+ ¿Puede la reforma constitucional de Oaxaca integrar armónicamente la comunalidad como raíz cultural, la gobernanza como estructura funcional y una redefinición incluyente de la oaxaqueñidad que abrace tanto a quienes habitan el territorio como a la comunidad migrante y también limítrofe pues algunos oaxaqueños se sienten veracruzanos, chiapanecos, poblanos y hasta guerrerenses?
Misael Sánchez
Ante el debate abierto por la propuesta de reformar la Constitución del estado de Oaxaca para incluir el principio de comunalidad como eje rector del marco jurídico local, emergen nuevas voces que piden mirar más allá del simbolismo cultural.
Diversos actores sociales, especialmente desde la comunidad migrante oaxaqueña, subrayan la necesidad de integrar en esta reforma no sólo la comunalidad como filosofía de vida, sino también la gobernanza como mecanismo funcional que fortalezca la gobernabilidad en el estado.
La distinción entre estos conceptos no es menor, sobre todo en un contexto donde la identidad oaxaqueña busca redefinirse, incluso más allá de sus fronteras geográficas.
La comunalidad, enraizada en la cosmovisión de los pueblos indígenas oaxaqueños, expresa un modo de vida donde la colectividad, la reciprocidad, el respeto por la tierra y la asamblea como forma de organización son pilares fundamentales.
No es simplemente un conjunto de normas; es una filosofía vivida, una manera de ser que permea lo cotidiano.
Por ello, su inclusión en la Constitución local significaría, más que un reconocimiento jurídico, una afirmación de la cultura originaria como principio rector de la vida pública.
Sin embargo, la comunalidad, por sí sola, no garantiza condiciones de gobernabilidad en un estado tan complejo como Oaxaca, donde coexisten múltiples formas de organización, donde la diáspora es masiva y donde los desafíos sociales exigen estructuras claras de decisión, seguimiento y evaluación.
Es ahí donde entra la gobernanza, entendida como el conjunto de mecanismos institucionales, normativos y participativos a través de los cuales se toman decisiones públicas.
La gobernanza no compite con la comunalidad; la complementa.
Mientras una ofrece la raíz filosófica y cultural, la otra aporta los cauces administrativos y técnicos para una gestión efectiva.
Quienes promueven esta visión, particularmente desde la comunidad migrante, insisten en que el nuevo marco constitucional debe establecer puentes entre la tradición y la institucionalidad.
Proponen, además, un concepto ambicioso pero necesario: definir la oaxaqueñidad desde la Constitución, como una identidad incluyente que no se agote en el territorio ni en la sangre, sino que se construya desde el vínculo cultural, la participación comunitaria y el compromiso con los valores colectivos.
En este sentido, han planteado también la idea de “oaxaqueñizar” a quienes viven en las zonas limítrofes con el estado —en regiones de Veracruz, Chiapas, Puebla y Guerrero— donde muchas comunidades tienen raíces oaxaqueñas, pero en la práctica se sienten desconectadas.
No se trata de una apropiación territorial ni de una aspiración expansionista, sino de un llamado a fortalecer los lazos culturales, lingüísticos y organizativos de pueblos que, aunque físicamente fuera de Oaxaca, comparten su alma colectiva.
Este enfoque plantea retos, sin duda, pero también abre una ventana a la innovación jurídica y política.
Incluir la comunalidad en la Constitución sería un acto de justicia histórica, pero incluir también la gobernanza como principio orientador significaría dotar a esa justicia de herramientas eficaces.
Más aún, conceptualizar la oaxaqueñidad en términos incluyentes y multiculturales permitiría abrazar a esa otra Oaxaca que vive fuera de sus fronteras, pero que sigue latiendo con fuerza en cada asamblea, en cada tequio, en cada Guelaguetza organizada desde el exilio.
La reforma constitucional en Oaxaca, por tanto, no debe reducirse a un gesto identitario ni a un ajuste técnico.
Es la oportunidad para construir un nuevo pacto entre la tradición y la modernidad, entre el arraigo y el desplazamiento, entre la comunalidad vivida y la gobernanza aplicada.
Una oportunidad para redefinir lo que significa ser oaxaqueño en el siglo XXI, no sólo nacer en Oaxaca, sino vivir sus valores y participar activamente en su futuro.
