El calor de mayo ya no es el mismo. Las calles arden, los árboles envejecen antes de tiempo, el concreto emite un vapor denso que parece emanar desde el centro mismo de la tierra.
No es una sensación subjetiva ni una anomalía estacional, es el nuevo rostro del cambio climático. Uno que no espera discursos, cifras, ni presupuestos etiquetados. Uno que arremete sin tregua contra quienes aún creen que la crisis climática es un asunto del futuro o que se resolverá con recursos que nunca alcanzan.
Las temperaturas de este mayo de 2025 han sido el recordatorio más brutal y tangible de una realidad negada durante décadas. Ya no se trata de prever lo que ocurrirá, sino de enfrentar lo que ya sucede, incendios cada vez más frecuentes, ríos secos que antes eran cauces vivos, cosechas que mueren sin germinar y cerros que se desploman bajo la furia de lluvias mal repartidas.
Los esfuerzos institucionales, por más que se multipliquen, siguen siendo insuficientes ante la velocidad de la emergencia. Aumentar presupuestos, crear fondos, convocar foros, instalar consejos interinstitucionales… todo parece estrellarse contra la magnitud del problema. Porque el cambio climático no es un fenómeno que se pueda enfrentar únicamente desde las oficinas gubernamentales ni con acciones aisladas. Requiere una transformación cultural, ética y estructural que aún está muy lejos de cuajar.
El fenómeno no distingue entre clases sociales, aunque sus efectos sí golpean con mayor crueldad a los que menos tienen. Las colonias populares arden más porque tienen menos árboles y más láminas de zinc; el agua escasea primero en los márgenes de la ciudad; las enfermedades respiratorias crecen en barrios con basureros cercanos y sin infraestructura verde.
Pero el calor de mayo no solo quema el cuerpo, empieza a fundir las certezas de una civilización cimentada en la explotación ilimitada de los recursos naturales. En este contexto, los incendios forestales no son accidentes, sino síntomas de un sistema agotado; las sequías no son mala suerte, sino consecuencias de una desatención prolongada a los ecosistemas. La biodiversidad no puede seguir siendo tratada como una curiosidad biológica, es la base misma de la supervivencia.
Mientras tanto, quienes luchan por conservar la vida —ecologistas, académicos, defensores de los bosques, protectores de ríos— siguen trabajando muchas veces sin apoyo, sin financiamiento, sin reconocimiento institucional.
Son ellos quienes sostienen, con esfuerzo personal, una línea de contención frágil ante la devastación ambiental. Su activismo no puede seguir dependiendo de la voluntad, sino que debe ser respaldado por una política pública integral y dotada de recursos reales, no simbólicos.
No basta con destinar millones si estos no se traducen en acciones concretas, reforestación masiva, restauración de cuencas, protección de áreas naturales, transición energética, justicia hídrica y control efectivo de emisiones. Tampoco basta con sensibilizar si no hay consecuencias para quienes siguen talando, contaminando y mercantilizando el territorio sin límites.
Frente a la crisis ambiental, Oaxaca —como muchas regiones de México— se encuentra en un dilema, puede persistir en la inercia o convertirse en un laboratorio de transición climática desde abajo, con pueblos, comunidades y autoridades trabajando en una nueva relación con el entorno.
Las temperaturas extremas de este mayo deben ser entendidas como un ultimátum, no como una estadística climática. El planeta ha hablado con fuego, y no hay refugio posible si no se toma conciencia de lo irreversible. Porque el futuro ya no es una línea lejana en el horizonte, está aquí, ardiendo bajo nuestros pies. Y cada grado más que sube la temperatura es un grado menos de certidumbre para las próximas generaciones.
