En los tiempos en que los periódicos aún olían a reveladores y madrugada, los sindicatos eran fantasmas que se aparecían cuando la tinta dejaba de correr o cuando el rumor de una venta, una quiebra o un despido soplaba como viento sucio por las redacciones. No importaba si eran blancos, rojos, amarillos o sólo sombras sin color. Aparecían. Siempre aparecían. Como ratas que olfatean el naufragio antes que el barco se hunda. Como una costra sobre una herida mal cerrada.
Era un fenómeno casi religioso. La presencia inexplicable, siempre oportuna, de estructuras que defendían lo indefendible. Sindicatos de periodistas que no escribían, de fotógrafos sin cámara, de administrativos sin oficina. Sindicatos como telarañas tendidas por los propios dueños para que el alboroto nunca se convirtiera en huelga. Nunca va a estallar una huelga si el sindicato también es del patrón. Así de simple. Así de salvaje.
Y entonces estaba él. El reportero. Ese. El que cuenta esta historia con el mismo tono con que se cuenta una borrachera antigua. El que fue sindicalista y más tarde dirigente, no por voluntad, sino por maña, por política, por golpe de estado —palabras suyas mientras sonríe—, porque sí, aquello fue una jugada de ajedrez con tableros rotos y piezas de carne.
Y es que, aunque no lo crean, encabezó un éxodo, como Moisés sin tablas ni desierto. Se llevó a la mayoría de los reporteros a otro diario, como su líder sindical, después de una crisis que fue crisis, pero medidamente tramada. Porque en el fondo —y aunque no lo diga— se pactó con los editores, con los administrativos, con quienes hacen los periódicos sin firmar una sola nota. La traición, si se puede llamar así, no fue a la palabra escrita, sino a los que escribían. Para que llegaran otros. Otros que ya se fueron y que están por irse.
Los sindicatos de los ochenta y noventa eran otra cosa. Eran un carnaval. Vuelos a la Ciudad de México, convenciones en el Palacio de los Deportes, abrazos con los de Excélsior, brindis con los de Novedades. Cenas de gala en el Unomásuno. Aniversarios extraordinarios con Los Universales. Todo un romance en La Esquina de la Información. Una especie de diplomacia de la tinta. Ahí se forjaban los liderazgos que terminaron envejeciendo entre carpetas, moños sindicales y cheques con nombre ficticio. Los que colgaron los tenis, como dice el cronista, ya no están. Pero dejaron su olor, como se queda el tabaco rancio en la chaqueta de un abuelo muerto.
Y claro, estaba la tentación. Medrar. Usar el sindicato como escalera, como catapulta. Muchos lo hicieron. Muchos aún lo hacen, aunque ya sin el glamour de antes. Porque ahora el periodismo se ha vuelto un oficio de francotiradores. Cada uno su nota, su página, su like, su estrategia SEO. Ya no hay gremio. Sólo trincheras. Y trincheras sin víveres.
Él, el reportero que también fue sindicalista y algo más, dice que acabó con ese juego. Que lo dinamitó desde dentro, como un saboteador romántico. Que prefirió la coherencia al puesto. Que dejó el sindicato como se deja a una amante que ya no respira. Y lo dice con la mirada del que ha visto morir más de una redacción. El que sabe que los periódicos no mueren de crisis, sino de silencios pactados.
Pero en las noches largas, cuando ya no hay cafés abiertos y sólo queda el rumor digital de los portales, él recuerda. Recuerda el vértigo de las asambleas clandestinas, las listas de trabajadores hechas a mano, los discursos en voz baja. Los recuentos. Y se pregunta si de verdad hizo bien. Si el gremio —esa palabra que suena a mueca— se extinguió por decisión o por cobardía. Porque ahora nadie pelea por nadie. Porque los sindicatos que quedan no escriben. Y los que escriben, ya no creen en nada.
Y entonces sueña. Porque para eso le quedó el oficio. Para soñar con rabia. Imagina que un día, uno solo, todas las redacciones se detienen. Que los periodistas cierran sus laptops, que apagan los micrófonos, que tiran los celulares al mar. Imagina el silencio. El pánico de los patrones. Imagina un sindicato imposible, hecho sólo de palabras que se niegan a ser escritas.
Y en ese silencio imposible, tal vez por un segundo, volvería el periodismo. Aunque sólo fuera por nostalgia. Aunque sólo fuera para escribir su epitafio.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
