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Frenar ola neofascista mundial

José Murat

 

El avance incontenible de la derecha neofascista en el mundo, en todos los puntos cardinales: de Europa a Estados Unidos, y de Asia al subcontinente latinoamericano, es un severo llamado de alerta al pensamiento progresista y de avanzada para frenar el retorno a las posiciones más arcaicas, retrógradas y lesivas a los derechos humanos desde los tiempos de Adolfo Hitler y Benito Mussolini.

 

El caso más reciente, que quisiéramos fuera el último capítulo de esta embestida, es el ascenso al poder del ultraconservador Boris Johnson, primer ministro de Gran Bretaña desde el 24 de julio, el mismo que impulsó el Brexit encabezando las posturas más radicales y recalcitrantes, acudiendo incluso a la mentira deliberada sobre los términos de la relación comercial y haciendo posible en el referéndum de junio de 2016 lo que nadie creía en un principio: la salida de su país de la Unión Europea, en contra del deseo y el interés de las nuevas generaciones y de los sectores educados, abiertos y urbanos.

 

Entre las primeras declaraciones, insinuaciones y acciones del nuevo jefe de gobierno del imperio británico –la que fuera primera potencia económica y política del siglo XIX– fue devolver la grandeza a la Gran Bretaña, enfrentando a adversarios reales e imaginarios, tal como su homólogo estadunidense lo hiciera durante su mensaje de toma de posesión.

 

De entrada, en su política económica al servicio de las élites, Johnson fijó como prioridades reducir las tasas de los impuestos a los sectores de mayores ingresos y en contrapartida disminuir los apoyos de la política social a los segmentos rezagados.

 

En el ámbito de la política internacional, la posibilidad de secundar una guerra estadunidense contra Irán se proyecta como un escenario real, pues como ministro de relaciones exteriores de su antecesora, Theresa May, encabezó el ala belicista e intervencionista de ese gobierno.

 

Lo más grave para la propia causa del Reino Unido es la amenaza de una salida no negociada y conciliada con la Unión Europea, lo que para los expertos se traduciría en un golpe para la propia economía británica, pues en adelante tendría que pagar aranceles en un mercado al que hoy destina 40 por ciento de sus exportaciones.

 

El caso británico se suma al ascenso al poder del gobierno estadunidense más conservador e intolerante con las minorías raciales, las mujeres y los migrantes en la historia de ese país, el 20 de enero de 2017, un fenómeno disruptivo e insólito en la que por siglos se publicitó como la capital del mundo libre y las garantías individuales, un evento que ya hemos comentado en este mismo espacio de reflexión.

 

Pero lo mismo ha sucedido en otros lugares impensables, como el crecimiento desmesurado de la ultraderecha en Francia, cuna de la icónica Revolución de 1789 que legó al mundo las libertades individuales y los derechos humanos, en donde la candidata Marion Le Penn, siguiendo y consolidando la corriente neofascista Frente Nacional, organización hostil a los migrantes fundada por su padre Jean-Marie, se quedó a unos puntos porcentuales de ser gobierno en las elecciones de mayo de 2017.

 

Mismo fenómeno de derecha intolerante con los migrantes y con las posturas sociales y progresistas de otros movimientos neofascistas europeos, como los representados en Italia, cuna del Renacimiento y el humanismo en los siglos XV y XVI, por la Liga de Matteo Salvini y, en algún grado, el Movimiento 5 Estrellas de Luigi Di Maio, integrantes de la coalición gobernante desde abril de 2018.

 

Pero lo que más debe preocuparnos y ocuparnos es el arribo al gobierno de actores de ultraderecha en nuestro propio espacio geopolítico, Latinoamérica, como el caso del presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, público admirador de la dictadura militar que gobernó a su país hasta mayo de 1983 y quien por sus posturas neofascistas ha visto reducir su aceptación popular a un ínfimo 31 por ciento, según recientes estudios de opinión.

 

Desde el principio fincó su campaña en un discurso racista, homofóbico y misógino, además de su desdén por los sectores marginados de la sociedad brasileña; también en su desprecio por las políticas de conservación de la naturaleza, amenazando con acelerar la deforestación de la selva del Amazonas, pulmón del mundo.

 

En su campaña política se refirió a los pueblos originarios como indios hediondos, no educados y no hablantes de nuestra lengua. Ya como gobernante, afirmó que los afrodescendientes no hacen nada, creo que ni como reproductores sirven más. Al preguntarle cómo actuaría si un hijo suyo se enamorase de una mujer negra, respondió que eso nunca ocurriría porque sus hijos están muy bien educados.

 

Una de sus declaraciones de misoginia más fuertes fue cuando en el mismo recinto del congreso brasileño, a la diputada del Partido de los Trabajadores Maria do Rosário le dijo: No te voy a violar porque no te lo mereces.

 

En su homofobia ha ofendido sistemáticamente a la comunidad gay, al decir que sería incapaz de amar a un hijo homosexual.

 

En suma, el pensamiento progresista de izquierda, en torno a la socialdemocracia, con grandes e históricas contribuciones a los valores de la libertad, la igualdad y la justicia, tiene hoy el enorme reto de frenar esta ola neofascista que ominosamente se extiende por el continente americano y por el mundo. No es por la ideología, es por las conquistas universales de la mujer y del hombre.

 

El desafío es monumental. El llamado, urgente.

 

+ Publicado en la edición impresa del periódico La Jornada del 05 de agosto de 2019

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