29.9 C
Oaxaca, MX
30 mayo, 2026
Oaxaca MX
AgendaOpinión

El día después del espejo

El día después del espejo

No hubo estruendo. No se rompieron vidrios ni se levantaron barricadas. El país, y particularmente un territorio acostumbrado a leer la política como ritual comunitario, amaneció con algo más incómodo: la sensación de haberse mirado al espejo. No importó el desenlace ni el saldo numérico. Importó el gesto. Importó la escena. Importó la confirmación de que el poder, hoy, ya no se legitima sólo con resultados, sino con presencia.

La política mexicana atraviesa una mutación silenciosa. No se anuncia con manifiestos ni se respalda con teorías cerradas. Se despliega en actos, en consultas, en ejercicios que interpelan directamente a la ciudadanía y la obligan a ocupar un lugar que antes le era ajeno. El gobierno ya no se limita a gobernar: convoca, dramatiza, expone. Y al hacerlo, redefine su relación con la gente.

Durante décadas, el poder se ejerció como administración técnica. Decidir era calcular. Gobernar era gestionar. El ciudadano aparecía como destinatario final, rara vez como actor. Hoy, en cambio, la política se desplaza hacia un terreno más simbólico. El acto público importa tanto como la decisión; el proceso, tanto como el resultado. El poder se vuelve performativo: necesita ser visto, narrado, compartido.

Ese desplazamiento no es ingenuo. Responde a una lógica precisa: la legitimidad ya no se obtiene únicamente en las urnas ni se conserva en los informes. Se construye —y se disputa— en el terreno de la narrativa. Quien controla el relato controla el sentido. Y quien controla el sentido, administra la permanencia.

En este nuevo paisaje, el Estado deja de presentarse como una maquinaria neutral y adopta el rostro de un mediador emocional. No se limita a regular; acompaña. No sólo impone reglas; construye símbolos. El gobierno se ofrece como intérprete del sentir colectivo, como traductor de agravios históricos, como escenario donde la ciudadanía se reconoce.

Los ejercicios de participación reciente confirman esa tendencia. No se trata de medir adhesiones ni de contar voluntades, sino de activar un lenguaje. De recordar que el poder puede —y debe— exponerse. Que gobernar implica aceptar el riesgo de ser evaluado no sólo en cifras, sino en percepción. Que la autoridad ya no se protege con distancia, sino con cercanía calculada.

Surge así un escenario donde la política se parece cada vez más a un relato en construcción. Hay personajes, hay tramas, hay conflictos. El gobernante no sólo decide: interpreta. La ciudadanía no sólo observa: responde, valida, cuestiona. El acto político se convierte en escena pública, y cada escena refuerza o debilita la coherencia del relato general.

Este modelo tiene virtudes y peligros. Permite reconectar con sectores históricamente excluidos, devolverles voz, reconocerlos como parte del proceso. Pero también corre el riesgo de sustituir la deliberación por la emoción, la evaluación por la fidelidad narrativa, la verdad por la coherencia del discurso. Cuando el relato se vuelve más importante que los hechos, la política se desliza hacia el terreno del mito.

En ese punto, el periodismo enfrenta su propia encrucijada. No basta con describir el acto ni con reproducir el discurso. Es necesario leer el trasfondo, entender el método, explicar el porqué de las formas. El reportero ya no puede limitarse a contar qué pasó; debe preguntarse qué significa, qué inaugura, qué normaliza. Porque la política contemporánea no se explica sólo desde la ley, sino desde la dramaturgia.

Conviene entonces recordar que la democracia no se agota en la participación simbólica ni en la escenificación del poder. Necesita contrapesos, claridad institucional, comprensión del Estado. No sobra insistir en que los ejercicios públicos deben fortalecer la responsabilidad y no diluirla, que la cercanía no debe sustituir a la rendición de cuentas, que la narrativa no puede convertirse en coartada.

El desafío está en encontrar el equilibrio. Que la política escuche sin convertirse en espectáculo. Que el poder se exponga sin perder estructura. Que la ciudadanía participe sin que su voz sea utilizada como utilería. Y que el periodismo, lejos de deslumbrarse por la escena, mantenga la distancia crítica necesaria para distinguir entre gesto y sustancia.

Porque al final, lo que quedó no fue una cifra ni un dictamen, sino una imagen: la del poder mirándose a sí mismo a través de la gente. Y la de una sociedad obligada a decidir si ese espejo refleja un avance democrático o una sofisticación del control simbólico. En ese dilema se juega algo más que un ejercicio aislado: se juega la manera en que este país entiende, a partir de ahora, el acto de gobernar.

Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

Artículos relacionados

El reordenamiento del Centro Histórico de la capital oaxaqueña será paulatino y gradual: Semovi

Redacción

Invierten Federación y Municipio de Xoxocotlán 5 MDP para la construcción en 1.6 kilómetros de drenaje sanitario en Riveras del Atoyac

Redacción

Metrópolis que exigen un nuevo pacto urbano