La costa no se arrodilla. Esa fue la sentencia con la que el gobernador de Oaxaca, Salomón Jara Cruz, quiso reescribir el lenguaje político de la catástrofe.
No hubo frase hueca ni repaso protocolario.
Lo suyo, lo que ocurrió en Pinotepa Nacional durante su conferencia matutina número treinta y tantas, fue una crónica pronunciada desde la entraña de la tormenta.
No para lucirse. Para levantar acta.
Para dejar constancia de que, si hay un sitio desde donde se ejerce el poder en su estado, ese sitio está a ras de tierra, sin helicóptero y con los zapatos llenos de lodo.
Lo dijo a boca de jarro: «He visitado todos los municipios, todas las localidades, para constatar la situación en que se encuentra nuestra gente. Visitándolos, apoyándolos, ayudándolos.»
Nada de sobrevivir en el aire. «Allá arriba no hay baches», soltó con puntería de francotirador, sin apuntar a nadie y tocando a todos.
Y es que, Jara Cruz convirtió Pinotepa en cuartel general.
Llegó, escuchó, durmió ahí. Y volvió.
No se trata —como él mismo aclaró— de un gesto folclórico. Se trata de territorio como política.
“Este gabinete no gobierna desde oficinas: limpia escombros, carga lonas, hace tequio”, dijo sin parpadear, mientras desfilaban los reportes técnicos y las cifras de daño.
Porque Eric, el huracán, no sólo desordenó la geografía; también puso a prueba el músculo público, y Salomón lo sabía.
Más de 800 postes caídos, árboles centenarios arrancados desde la raíz, caminos de tierra convertidos en heridas abiertas.
En la voz del gobernador, cada cifra llevaba adherida una foto, un niño llorando en la madrugada, una madre que aún carga los restos de su cocina.
Pero no hubo retórica vacía.
Jara Cruz llegó con anuncios precisos: inversión récord en salud —más de siete mil millones de pesos para dos nuevos hospitales de tercer nivel en Ciudad Salud—, apertura de caminos, reactivación de agua potable, reforestación masiva y programas para reconstruir, piedra por piedra, la infraestructura devastada.
Cada peso, cada brigada, cada pipa con agua fue narrado con puntualidad quirúrgica. Sin triunfalismo. Sin épica. Como si el verdadero heroísmo estuviera en evitar la desgracia permanente.
Incluso los boletos de Guelaguetza —la joya turística del calendario estatal— serán convertidos en ayuda directa para los damnificados. “Todo el ingreso de los lunes del cerro y de la Feria del Mezcal será destinado a la costa”, soltó, con la convicción de quien sabe que gobernar también es redistribuir simbólicamente los festejos.
Hubo un momento en que alzó la voz para recordar un detalle que la política suele olvidar: “Los niños lloraban cuando azotaba el viento a las 3 de la mañana. No podemos dejar que eso se repita.”
Y por eso, más allá del balance técnico, habló de refugios comunitarios, de albergues, de cómo reorientar el Fondo de Aportaciones para la Infraestructura Social para los Pueblos Indígenas y Afromexicanos, (FAISPIAM) para construir infraestructura que ampare.
También confesó —y en ello radica su singularidad— que carga las cartas que le entregan los niños en sus recorridos. “Le prometí a uno de ellos que aquí, frente a ustedes, iba a leer su petición”.
Ningún estratega de imagen lo hubiera redactado mejor.
Allí estaban, sin falta, los reporteros de calle, las y los cronistas de territorio, quienes no esperan boletines.
Puntuales, tomaban nota no sólo de las cifras, sino del tono, del gesto, de las pausas mínimas del gobernador mientras nombraba a los pueblos como se nombra lo que ya conocen.
Sabían —ellos mejor que nadie— que esa conferencia era crónica viva del poder en trinchera, con eco de lluvia y lodo aún en los tobillos.
Y es que, lo que Salomón Jara hizo en Pinotepa Nacional fue más que un informe, fue una clase práctica de liderazgo en tierra hostil. No prometió cielos. No usó frases teledirigidas. No exhibió músculo con uniformes ajenos. El suyo, como el de su equipo, era un chaleco amarillo de protección civil. Nombró a cada secretaria y director. Los hizo presentarse. Les pidió explicar lo que hacen, no lo que planean. Mostró el trazo de su gobierno no como un espectáculo, sino como una orquesta civil en plena ejecución de emergencia.
Y aun cuando la tragedia aún gime en las montañitas cercanas y las playas quebradas, dejó en claro que su administración no pedirá préstamos, no se endeudará. Que gobernar no es administrar la escasez, sino mover la voluntad colectiva hacia lo que parece imposible, que después del desastre, también florece la primavera oaxaqueña.

