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23 mayo, 2026
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Oaxaca, entre jaguares y serpientes

El rugido antiguo de los pueblos originarios. Oaxaca no es un estado, es una memoria viva que se rehúsa a morir. En sus lenguas, en sus montañas, en sus silencios y en su música, aún se escucha el eco de un rugido ancestral, el del jaguar. Y junto a él, la serpiente danza entre los pliegues del tiempo, muda su piel, y recuerda a todos que la transformación no es destrucción, sino continuidad.

En una conferencia teñida por el calor de la oralidad indígena, tres voces —una guitarra, un saxofón, un canto— no ofrecieron solo arte, lanzaron un grito. Uno que atraviesa siglos y resistencias. En ese espacio, no se hablaba solo de música, sino de genealogía totémica, de clanes zapotecos, de la luna y la tierra, de mujeres-serpiente y hombres-jaguar. No eran artistas. Eran emisarios. Recordatorios vivientes de que las lenguas originarias no están en peligro de extinción, están en pie de guerra cultural.

La naturaleza como campo de batalla. Oaxaca arde y se inunda. No es metáfora. Mientras los incendios forestales devoran hectáreas por ritual, negligencia o rayo, las lluvias anuncian su llegada con granizo, vientos y la promesa ambigua de vida y muerte. Se reportan más de 180 incendios y, pese a las cifras, el tono es de triunfo, se ha aprendido a contener el fuego. Pero no basta contenerlo, hay que entenderlo.

La tala, la quema de pastizales y la indiferencia institucional fueron por años combustible político. Hoy, la diferencia es el intento de prevenir, no sólo de lamentar. Se crean centros multitarea con helipuertos en regiones estratégicas, la emergencia se institucionaliza. Y en ese acto —tan logístico como simbólico—, la tragedia climática deja de ser un destino para transformarse en desafío.

El cruce de caminos con el magisterio. Hay huelgas que no paralizan, sacuden. Las movilizaciones del magisterio oaxaqueño son eso, terremotos periódicos que obligan a mirar de frente un sistema injusto. Entre números astronómicos (450 mil millones de pesos) y reformas impagables (la derogación de la ley del ISSSTE), los docentes de Oaxaca no sólo exigen —resisten. Porque saben que, sin ellos, el Estado no educa, ni avanza.

En medio de este torbellino, una sola voz rompe el tono burocrático de las mañaneras. El gobernador Salomón Jara lo dice claro “nuestra prioridad es la estabilidad social y el bienestar de todas y todos los oaxaqueños.” Pero sus palabras se desmarcan del protocolo. Abre el diálogo, exige corresponsabilidad y denuncia la herencia neoliberal sin matices. No hay ambigüedad en su postura, hay urgencia.

Justicia a las urnas. Y mientras Oaxaca lidia con incendios, ciclones y aulas vacías, otro frente se abre, el de la justicia. El 1 de junio se votará por magistradas, jueces y ministras. El país entero está llamado a reconstruir —o a sepultar— al poder judicial. Las cifras muestran entusiasmo. Las encuestas apuntan a un cambio. Pero el enemigo es sutil: se disfraza de abstención, se camufla en la apatía.

No es sólo una elección, es una ruptura histórica. La democracia se atreve, por primera vez, a tocar los muros de mármol del Poder Judicial, tradicionalmente blindado contra el pueblo. Se teme que este acto sea un simulacro. Se afirma que será el último reducto que caerá del viejo régimen. La pregunta es otra: ¿está la ciudadanía lista para administrar justicia?

El exilio que no se calla. Desde Estados Unidos, un nuevo golpe amenaza a quienes sostienen con dólares a cientos de comunidades, el impuesto a las remesas. La herida no es económica, es moral. Quieren gravar el amor. Quieren ponerle precio al acto de enviar ayuda a mamá, a la abuela, al pueblo que se dejó atrás pero nunca se olvida.

Oaxaca levanta la voz. Convoca cartas, redes sociales, movilizaciones. Aquí el migrante ya no es el ausente, es el protagonista. Si alguien creyó que la diáspora era pasiva, se equivocó. Porque ahora se organiza, se politiza y se alza. Como la serpiente que no muere, como el jaguar que nunca fue domesticado.

ciudadanía o clientelismo

Hay quienes aún preguntan: ¿y si es puro teatro? ¿Y si el voto está dirigido, si ya hay listas, si el poder sigue siendo el mismo? La sospecha es legítima. Pero más legítimo aún es el derecho a participar. La boleta puede ser trampa o puede ser llave. La urna puede ser jaula o puede ser espejo. Todo dependerá de quién tenga el coraje de mirar.

La vieja política quiere desmovilizar, desacreditar, distraer. Pero en Oaxaca, donde la historia se canta en chatino y se grita en zapoteco, donde los huracanes azotan, pero la tierra se levanta, esa política ya no tiene lugar. Aquí, el pueblo no sólo resiste. Aquí el pueblo escribe.

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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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