Era junio y Oaxaca despertaba nublado, con ese tipo de cielo que no decide si llover o brillar. Una luz tímida, casi avergonzada, filtraba el gris del cielo y escribía su propia crónica en los parabrisas de los autos.
La ciudad se desperezaba entre cafés humeantes, algunos periódicos doblados como trincheras y teclados esperando la siguiente batalla de palabras.
En la Quinta El Tremolín, al oriente de la ciudad, por San Agustín Yatareni, no llegaron los protagonistas de la noticia, sino quienes la tejen con los dedos manchados de tinta, con el micrófono, con el celular y las pupilas curtidas por la realidad.
Más de doscientos periodistas —mujeres y hombres de ayer, de ahora y de siempre— se sentaron a una mesa compartida como quien regresa a casa después de sobrevivir al naufragio.
Y no, no fue una mañana cualquiera.
Era el Día de la Libertad de Expresión. Pero en las conversaciones no se hablaba de libertad, sino de afectos, de derrotas compartidas, de los que ya no están, de los que aún escriben desde la cuerda floja.
Sobre todo, se hablaba de sobrevivir. Porque quienes viven del verbo saben que la libertad no se celebra, se conquista.
La coordinadora de Comunicación Social, Elizabeth Álvarez Acosta, tomó el micrófono como si sostuviera una promesa. No dictó instrucciones, evocó pertenencias. Dijo que ahora se está haciendo lo que nunca se hizo. Lo dijo sin alardes, con la firmeza de quien sabe que nombrar también es reparar.
Mencionó seguros médicos, coberturas, acceso a vivienda. Pero sus palabras no eran solo datos. Eran una forma de devolver rostro y dignidad a los 75 periodistas independientes que hoy tienen seguridad social. A los ocho más que se suman. A quienes por años ejercieron el oficio con la pluma como única red.
El gobernador Salomón Jara Cruz fue el anfitrión.
Se dirigió al gremio no como autoridad distante, sino como testigo. Su discurso, medido, pero claro, parecía recitar un conjuro para mantener alejados a los demonios del miedo, del silencio, del olvido.
Habló de pluralidad, de respeto, de un gobierno cercano a los pueblos y a sus narradores.
Reconoció el papel de los medios en la construcción de democracia. Afirmó que, sin libertad de prensa, las demás libertades pierden sentido. Que, sin periodistas libres, el futuro se oscurece.
Y mientras hablaba, el aire se llenaba de presencias invisibles. Aquellos que fueron silenciados con plomo o con hambre. Aquellos que no están, pero nunca se fueron. Sus nombres no se dijeron, pero todos los pensaron. Estaban ahí, entre las cucharas de salsa, en las cazuelas humeantes, en los vasos de jugo, en el café con pan, en las miradas que esquivaban el fondo de las cosas.
Fue, en esencia, un acto antropológico. Un reencuentro con la dignidad.
Los de la vieja guardia, con sus crónicas en sepia, los que escribían a máquina y cerraban el día con un trago.
Los jóvenes, con ojeras digitales y teléfonos en modo vertical. Los de la inteligencia artificial. Hasta los clonadores. Todos bajo un mismo techo, compartiendo el café con pan, los chilaquiles, las palabras, las cazuelas.
Se habló también de política, claro, como en todas las mesas. De la elección judicial, de los migrantes, del turismo, de mañaneras, de Hyundai, de Salina Cruz, de voceros, de puentes rotos y promesas de asfalto.
Los reporteros no escuchaban como ciudadanos. Escuchaban como cronistas, con esa distancia precisa que permite ver lo invisible. Tomaban nota como si la esperanza aún tuviera sentido. Porque quizá sí la tiene.
En una esquina, una tómbola sorteaba ventiladores, lavadoras, refrigeradores. Premios modestos también para quienes no tienen derechos plenos, ni certezas de mañana. Y aunque algunos dirían que eran gestos menores, para otros fueron abrigo. No porque se vendiera conciencia, sino porque también se puede cuidar a quienes incomodan.
Los discursos no fueron huecos. Fueron el principio de un nuevo pacto. Una forma de decir estamos aquí, y queremos seguir estando. Porque en Oaxaca la palabra también construye caminos. Porque el respeto no se anuncia, se ejerce.
Nadie se atrevió a romper el hechizo de ese momento. La comunidad estaba casi completa. Como si la realidad se hubiera suspendido por unas horas para permitir el milagro, la convivencia.
Se vieron alegres, sinceros, festejándose no por lo que hacen, sino por lo que siguen siendo. Por lo que resisten.
Horas después, en alguna redacción pequeña, un reportero encontró entre sus notas del chaleco una servilleta doblada. No recordaba haberla tomado. La desplegó. No tenía nombre, ni fecha, ni firma. Solo una frase escrita con prisa.
La verdad no se guarda en una caja fuerte. Se guarda en la piel.
Y supo, sin necesidad de verificar la fuente, que la libertad de expresión no se celebra. Se defiende. Se ejerce. Se escribe. Aunque duela. Aunque cueste. Aunque no haya más desayunos.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
