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18 septiembre, 2026
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Opinión

Colmillos, lealtad y cicatrices

Desde que tenía cinco años, a Miguel le gustaban los perros. No por ternura. Por respeto. El primero fue un mestizo callejero que su padre recogió detrás del mercado de abastos. Lo llamaron “Chato” porque tenía el hocico aplastado y la mirada de quien ya había peleado por comida. Chato vivió nueve años. Murió en silencio, debajo de la cama, como si supiera que los humanos no saben despedirse.

Miguel aprendió a leer con un perro al lado. A correr con uno detrás. A llorar con uno encima. Nunca estuvo solo. Ni en la infancia, ni en la adolescencia, ni en la adultez. Siempre hubo un perro. O dos. O cinco.

A los treinta y dos, Miguel recibió un regalo que cambiaría su vida. Horacio, su amigo de toda la vida, le entregó un PitBull de tres meses envuelto en una toalla. “Se llama Rocco. No lo entrenes para pelear. Entrénalo para resistir”.

Rocco era hueso, músculo y mirada. Tenía la mandíbula de un gladiador y el corazón de un niño. Miguel lo crio con disciplina, cariño y croquetas de salmón. Le enseñó a no atacar, a no ladrar sin motivo, a no morder sin permiso. Rocco aprendió. Y protegió.

Una noche, en la colonia Reforma, un hombre intentó asaltar a Miguel. Rocco lo detuvo sin tocarlo. Solo se paró frente a él, con las orejas tensas y los ojos fijos. El hombre huyó. Miguel nunca olvidó esa noche. Ni ese gesto.

Miguel vivía en una casa con patio. En ese patio había cinco perros: Rocco (PitBull), Luna (Golden Retriever), Chispa (Chihuahua), Thor (Pastor Belga Malinois) y Nube (mestiza rescatada). Cada uno tenía su historia. Su cama. Su plato.

Luna era la más noble. Se dejaba abrazar por niños, ancianos y desconocidos. Chispa era la más ruidosa. Ladraba hasta a las sombras. Thor era el más inteligente. Sabía abrir puertas, detectar mentiras y reconocer tristeza. Nube era la más fiel. Nunca se alejaba más de tres metros.

Miguel los alimentaba con precisión. Croquetas premium para los grandes. Dieta blanda para los viejos. Huesos recreativos para los inquietos. Agua fresca cada tres horas. Revisiones veterinarias cada seis meses. Vacunas al día. Desparasitaciones programadas.

Cada domingo, Miguel iba al parque con sus perros. Allí conoció a otros como él. Gente que hablaba de razas como si fueran países. Que discutía sobre el mejor alimento, el mejor collar, el mejor shampoo.

Estaba Marta, que tenía un Border Collie llamado Einstein. Lo entrenaba con comandos en alemán. Estaba Luis, que criaba Doberman y decía que eran más nobles que los Labradores. Estaba Sofía, que rescataba perros callejeros y los rehabilitaba con aromaterapia.

Una vez, un Husky se escapó y corrió hacia la avenida. Thor lo detuvo. Lo sujetó del collar y lo arrastró de vuelta. Nadie lo entrenó para eso. Lo hizo porque entendía el peligro.

En 2020, Miguel fundó un pequeño refugio en la periferia de Oaxaca. Lo llamó “Colmillo Blanco”, en honor a la novela de Jack London. Recibía perros atropellados, abandonados, maltratados. Les daba comida, techo, atención médica y tiempo.

Allí conoció a “La Flaca”, una mestiza que había sido usada para peleas. Tenía cicatrices en el lomo y miedo en los ojos. Tardó seis meses en confiar. Cuando lo hizo, se convirtió en la sombra de Miguel.

También llegó “Tigre”, un Rottweiler que había sido encerrado en una azotea por tres años. No sabía caminar. No sabía jugar. Solo sabía gruñir. Miguel lo rehabilitó con paciencia, carne cocida y paseos cortos. Tigre aprendió a vivir.

Miguel usaba Instagram para mostrar a sus perros. TikTok para enseñar rutinas de entrenamiento. Facebook para coordinar adopciones. WhatsApp para recibir denuncias. Era un corresponsal de la vida perruna. Un cronista de cuatro patas.

Una vez, recibió un video de un perro amarrado en un poste bajo el sol. Lo rescataron en dos horas. Lo llamaron “Solín”. Hoy vive con una familia en Etla.

Otra vez, una mujer le escribió desde Veracruz. Su perro había sido robado. Miguel activó una red de contactos. Lo encontraron en Puebla. Lo devolvieron. La mujer lloró durante veinte minutos.

Miguel no tenía hijos. Tenía perros. No tenía herencia. Tenía historias. No tenía religión. Tenía lealtad.

Cada noche, se sentaba en el patio. Rocco a su derecha. Luna a su izquierda. Thor vigilando. Chispa ladrando. Nube durmiendo. Y él escribía. Crónicas. Ensayos. Novelas.

Una vez escribió: “Los perros no son mascotas. Son testigos. De nuestras caídas. De nuestras victorias. De nuestras ausencias”.

Un amigo que falleció en 2023 le dejó otro perro. Un American Bully llamado “Tanque”. Miguel lo recibió con lágrimas. Lo entrenó con respeto. Lo integró a la manada.

Hoy, Miguel tiene doce perros. Vive en una casa más grande. Tiene un programa de radio. Da charlas sobre tenencia responsable. Publica artículos sobre bienestar animal. Y sigue escribiendo.

Porque en su mundo, cada perro es una historia. Y cada historia merece ser contada.

Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

Fragmento de “Yo, tú, él y sus cuentos”

 

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