Columna Política de Apuntes …
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+ La política de la reconciliación del 2006 y la realidad del 2026
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Misael Sánchez
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Ahora que distintos sectores sociales vuelven a mirar hacia atrás y recuerdan cómo inició el conflicto de 2006 en Oaxaca, emerge una reflexión necesaria sobre la forma en que el poder intentó reconstruir el tejido político después de aquella ruptura. Dos décadas después, la llamada operación cicatriz aparece como un ejercicio que buscó contener la memoria, administrar el descontento y ofrecer una salida institucional a una crisis que había desbordado al Estado. No se trató únicamente de un proceso de diálogo, sino de un dispositivo que reveló la manera en que el gobierno entendía la participación social y la gestión de la protesta.
En aquel momento, los foros y mesas de diálogo se presentaron como espacios de escucha ciudadana. La narrativa oficial los describía como mecanismos para reconstruir la confianza y abrir canales de comunicación con sectores agraviados. Sin embargo, quienes participaron recuerdan que esos encuentros funcionaban como escenarios de catarsis controlada. La población podía expresar enojo, dolor y reclamos, pero siempre dentro de un marco institucional que delimitaba el alcance de la palabra. La apertura existía, aunque condicionada por la necesidad gubernamental de contener la energía social que aún circulaba con intensidad.
La dinámica de esos espacios mostraba una tensión permanente entre la necesidad de liberar presión y el interés por evitar que la protesta se reorganizara fuera de los cauces oficiales. La ausencia de redes sociales masivas permitía encapsular la discusión en auditorios, salones y recintos públicos donde la memoria quedaba circunscrita a quienes asistían. La voz se escuchaba, pero no se amplificaba. La denuncia se pronunciaba, pero no circulaba más allá del perímetro institucional. La operación cicatriz se sostenía en esa lógica: permitir que la sociedad hablara, pero dentro de un contenedor diseñado para administrar la intensidad del conflicto.
Ese modelo revela una concepción del espacio público que hoy resulta insuficiente. La política entendida como gestión del descontento pierde eficacia en un entorno donde la comunicación digital ha transformado la forma en que se construyen narrativas colectivas. Lo que antes podía mantenerse en el ámbito local ahora se expande con rapidez y adquiere dimensiones nacionales. La memoria ya no depende de un foro presencial, sino de la capacidad de las comunidades para documentar, compartir y reinterpretar sus experiencias. La operación cicatriz, en su momento, funcionó porque el ecosistema comunicativo era distinto. Hoy sería inviable.
La reflexión sobre aquel periodo permite observar cómo el Estado buscó recomponer su legitimidad mediante mecanismos que combinaban escucha, control y narrativa. La participación ciudadana se convertía en un ritual político donde la palabra tenía un valor simbólico, pero no necesariamente transformador. La gente hablaba, pero las estructuras permanecían. La catarsis servía para aliviar tensiones, aunque no modificaba las condiciones que habían originado el conflicto. La reconciliación se construía más como un proceso discursivo que como una transformación profunda del vínculo entre gobierno y sociedad.
El análisis de esa experiencia invita a pensar en los desafíos actuales. La política contemporánea exige formas de diálogo que no se limiten a administrar emociones, sino que reconozcan la complejidad de las demandas sociales. La participación no puede reducirse a un acto ceremonial ni a un ejercicio de contención. Requiere espacios donde la palabra tenga consecuencias y donde la memoria no sea gestionada desde arriba, sino construida colectivamente. La operación cicatriz mostró los límites de un modelo que buscaba cerrar heridas sin atender sus causas estructurales.
En un escenario donde la ciudadanía tiene más herramientas para documentar, difundir y cuestionar, la política debe asumir que la legitimidad no se recupera mediante foros controlados, sino mediante prácticas que reconozcan la autonomía social y la necesidad de transformar las instituciones. La reconciliación no puede ser un acto administrativo. Debe ser un proceso que involucre responsabilidad, reconocimiento y voluntad de cambio.
La recomendación implícita es avanzar hacia una política que no tema a la palabra libre ni a la memoria abierta. La sociedad ya no acepta contenedores simbólicos ni rituales de catarsis que no se traduzcan en acciones concretas. La experiencia de 2006 recuerda que la estabilidad no se construye administrando el descontento, sino atendiendo sus causas. La operación cicatriz fue un intento de cerrar un capítulo, pero también una lección sobre los límites de la reconciliación dirigida. Hoy, la política necesita algo más que administrar la memoria. Necesita comprenderla, asumirla y transformarla en un punto de partida para un nuevo pacto social.
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Misael Sánchez / Periodista / Agencia Oaxaca Mx
