Hubo una vez un hombre que escribía las memorias de los gobernadores. Lo hacía en voz baja, con la paciencia de quien borda niebla, sabiendo que la posteridad no siempre tiene oídos para los secretos. Lo conocí en una oficina sin tiempo, entre papeles amarillentos, donde el polvo era parte del mobiliario y el silencio, un archivo vivo. Me decía que todo lo que importa ocurre fuera del acta oficial. “Hay una fiesta —me confesó una tarde de julio, mientras la ciudad ardía de falsedad— que ya no sabe si vive o representa que vive. La Guelaguetza está en crisis, pero también está renaciendo.”
Y como todo lo que sangra y brilla a la vez, la Guelaguetza no cabe en una sola definición. No es del todo espectáculo ni del todo rito, pero vive, se arrastra, se levanta, se vende, se canta, se niega, se recuerda.
En otro tiempo, antes de que las bocinas la amplificaran y los drones la vigilaran desde el cielo, con música original y exclusiva para el gobernador en turno, la Guelaguetza era apenas un murmullo de faldas y danzas que subía con el polvo por el Cerro del Fortín. Era una promesa de encuentro entre los pueblos que bajaban con maíz en los costales y flores en las manos. En esos años, la fiesta no necesitaba reflectores porque brillaba con el sudor del pueblo. La vendimia olía a tamales y a copal; la romería, a pies cansados y canciones compartidas.
Un viejo que la organizó por primera vez en 1969 —sin nombre ahora, porque los recuerdos no llevan credencial— decía que la fiesta era un espejo, pero que ahora se ha vuelto un escenario. Él sabía que la Guelaguetza tenía raíces tan profundas que sus ramas podían confundirse con luces de neón. “Lo que antes se hacía para agradecer, hoy se hace para gustar.” Y no es que esté mal, pero hay un temblor en la identidad cuando lo ancestral se convierte en calendario turístico. En producto.
Los lunes del cerro tienen memoria de agua. En 1486 —según los relatos que nadie se atrevió a escribir del todo— los mexicas subieron a ese mismo cerro a suplicar lluvia. No llevaban paraguas sino ofrendas. Años después, los frailes les cambiaron a Centéotl por la Virgen del Carmen, y la sequía ya no era una amenaza, sino una oportunidad para el ritual. La montaña, como las culturas, supo adaptarse a las imposiciones del tiempo.
Pasaron los siglos y llegaron las chinas con sus canastas de papel celofán, los catrines, los charritos, los vendedores de nieve de tuna. Las delegaciones se presentaban no al gobernador, sino al pueblo. Era una época en que la política aún no había aprendido a bailar jarabe mixteco.
Pero algo cambió. La ciudad creció, la globalización entró por los teléfonos y las redes sociales empezaron a dictar qué danzas son más virales. La fiesta se sofisticó, se coreografió, como si fuera un circo, con su «payaso de rodeo», el éxito country de Caballo Dorado, se volvió paquete turístico. Se inventaron nuevas costumbres para representar las viejas, y en esa transformación muchas veces se perdió la espontaneidad.
Las comunidades, alguna vez depositarias de su propio relato, ahora reciben instructivos sobre cómo deben lucir sus bailes. El color ya no nace del campo sino de una paleta curada para las cámaras. La Guelaguetza, antes ritual íntimo, es ahora patrimonio escenificado. Nadie puede culpar al pueblo por querer que lo vean.
El escribiente de gobernadores lo decía sin amargura: “Esta nueva etapa de la Guelaguetza todavía no puede ser juzgada. Ni tú ni yo tenemos derecho. Eso lo hará el pueblo. En unos años, si la fiesta sigue siendo suya, la defenderá. Si no, la dejará morir en silencio, como un mito sin eco.”
Y tenía razón.
Porque hay algo que ocurre, inevitablemente, cada vez que los pueblos bajan del norte, del Istmo, de la Sierra, de la Costa, del Papaloapan. Es un gesto ancestral. Ofrecer sin esperar nada, danzar como quien agradece haber nacido, narrar sin palabras el dolor y la alegría. No importa si hay drones o pantallas. En el centro del Fortín —aún entre focos y estruendos— a veces, por un segundo, el pueblo regresa.
Nadie puede predecir el futuro de esta fiesta que camina entre sombras y reflectores. Algunos días parece un circo, otros, una ceremonia sagrada. Pero en su confusión hay algo profundamente humano. Y acaso allí radique su verdad más honda.
Dicen que al final del último Lunes del Cerro, cuando ya se han apagado las luces y las delegaciones han regresado a sus tierras, un niño zapoteca se acerca al centro del escenario vacío. Recoge una flor que cayó de una canasta, la huele y se la guarda en el bolsillo. Nadie lo ve. Pero esa flor es la que hará florecer la Guelaguetza del futuro.
Una fiesta que, quizás, aún no existe. Pero que ya late. Como el maíz bajo la tierra. Como la memoria que nunca se olvida del todo.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
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