura vía balcón. Patrimonio sin contacto.
El problema no es que vengan. El problema es que, cuando vienen, muchos no se van. La fiesta dura dos semanas. La gentrificación, años.
Durante julio, los hoteles suben tarifas como si fueran a despegar. Restaurantes que durante el año sirven menú ejecutivo por 90 pesos, ahora ofrecen “experiencias gastronómicas” de 600. Las casas del Centro Histórico se transforman —como por hechizo— en Airbnb con tarifas en dólares. Las calles se invaden de vehículos foráneos. Los mercados se inundan de cámaras, pero escasean los alimentos.
Y el vecino, el que vive aquí todo el año, empieza a caminar más despacio. No por gusto, sino porque ya no cabe. El café de la esquina ahora tiene código QR, jazz ambiental y pan de masa madre. El tianguis de los jueves fue desplazado por una expo venta de productos “auténticos”. El puesto de memelas ya no regresa. Dicen que se fue a Xoxocotlán, “por el turismo”.
Lo que fue costumbre se volvió amenidad. Lo que fue derecho, ahora se renta.
Y, sin embargo, se aplaude la derrama económica. Las cifras circulan con entusiasmo: ocupación hotelera al 100 %, más de 127 mil visitantes, millones en ingresos turísticos. Todo parece prosperidad.
Sin embargo, el dinero cae en los bolsillos de cadenas de hospedaje, de restaurantes boutique, de operadores turísticos que poco tienen de oaxaqueños. Los que suben al cerro —los que bailan, los que cocinan para los que bailan, los que alquilan trajes, cargan canastas y barren después— se llevan poco o nada. Algunos vuelven endeudados. Otros ni siquiera pudieron vender su mezcal porque la terraza ya tenía patrocinador.
La cultura, en términos de economía, es explotación con folklore. Y nadie lo quiere admitir.
Mientras tanto, los consumidores locales —los que no tienen vacaciones, los que siguen ganando en pesos, los que pagan renta y mandado— ven cómo su ciudad se vuelve temporalmente ajena. Tienen que justificar sus compras con “ine”, hacer fila para comprar bolillo, oír que alguien dice que su colonia “está ideal para invertir”.
Y esto pasa cada año. En nombre de una fiesta. En nombre de una tradición. En nombre de todos, pero a favor de unos pocos.
La Guelaguetza es una celebración real. Nadie lo niega. Pero también es un dispositivo económico. Un calendario de desigualdad. Una coreografía que pisa más fuerte en los bolsillos que en la tarima.

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