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En Oaxaca, cuando un viejo gallo deja de cantar, no hay gallinero que no lo extrañe. Y menos aun cuando ese gallo respondía al nombre de Jaime Mayoral Gómez, abogado, catedrático, asesor sindical, fundador de sindicatos, azote de rectores y gobiernos, y para este y muchos reporteros, una fuente insustituible y una voz que durante más de tres décadas ayudó a traducir el caos político y laboral de esta tierra en notas periodísticas con rostro humano.
Murió el Gallo. Y con él, una parte del periodismo que aún se escribe con café, con largas pláticas, con dudas compartidas y frases que se convierten en titulares antes de que uno saque la grabadora.
Jaime Mayoral Gómez no fue sólo una figura del foro o del aula. Fue, en los años setenta, un líder estudiantil de esos que no pedían permiso para serlo. Se hizo en la fragua de la izquierda dura, de la palabra con filo, del activismo universitario que no temía enfrentarse al poder. Lo sabían los gobiernos. Lo sabían los rectores. Y también lo sabían los porros que alguna vez le rompieron los cristales de la oficina y terminaron huyendo con las ideas clavadas como astillas.
En el año 2005, cuando el periódico Noticias enfrentó tres huelgas simultáneas y la PGR irrumpió como si fuera zona de guerra, fue él quien le explicó al reportero —y por ende a los lectores— que aquello no era una simple diligencia, sino una intromisión brutal contra el derecho de huelga y la soberanía laboral. “No tienen idea de lo que hacen, están desbaratando los equilibrios”, dijo. Y lo dijo como quien diagnostica una enfermedad que luego se convierte en epidemia.
Aquella fue una de las tantas entrevistas convertidas en nota urgente. Después vinieron más: su postulación a la dirigencia de SUMA el 3 de noviembre de 2005; su crítica a la ley de pensiones universitaria en 2010; su batalla legal contra el proyecto de Chedraui en la colonia Reforma. Cada declaración suya era una clase de Derecho y una lección de política, dictada con el aplomo de quien ya ha visto mucho, y aun así, se indigna.
En la última década, las entrevistas se transformaron en charlas informales. Ya no había grabadora entre ambos, sólo un café sobre la mesa y esa costumbre suya de hablar sin adornos: “La universidad está podrida, pero no todo está perdido”. Le dolía la UABJO, como se duele una casa en ruinas que uno se niega a abandonar. Discutía con pasión sobre las reformas laborales, el estado de los tribunales, los sindicatos convertidos en maquinaria de extorsión o parapeto de negocios oscuros. Criticaba con la experiencia de quien ha escrito los estatutos, pero ya no cree en los firmantes.
A veces hablaban de política. De los gobiernos que prometen, pero no reforman. De las izquierdas que se volvieron burocracias. De los líderes sindicales que olvidaron las huelgas y abrazaron los contratos. Y otras veces, simplemente, hablaban del país: “Estamos criando generaciones que no saben distinguir entre un derecho y una dádiva”, dijo en uno de esos mediodías de charla infinita.
Su voz era una constante en el caos de la universidad pública. En 2011, advirtió que, sin un plan de jubilaciones, la UABJO se hundiría. En 2012, propuso una reforma a su Ley Orgánica y exigió auditorías. En 2014, en pleno Primero de Mayo, declaró que en Oaxaca no había nada que celebrar. “Los sindicatos actúan como delincuencia organizada”, dijo sin matices. Las frases no eran incendiarias, eran radiografías. Y duele saber que ya no habrá más.
A este reportero le toca escribir el réquiem de su mejor fuente. Pero más que eso, de un hombre que convirtió el ejercicio del Derecho en una forma de resistencia y la cátedra en un espacio de formación política. No formó alumnos, formó ciudadanos críticos. No litigó casos, defendió causas.
Ya no está el Gallo para responder las llamadas. Para desmenuzar la nota del día. Para lanzar esa sentencia suya que era cierre de entrevista y de texto: “Eso ponlo, aunque se enojen”.
Pero su voz queda. En los archivos. En las notas. En las generaciones que le deben más de lo que saben. Y en esta crónica, que no pretende cerrar nada, sino apenas rendir homenaje.
Porque hay fuentes que se apagan. Y hay voces como la suya que, aunque el cuerpo caiga, siguen resonando.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
