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7 octubre, 2026
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Pueblos indígenas preservan rituales ancestrales del Día de Muertos en México

El Día de Muertos es una de las celebraciones más profundas y complejas del país, y entre los pueblos indígenas adquiere una dimensión espiritual que combina memoria, identidad y continuidad cultural. De acuerdo con la recopilación realizada por el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas, esta festividad se vive como un tiempo de convivencia entre vivos y difuntos, donde cada comunidad reproduce prácticas heredadas que mantienen vigente su cosmovisión.

La tradición se sustenta en la idea de que las almas regresan a sus hogares durante los últimos días de octubre y los primeros de noviembre. Para recibirlas, las familias preparan ofrendas que integran alimentos, flores, velas, agua, objetos personales y elementos simbólicos que guían el tránsito espiritual. En regiones como Campeche, los pueblos ch’oles decoran sus altares con hojas de xate, frutas y veladoras, mientras que en Chiapas las comunidades organizan semanas completas de trabajo colectivo para levantar arcos, preparar alimentos y adornar los espacios sagrados.

En Chihuahua, los rarámuris celebran con música, danzas y tapetes de aserrín, integrando su tradición de corredores en los rituales dedicados a los difuntos. En Oaxaca, la diversidad cultural se expresa en prácticas como la “fiesta de los abuelos” en Tlahuitoltepec, donde la música es el eje de la celebración, o en Santo Domingo Albarradas, donde la guelaguetza se convierte en un sistema comunitario para reunir los productos necesarios para las ofrendas.

La antología también documenta cómo los pueblos mixtecos, triquis y amuzgos conservan estructuras rituales que incluyen altares de varios niveles, procesiones, rezos y la elaboración de alimentos específicos. En San Luis Potosí, las comunidades de la Huasteca mantienen la tradición del Xantolo, mientras que en Sinaloa los yoremes preparan tapancos elevados para recibir a las almas guiadas por música de flauta y tambor. En Sonora, los guarijíos realizan ceremonias de despedida que pueden extenderse por días, integrando danzas pascolas y ofrendas que acompañan el tránsito del espíritu.

Cada pueblo adapta la celebración a su historia y a su entorno, pero todos coinciden en un principio: honrar a los muertos es un acto de continuidad cultural y de reafirmación comunitaria. La festividad no solo recuerda a quienes han partido, sino que fortalece los vínculos familiares, preserva conocimientos y reafirma la identidad colectiva. La antología muestra que, pese a los cambios sociales, el Día de Muertos sigue siendo un pilar de la vida espiritual indígena y un símbolo de la riqueza cultural de México.

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