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El reportero llegó a la sierra despojado de las herramientas del oficio. No venía a escribir sobre política ni sobre ecoturismo. Venía a escuchar a un hombre que cazaba venados desde antes de que existieran los permisos. No había entrevista pactada, ni guion, ni agenda. Solo monte y silencio. Se llamaba Aurelio. Tenía 67 años, barba de meses, voz de rifle y una memoria que olía a pólvora y a aceite 3en1.
No era un cazador cualquiera. Era uno de esos que saben distinguir un Odocoileus virginianus acapulcensis por la forma en que se mueve entre los encinos, y un oaxacensis por el color de la grasa cuando se le abre el vientre. Había cazado en Guerrero, en Chiapas, en Veracruz. Pero donde más sabía, donde más hablaba, donde más respetaba, era en Oaxaca.
El reportero ni preguntó. Sabía del tema. Sólo observó. Porque en el monte, el que habla pierde. El que escucha aprende. Y el que escribe, no interrumpe.
“En Oaxaca hay siete venados distintos. Esa es la exclusiva”, dijo Aurelio, sin mirar al reportero. “Siete. Y cada uno tiene su carácter. El acapulcensis es nervioso. El mexicanus es terco. El nelsoni es silencioso. El oaxacensis es el más noble. Como el que viste en la cañadita. Pocos lo saben, pero el Valle Central de Oaxaca tiene su variedad de venado especial. Es el oaxacensis. El thomasi se esconde en la humedad. El toltecus se mueve como sombra. Y el sinaloae no se deja ver. Si no sabes leer huellas, no lo encuentras”.
El reportero confirmaba. Pero Aurelio no hablaba para que lo escribieran. Hablaba como quien repasa un mapa que ya no existe.
La cacería no empieza con el disparo. Empieza con el silencio. Aurelio lo sabía. Por eso salía al monte con escopeta calibre 16, rifle .22 de cerrojo, binoculares Zeiss, cuchillo de hoja curva, otro para desollar y Príncipe, un perro que no ladraba. “El venado no se caza. Se espera”, decía. “Y si no sabes esperar, mejor quédate en casa”.
Estar en el monte como cazador —no como turista, no como curioso, sino como alguien que espera, que escucha, que respira con el terreno— es una experiencia que no se puede explicar sin traicionar su silencio.
He estado en la Sierra Norte de Oaxaca, en los encinares de Guerrero, en los cañones de Sonora, y en cada uno de esos lugares el mundo se comporta distinto.
El sol no cae: se filtra. Las sombras no se proyectan: se esconden. El olor del monte cambia con cada hora: tierra húmeda al amanecer, resina al mediodía, musgo y humo al caer la tarde.
El viento no sopla: conversa. La brisa no refresca: avisa. Los sonidos no distraen: advierten. El crujido de una rama puede ser un venado o puede ser nada, pero uno aprende a distinguir. El cazador no está ahí para matar. Está ahí para entender. Y cuando entiende, dispara menos. Porque el monte, cuando se deja mirar, enseña más que cualquier libro.
“Los secretos no se cuentan. Se aprenden. Pero te voy a decir algo: el venado no corre por miedo. Corre porque se acuerda del cazador. Sabe dónde lo cazaron. Sabe por dónde escapó. Y si lo vuelves a buscar en el mismo sitio, ya no está. Y otra cosa. No corre hacia arriba. Lo hace en diagonal. Como los que vimos correr”, revela.
Había cazado en cotos legales, en ejidos, en ranchos privados. Sabía distinguir un permiso legítimo de uno comprado. Sabía cuándo el monte estaba sano y cuándo estaba vacío. “Hay lugares donde ya no hay venados. No porque se acabaron. Porque se fueron. El monte también se cansa”.
Y es que, la ética del cazador no está en el disparo. Está en lo que hace después. Aurelio nunca cazaba hembras con cría. Nunca disparaba si no tenía tiro limpio. Nunca dejaba carne en el monte. “El venado se respeta. Si lo matas, lo aprovechas. Si lo hieres, lo buscas. Si lo pierdes, lo lloras”.
La adrenalina en la cacería no se siente cuando se dispara. Se siente antes. Se siente cuando el monte se calla. Cuando el viento cambia de dirección. Cuando el perro se detiene sin ladrar. Cuando el cazador deja de caminar y empieza a escuchar.
Se siente en el momento exacto en que el cuerpo del venado aparece entre las sombras, apenas visible, apenas real. Cuando el sol se filtra entre los árboles y dibuja una silueta que podría ser una rama o podría ser la presa. Se siente en el pulso, en el dedo que no debe temblar, en el ojo que calcula distancia, trayectoria, viento, ruido. Se siente en el silencio que precede al disparo. Y en el segundo después, cuando todo se mueve.
En Sonora, en Oaxaca, en Chiapas, en Guerrero, en los bosques altos y las sierras húmedas, la adrenalina es parte del terreno. Es parte del cuerpo. Es parte del respeto. Porque el cazador que no la siente, no está cazando. Está jugando. Y en el monte, nadie juega.
El reportero lo acompañó una vez. Fue en la Sierra Norte, cerca de Ixtlán. Salieron a las cinco. A las ocho, Aurelio se detuvo. Vio una rama rota. Una huella fresca. Un rastro de orina. “Está cerca”, dijo. Y esperaron. Dos horas. Sin moverse. Sin hablar. Hasta que apareció. Un macho joven. Cuello grueso. Astas limpias. Aurelio no disparó.
“Está creciendo. No es su momento. Admíralo”.
Esa noche comieron venado en adobo. No el de la mañana. Uno cazado tres días antes. Carne oscura, suave, cocida con hoja santa, chile costeño y mezcal. La carne de venado no se parece a otras. Tiene monte. Tiene sangre.
Aurelio hablaba de los venados como quien habla de hermanos. Sabía cuándo parían. Cuando migraban. Cuando se apareaban. Sabía que los machos marcan territorio con orina y astas. Que las hembras defienden el sitio de parto. Que los aleznillos no tienen ramificaciones. Que los rastros se leen como libros.
“Yo no cazo por gusto. Cazo por respeto. Porque el venado me enseñó a caminar sin ruido. A mirar sin prisa. A entender que el monte no es mío. Es de quien sabe escucharlo”.
El periodista no escribió nada ese día. Solo miró y escuchó. Porque sabía que el oficio del cazador no se enseña. Se vive. Y que el silencio del periodista, cuando es verdadero, también cuenta.
Dicen que Aurelio ya no caza. Que ahora enseña. Que lleva a jóvenes al monte y les muestra cómo se espera. Que ya no dispara. Que solo observa. Pero también dicen que, cada tanto, se le ve con el rifle al hombro, el perro a los pies, y la mirada fija en el horizonte.
Y que si alguien le pregunta por qué sigue saliendo, él responde:
—Porque el venado todavía me habla.
Y eso, para un cazador, es suficiente. Y para un periodista, también.
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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx
Fragmento de “Yo, tú, él y sus cuentos”
