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24 mayo, 2026
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Opinión

La entrevista como campo de batalla

 

 

Hace como veinte años, tres reporteros hicieron una entrevista. Uno de ellos, a cada declaración del entrevistado, soltaba frases como “no le creo”, “mentira”, “no es cierto”, “le cae”, ¿“de veras?”. No preguntaba. Interrumpía. No dudaba. Descalificaba. El entrevistado, visiblemente molesto, intentó mantener la compostura. Pero cuando el reportero insinuó que lo querían engañar, se levantó, lo señaló con el dedo y lo echó. Sin protocolo. Sin cortesía. Lo sacó a empujones. Y cerró la puerta.

El oaxaqueño y el italiano se quedaron. Terminaron la entrevista. Publicaron sus notas. El chilango no volvió a aparecer en la cobertura. Aprendió, quizá, que la entrevista no es un juicio. Es una operación. Y que, la línea entre la indignación y la falta de respeto es delgada. Y cuando se cruza, se pierde todo.

Viene a cuento porque la entrevista no es un género. Es un terreno. Un espacio donde dos o más voluntades se enfrentan: la del que pregunta y la del que decide si responde. En el periodismo, se le ha tratado como una herramienta, como una técnica, como un trámite. Pero en la práctica, la entrevista es otra cosa. Es una forma de guerra. A veces fría. A veces sucia. A veces sin retorno.

Las facultades de comunicación enseñan a preguntar. A preparar cuestionarios. A investigar al personaje. A controlar el tiempo. A editar. Pero no enseñan a resistir. No enseñan a leer el silencio. No enseñan a entender que el entrevistado, muchas veces, no quiere decir nada. Y que eso también es una respuesta.

El entrevistador entra con ventaja técnica. Tiene el micrófono, la cámara, la libreta. Pero el entrevistado tiene el poder. Puede callar. Puede mentir. Puede manipular. Puede huir. Y lo hace. Lo ha hecho siempre. Desde García Márquez hasta Nixon. Desde Castro hasta Lady Di. Desde el cineasta que escapó por la puerta trasera hasta el general que solo dijo “No tengo nada que decir al respecto”.

La entrevista es el único género donde el periodista depende de otro para existir. Y eso lo convierte en el más frágil. El más expuesto. El más traicionable.

Hay entrevistas que se recuerdan por lo que se dijo. Otras por lo que se evitó. Las mejores, por lo que se reveló sin querer. El periodista que logra eso no es el que pregunta bien. Es el que escucha mejor. El que sabe cuándo insistir. Cuando callar. Cuando provocar. Cuando retirarse. Así, sin tildes.

La entrevista no se improvisa. Se construye. Se negocia. Se disputa. Y muchas veces, se pierde.

Los entrevistados no son víctimas. Son estrategas. Usan la entrevista para posicionarse, para limpiar imagen, para lanzar mensajes. El periodista que no lo entiende termina siendo instrumento. Termina publicando lo que el otro quiere decir. No lo que debe saberse.

El periodista no es un testigo. Es un protagonista. Y si no toma posición, desaparece.

La entrevista no tiene reglas fijas. Tiene riesgos. Tiene zonas grises. Tiene trampas. El periodista que entra sin preparación, sin cultura, sin intuición, está perdido. Porque el entrevistado no perdona la debilidad. La detecta. La explota. La usa.

Y cuando eso pasa, la entrevista ya no es periodismo. Es propaganda.

Hay entrevistas que cambian la historia. La de Mathews a Castro. La de Frost a Nixon. La de Capote a Brando. No por lo que se dijo. Por lo que se entendió. Por lo que se reveló. Por lo que se rompió.

Y hay otras que no deberían haberse publicado. Porque no aportan. Porque no incomodan. Porque no preguntan. Porque no escuchan.

La entrevista es el género más popular del periodismo. Pero también el más maltratado. Se hace todos los días. En todos los medios. Con todos los personajes. Pero pocas veces se hace bien.

Porque hacerla bien exige algo que no se enseña. Exige carácter. Exige mirada. Exige saber que el que pregunta también se expone. También se arriesga. También puede perder.

La entrevista no es una conversación. Es una confrontación. Y el periodista que no lo entiende está condenado a repetir preguntas que no importan, a recibir respuestas que no sirven, a publicar textos que no dicen nada.

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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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