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11 junio, 2026
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Periodistas, cronistas, editores y la memoria colectiva

 

 

En las próximas décadas, los investigadores del futuro —si todavía hay voluntad para rastrear la verdad— se encontrarán con una paradoja dramática, pues habrá más información que nunca, pero menos memoria. Las crisis políticas y sociales que estamos viviendo hoy serán apenas espejos rotos en la línea del tiempo, fragmentos sin contexto, pantallazos efímeros alojados en servidores que ya nadie consulta. Porque a diferencia del siglo XX, donde cada acontecimiento tenía registro físico, fotografía impresa y hemeroteca con índice, hoy la historia se evapora con cada clic.

Lo preocupante no es solo la precariedad de los archivos digitales, sino que nadie le ha contado a la sociedad que el legado periodístico ya no se está preservando. Las hemerotecas tradicionales, donde los periódicos imprimían tomos encuadernados con los acontecimientos del día, fueron por décadas el pulmón de la investigación académica. Allí abrevaban historiadores, filósofos, sociólogos, cronistas. Allí, la cultura encontraba estructura. Hoy, esos espacios están cerrando o sobreviven en silencio institucional.

En paralelo, se cancelan centros culturales, se cierran bibliotecas, se suspenden talleres de crónica, de lectura, de investigación narrativa. Hasta se cancelan ferias del libro, como en Oaxaca. Se anula, sin escándalo, el acceso profundo a la historia. Y mientras eso ocurre, las plataformas digitales ofrecen información al minuto, que en realidad no dura más que un pantallazo. Lo que no se archiva, se pierde. Lo que no se imprime, no existe. Lo que no se preserva, nunca ocurrió.

Este fenómeno se agrava por una crisis que no es tecnológica, sino de confianza. La pérdida de credibilidad de los medios de comunicación no es anecdótica ni reversible a corto plazo. Está documentada. Ha sido provocada por prácticas editoriales cada vez más dependientes del poder político y económico, por la erosión ética en la cobertura informativa, por el incentivo perverso del click fácil y el escándalo rentable. En muchos países, incluido México, hay medios que han perdido independencia porque dependen directamente de los recursos públicos, transformando el periodismo en publicidad gubernamental con fotografía editorial.

Por otro lado, la saturación informativa, el sensacionalismo y la polarización editorial han debilitado el vínculo entre ciudadanía y medios. La audiencia ya no cree, no consulta, no guarda. Desapareció la costumbre de guardar el periódico “por si acaso”, de recortar la nota “por si hay que explicarle al nieto”. En su lugar, lo que queda es un avance infinito sin valor histórico. Y si no hay credibilidad, no hay memoria. Si no hay registro confiable, lo que ocurrió se transforma en rumor.

La desinformación en redes sociales ha acelerado esta crisis. Las campañas automatizadas moldean narrativas sin fuente. Y los medios, en lugar de resistir con criterio, muchas veces replican lo que es viral, asumiendo que lo verdadero ya no importa si no genera tráfico.

La consecuencia de todo esto es que la historia reciente se ha vuelto intangible. Los hechos relevantes no tienen consistencia documental. Los testimonios se extravían en hilos, los juicios sociales se resumen en memes. Y cada conflicto político o social que se vive ahora no deja huella duradera. En cincuenta años, habrá más dudas que certezas sobre lo que ocurrió en esta época.

La humanidad pierde más que el periodismo. Pierde la posibilidad de explicarse. Pierde el derecho a saber. Pierde la memoria como insumo del pensamiento crítico. Y si los medios no recuperan la credibilidad, no se trata solo de salvar la industria: se trata de sostener la posibilidad de contarle algo confiable al mañana.

Una sociedad sin memoria no solo olvida. Se repite. Y en ese bucle, el periodismo debe asumir que no basta con informar en presente. Tiene que preservar para el futuro.

Si algo debe recuperarse es el principio de legado. Hay que volver a pensar en los periódicos como registros históricos, no solo como plataformas de consumo diario. Que cada nota aspire a sobrevivir. Que cada medio cree su propia hemeroteca digital, accesible, indexada. Que los contenidos relevantes se impriman, se guarden, se distribuyan a bibliotecas. Que los gobiernos apoyen la preservación informativa como política pública y no como beneficio propagandístico.

Que las universidades vuelvan a formar cronistas y editores con vocación de archivo. Que las comunidades valoren la documentación local como testimonio vivo. Y que el lector entienda que, en medio del ruido, siempre hay que guardar algo. Porque si no queda constancia, no queda historia.

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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx

 

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