Misael Sánchez
Pragmáticos, metódicos, recelosos del adjetivo fácil y la opinión sin calle, así eran —y aún quedan unos pocos— los periodistas de la vieja guardia. Convivir con ellos era y es, todavía, un privilegio.
Tipos que olían a tinta fresca y humo de tabaco, que cargaban el alma en la libreta y la espalda en la calle. Aquellos que se ganaban el respeto por su personalidad, su constancia, no por el tamaño de su currículum. Periodistas que morían de noche, decían, porque así lo dictaba la épica, la nota de ocho columnas se escribía entre el último trago del día anterior y el primer amanecer del día siguiente.
En esos tiempos que ya se empiezan a narrar como mitología, un gran día no era el que se viralizaba en redes —porque no había redes—, sino aquel en que el redactor se llevaba la de ocho. La nota madre. La dueña de la plana. Esa que se fraguaba con paciencia, traición, cachas flojas, mezcal y un poco de suerte. Si era buena jornada, además del triunfo tipográfico, se podía desayunar con el director del diario, editor de verdad no advenedizos, un vicario de la iglesia, algún político de los que hablaban entre líneas o un empresario curtido en mucho efectivo y cuentas bancarias.
Tres fuentes obligadas no solo de información, sino también de ingreso. Porque el periodismo —como el teatro o la abogacía— también se sostenía con favores, pactos discretos y silencios pactados.
Detrás de esas tres fuentes se abría, como un mapa secreto, una subdivisión de contactos, negocios, amantes, chismes, amenazas, datos que llegaban envueltos en sobres amarillos o susurrados al oído en una cantina. Los buenos periodistas sabían leerlos como un código cifrado. Hoy le llamarían «networking». Antes, simplemente se llamaba «vivir el oficio».
Había hasta dos o tres políticos locales que pasaban la charola a sus amigos para financiar malas rachas de periodistas en el mejor o en el peor de los de los casos.
De eso no saben los que se graduaron en universidades donde maestros fracasados, corridos de periódicos, enseñan ética como quien enseña yoga, o análisis del discurso como si bastara con desmenuzar párrafos. A ellos les falta levantar tapas de alcantarillas. Literalmente. O acercarse a un morguero con cigarro y respeto, o saber qué palabras usar para convencer a un judicial borracho de que les deje entrar a ver el cuerpo. Ignoran que hay notas que se escriben con los pies empapados, los nudillos rotos y la conciencia manchada.
Porque ser periodista no era —ni es— un empleo, sino un pacto. A veces, con la verdad. Otras, con la mentira mejor construida. Y muchas más, con la conveniencia de quien paga. Por eso algunos sobrevivieron no sólo por su pluma, sino por tener un mecenas. Aún los hay. Un político que los respeta, un empresario que los protege, un cura que los absuelve. Una mano que no los empuja, pero tampoco los suelta.
Claro, ese mundo se fue cayendo a pedazos. Primero, porque los hombres del poder comenzaron a profesionalizar el control de la información, y eso volvió innecesaria la complicidad artesanal del viejo reportero. Después, porque los nuevos periodistas —con excepciones nobles— dejaron de contar el oficio y empezaron a vender el negocio. Cuentan que ahora hay de 50 y 200 pesos, como si fueran choferes de taxis foráneos. Hoy hay más expertos en monetización que en el arte de la observación. Más influencers que sabuesos. Más notas de algoritmo que de calle. Y eso tiene consecuencias.
Nadie les habla a los poderosos desde la entraña del oficio. Les escriben, sí, pero desde el escritorio, desde la tribuna académica, desde la precaución. No desde la sangre. No desde el humo de una redacción a las tres de la mañana, donde el tecleado era más tenso que un interrogatorio, y donde la mejor fuente no tenía correo electrónico, sino una voz ronca y una pistola bajo la chamarra.
Hubo un tiempo en que escribir era jugarse la vida con estilo. No había conferencias de prensa en vivo, ni transmisiones por plataformas digitales, sino cafés oscuros, y no se hacía periodismo con celulares, sino con intuición. Los viejos de entonces hablaban de “cuidarse la espalda”, pero también de “respetar el dato”. El dato, maldita sea, esa unidad de oro del reportero de verdad. No el chisme, no la ocurrencia, no la consigna. El dato verificado, cruzado, dudado, cazado como fiera.
Y aún así, sabían que con eso no bastaba. Porque para ser periodista no alcanza con tener suerte. Hace falta tener piel. Hay que tener temple, estómago, mecenas, calle, memoria. Y sobre todo, hay que tener el maldito oficio. Ese que ya no se enseña. Ese que no se publica. Ese que, en realidad, pertenece a los oficios más viejos del mundo, donde se miente por verdad y se dice la verdad mintiendo.
Por eso, cuando uno de ellos desaparece, no deja un tuit de despedida. Deja una silla vacía en la redacción. En el restaurante de los desayunos diarios, con periódicos. Un cajón con libretas que nadie sabrá descifrar. Y una ciudad un poco más ciega. Porque se fue uno de los últimos que escribía desde la herida, no desde el teclado.
