Farid Acevedo López y la universidad como espacio público en disputa
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Misael Sánchez
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La Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca atraviesa un momento que no puede leerse únicamente como un proceso electoral interno, sino como un episodio más en una discusión de fondo sobre el papel de la educación superior pública en contextos de precariedad estructural, desigualdad laboral y presión financiera.
En ese marco se inscriben las últimas declaraciones de Farid Acevedo López, candidato a la rectoría para el periodo 2026-2030, quien construye su planteamiento desde una narrativa de pertenencia institucional, experiencia administrativa y diagnóstico interno, más que desde consignas abstractas o promesas maximalistas.
Sus afirmaciones permiten observar una visión de universidad entendida como organismo público complejo, atravesado por tensiones históricas que exigen decisiones técnicas y políticas de largo aliento .
Acevedo López sitúa su argumento central en una idea que atraviesa todo su discurso: la justicia laboral como condición de estabilidad universitaria. No se trata, en su planteamiento, de un reclamo retórico, sino de un señalamiento estructural.
Al describir la situación de más de mil quinientos docentes que perciben entre sesenta y setenta y tres pesos por hora clase, el candidato expone una fractura profunda entre el discurso institucional de excelencia y la realidad cotidiana de quienes sostienen la docencia.
Esta brecha no se limita al ámbito académico, pues se extiende al personal administrativo y de servicios que, según sus declaraciones, permanece atrapado en esquemas de recategorización postergados por la falta de liquidez financiera. En esa lectura, la universidad no es únicamente un espacio de formación, sino también un mercado laboral precarizado que reproduce desigualdades internas.
Desde esa base, Acevedo articula una reflexión sobre el financiamiento público que conecta normativa, realidad presupuestal y gestión política. Señala que la universidad depende en un 87 por ciento de recursos federales, mientras que la aportación estatal apenas alcanza el 13 por ciento, a pesar de que la reforma de 2019 en materia de educación superior establece la gratuidad y abre la puerta a un esquema de corresponsabilidad financiera más equilibrado. Lejos de presentar esta diferencia como una anomalía coyuntural, la interpreta como un margen de maniobra posible, un “colchón” que podría permitir, mediante incrementos graduales, sanear las finanzas universitarias sin recurrir a soluciones abruptas. El argumento no descansa en la confrontación con el Estado, sino en la necesidad de demostrar, con datos y proyectos, que la universidad requiere y puede absorber mayores recursos de manera transparente.
Aquí aparece otro eje central de su discurso: la rendición de cuentas como requisito de legitimidad.
Acevedo López no reduce la fiscalización al cumplimiento formal ante instancias externas, sino que plantea la urgencia de informar de manera clara cómo se ejerce cada peso del presupuesto universitario. En ese sentido, la propuesta de fortalecer una contraloría interna con capacidad real de sanción apunta a recomponer la relación entre la comunidad universitaria y su administración.
La universidad, en esta visión, debe dejar de ser percibida como un espacio opaco para convertirse en una institución que se explica a sí misma ante sus propios integrantes y ante la sociedad que la financia.
El análisis se amplía cuando el candidato aborda la infraestructura y el equipamiento. Su diagnóstico parte de una pregunta concreta: cómo recibir a más estudiantes sin aulas suficientes, sin personal docente adicional y sin condiciones tecnológicas acordes con los cambios que dejó la pandemia.
Al señalar la necesidad de aulas virtuales, plataformas digitales y conectividad, Acevedo no idealiza la modernización, sino que la presenta como una adaptación inevitable a transformaciones ya en curso. La universidad, en este planteamiento, no puede seguir operando con herramientas diseñadas para un modelo educativo de hace dos décadas, porque hacerlo implica limitar su capacidad de crecimiento y su pertinencia social.
Otro aspecto relevante de sus declaraciones es la concepción de la universidad como un espacio que debe vincularse de manera más decidida con su entorno. Acevedo López insiste en la necesidad de fortalecer la relación con el sector público y privado, no como una cesión de autonomía, sino como una estrategia para ampliar capacidades de gestión, generar proyectos financiables y ofrecer mejores oportunidades a estudiantes y trabajadores. Esta visión se extiende a la dimensión regional, al reconocer que la expansión territorial de la universidad ha sido desigual y, en muchos casos, insuficientemente acompañada por infraestructura, reconocimiento académico y estabilidad laboral para el personal que opera en sedes fuera de la capital.
En conjunto, las declaraciones de Farid Acevedo López dibujan un escenario en el que la universidad se encuentra ante una encrucijada: persistir en una lógica de sobrevivencia presupuestal o avanzar hacia un modelo de planeación institucional que articule justicia laboral, transparencia, financiamiento progresivo y modernización académica. Su discurso no promete soluciones inmediatas ni apela a épicas universitarias, sino que insiste en procesos, diagnósticos y acuerdos graduales. Desde esa perspectiva, la rectoría no aparece como un espacio de poder personal, sino como un punto de coordinación entre actores diversos que, con frecuencia, han operado en tensión.
La lectura final que emerge de este planteamiento es que la universidad pública, para sostener su papel como espacio de movilidad social y producción de conocimiento, debe mirarse a sí misma con rigor crítico. La estabilidad financiera, la dignificación del trabajo universitario y la recuperación de la confianza interna no son objetivos aislados, sino piezas de un mismo engranaje. En la medida en que estas dimensiones se articulen, la institución podrá responder no sólo a sus problemas históricos, sino también a los desafíos contemporáneos de un entorno educativo cada vez más exigente y menos tolerante con la improvisación.
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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx
