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25 mayo, 2026
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La rotonda estaba llena de Guelaguetza

 

 

+ CRÓNICA DE UNA GUELAGUETZA VISTA DESDE EL LADO BAJO DEL CERRO

 

Había más de once mil personas. A las nueve de la mañana exactas, el auditorio Guelaguetza desbordó sus límites físicos para convertirse en lo que, desde hace casi un siglo, se ha definido como el epicentro cultural de las ocho regiones de Oaxaca: la Rotonda de las Azucenas.

Nada interrumpía. Tampoco hizo falta. Lo que ocurrió ahí fue suficiente. La música, los tambores, los penachos, los huipiles. El olor a barro, a calor, a mole recalentado en el centro de la espalda. El público aplaudía no con las manos, sino con los cuerpos enteros. Cada delegación que descendía al escenario era recibida como si fuera la primera en la historia. Y esa era la pauta. Cada entrada era un principio y cada danza una afirmación de pertenencia.

 

Delegación tras delegación, sin aspavientos

Las Chinas Oaxaqueñas de Casilda Flores abrieron. Entraron con las marmotas, los faroleros, los monos de calenda y las canastas sobre la cabeza como quien entra a un bautizo familiar sabiendo que lo que carga es historia. Bailaron el Jarabe del Valle y no hubo espectador que no se pusiera de pie.

Vinieron después las delegaciones, todas de pie, todas con nombre, todas con origen. Santa María Teopoxco, Ciudad Ixtepec, Miahuatlán de Porfirio Díaz, Collantes, Santiago Zacatepec, Santo Domingo Zanatepec, Tututepec, Santa María Atzompa, San Juan Copala, San Juan Cacahuatepec, San Felipe Usila, San Bartolo Coyotepec, San Juan Bautista Tuxtepec, y la Heroica Ciudad de Tlaxiaco.

No hubo errores. El resto se mantuvo firme, sin importar si en sus huipiles había hilo de seda o bordado de algodón, si los instrumentos eran characas o armónicas, si las palabras se decían en español, triqui, zapoteco, mixe o afromexicano.

 

El maíz como centro de la narración

Cuando la Diosa Centeótl apareció como figura ritual —representada por la joven Patricia Casiano Zaragoza—, el auditorio no volvió a hablar. Escucharon. Porque no fue una presentación. Fue una declaración: “el alma de Oaxaca se despierta”, dijo. El escenario se convirtió en el teocali simbólico del pueblo zapoteca, donde el maíz es raíz, memoria y resistencia.

La joven mazateca que la encarnó bajó envuelta en traje ceremonial, habló en lengua originaria, y recordó que en julio no se celebra una festividad comercial, sino una ofrenda de siglos. A esa altura, incluso el gobernador estatal —en algún punto mencionado como presente en el palco central— parecía espectador más que autoridad.

 

Las culturas que sí fueron, las que fueron a ser vistas

El baile de la flor de piña de Tuxtepec no decepcionó. Tampoco lo hizo el Jarabe usileño de San Felipe Usila ni los sones jeromeños de Ixtepec, que parecían escritos por trovadores del siglo XIX. La Danza de los Diablos, desde la costa afromexicana, fue celebrada con tambor seco y mirada fija. En el palangón ceremonial de los mixe, se sirvieron trece jícaras de tepache fermentado, y cada sorbo fue ofrenda a la montaña. En el baile del guajolote de Atzompa, se compartió pan, mezcal y chocolate antes de la bendición. Todo era ritual, sin solemnidad falsa.

La Guelaguetza, como institución de ayuda mutua, tuvo sus raíces visibles. Cuando San Juan Copala presentó su boda triqui con huipil, machete y sombrero, la audiencia respondió con reverencia. No por nostalgia, sino por reconocimiento. La cosmovisión se escurrió entre versos, entre bailes, entre palos de fruta, entre tortillas de masa que fueron lanzadas al público.

El fandango de varitas de Tututepec, la chilena de Cacahuatepec, las piñas danzantes de Tuxtepec, las piezas florales, las joyas, los textiles, los bordados, el barro negro, el mezcal, el maíz, el pulque, el pan de panela, el mole, el chocolate de metate… no hubo trazo sin sentido, ni símbolo sin peso.

 

La fiesta no se termina cuando se va el último grupo

Cada delegación regó sus productos. No por protocolo. Sino por mandato cultural. Sombreros, frutas, textiles, palabras. Las manos alzadas del público no eran solicitudes, eran respuestas. El auditorio no fue público. Fue comunidad.

La octava seguirá. El mes de julio será largo. La identidad no se digiere ni se vende. Se comparte, como el mole negro.

Y así, cuando la transmisión terminó, la crónica quedó. La escrita. La hablada. La transmitida. La tatuada en el recuerdo. Como el cacao pegado al molar. Como la mariposa bordada en el huipil de la novia zapoteca.

No hubo turismo. No hubo espectáculo.

Hubo Oaxaca.

++++

Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx

 

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