12 junio, 2026
Oaxaca MX
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El árbol se enciende y marca el inicio de la fiesta prenavideña

 

La tarde había bajado su luz sobre el Parque Primavera con esa calma previa a las celebraciones que despiertan a una ciudad entera. Las familias comenzaron a llegar desde temprano, atraídas por la promesa de un encendido que cada año se ha vuelto un punto de referencia para quienes buscan un respiro entre las obligaciones cotidianas. El aire tibio de noviembre dejaba ver el movimiento constante de quienes avanzaban con bolsas de algodón de azúcar, globos, chamarras recién desempolvadas y niños ansiosos por ver de cerca el árbol monumental que aguardaba la señal para iluminarse.

Las calles aledañas se llenaron con una multitud creciente que caminaba con la certeza de estar repitiendo un rito comunitario profundamente arraigado. A unos metros del árbol, músicos afinaban instrumentos mientras trabajadores de servicios municipales hacían las últimas revisiones a la decoración del parque. La mezcla de sonidos configuraba la atmósfera de un preludio que no requería explicaciones, porque cada quien tenía claro que el final de noviembre en Oaxaca se anuncia con luces, voces, comida y la cercanía de las fiestas de fin de año. Los visitantes observaban cada detalle como si quisieran asegurarse de guardar en la memoria todo lo que estaba por ocurrir.

Hacia la parte central del parque, el gobernador y su esposa avanzaron entre la gente para sumarse al recorrido y saludar a quienes se acomodaban alrededor del árbol. La multitud respondió con atención, consciente de que el encendido no era solamente un acto protocolario, sino el inicio del periodo más luminoso del calendario local. Detrás de ellos, un grupo de niños vestidos con motivos navideños se preparaba para su presentación y esperaba indicaciones del personal que organizaba el flujo del programa.

Cuando los primeros acordes llenaron el ambiente, el público comenzó a desplazarse hacia el espacio principal donde una banda oaxaqueña interpretó piezas festivas que hicieron vibrar la plaza. Las familias se acomodaron frente al escenario, los vendedores ofrecían bebidas calientes y los menores imitaban los movimientos de los músicos con alegría desbordada. El árbol permanecía aún oscuro, erguido como un gigante paciente que sabía que su momento estaba cerca.

El programa avanzó con bailes tradicionales, piezas navideñas adaptadas a ritmos locales y coreografías que involucraron a niñas y niños de diferentes colonias. Mientras tanto, los artesanos que se instalaron alrededor del parque exhibían coronas, velas, juguetes de madera y dulces típicos que perfumaban el aire. La dinámica resultó tan natural como el tránsito de las estaciones en la ciudad: música que se mezclaba con risas, luces que aguardaban su turno y el murmullo constante de quienes se encontraban con conocidos y saludaban con entusiasmo.

La noche cayó sin prisa y el parque adoptó un tono más íntimo. El árbol, con sus figuras, listones y estructuras metálicas perfectamente ensambladas, dominó la vista general. A las ocho en punto, una cuenta regresiva comenzó a correr entre la multitud, que respondió con un coro que resonó desde los extremos del parque hasta los edificios más próximos. El silencio previo duró apenas segundos. En cuanto la cuenta llegó al cero, una corriente de luz recorrió el árbol desde la base hasta la punta, iluminándolo en un estallido de color que provocó aplausos inmediatos.

El Parque Primavera se transformó en un paisaje de brillo continuo. Las figuras luminosas instaladas en el recinto cambiaban de intensidad al ritmo de la música que continuaba sonando, mientras los dispositivos colocados en distintos puntos proyectaban destellos que rodeaban a los asistentes. La estructura del árbol reveló cada detalle: esferas gigantes, estrellas distribuidas con precisión, listones iluminados que pendían en forma de cascada y adornos inspirados en la flora local. Los niños levantaron los brazos, algunos intentaron tocar la luz que parecía al alcance, y los adultos aprovecharon el momento para tomar fotografías que pronto se llenarían de comentarios en redes sociales.

El acto no terminó con el encendido. Tras la ovación, el desfile de carros alegóricos comenzó a avanzar por el borde del parque. Las figuras tradicionales aparecieron en plataformas decoradas con motivos invernales y símbolos de las comunidades oaxaqueñas. Muñecos gigantes, renos hechos con estructuras de carrizo, personajes con trajes bordados y una banda juvenil que interpretó melodías reconocibles marcaron el ritmo del recorrido que mantuvo a todos atentos. Cada carro estaba acompañado por comparsas que avanzaban entre serpentinas y luces portátiles, en una demostración de creatividad y sentido comunitario.

La alegría prevaleció hasta entrada la noche. Las familias se dispersaron lentamente, con bolsas llenas de dulces, fotos recién tomadas y el recuerdo fresco de un encendido que volvió a cumplir con su promesa de reunir a la ciudad. El árbol quedó iluminado, vigilante y radiante, como un faro que anuncia que la temporada prenavideña ha comenzado oficialmente en Oaxaca. Y mientras la multitud se alejaba, la música continuó sonando a lo lejos, recordando que las festividades apenas iniciaban y que la ciudad tenía todavía muchas noches de luz por delante.

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