19 agosto, 2026
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Atzompa vuelve a respirar

 

El polvo de la historia aún flota sobre Atzompa. Desde la cima, la vista alcanza a Monte Albán, el corazón de un poder que marcó a toda la región zapoteca. Sin embargo, durante siglos, la antigua ciudad de Atzompa fue apenas un eco en la memoria: lomas cubiertas de vegetación, casas modernas levantadas sobre ruinas invisibles y la indiferencia oficial. Hoy, con las excavaciones que avanzan en silencio y los nuevos hallazgos, la pregunta inevitable surge: ¿qué significa rescatar un señorío que nunca dejó de estar vivo?

Los arqueólogos sostienen que Atzompa nació como ciudad satélite de Monte Albán, hacia el siglo V d. C. No era un poblado cualquiera, sino un enclave estratégico. En sus laderas se levantaron templos, terrazas residenciales y canchas de juego de pelota. Allí vivían linajes poderosos, herederos de un sistema político que buscaba controlar el valle. Atzompa no era la periferia: era una extensión del poder zapoteca, un brazo que vigilaba caminos y alianzas.

Con la llegada de los españoles, el sitio quedó desarticulado. La población se replegó, los templos se convirtieron en canteras para levantar iglesias y casonas coloniales en Oaxaca. Atzompa quedó reducida a nombre de aldea, mientras la grandeza de sus murallas dormía bajo la maleza.

No fue sino hasta 2009 cuando el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) inició excavaciones sistemáticas en la zona. Lo que encontraron sorprendió incluso a los más escépticos: conjuntos residenciales completos, un complejo de canchas de juego de pelota único en Mesoamérica, patios ceremoniales y estelas. Atzompa, que había sido olvidada, emergía como un espejo de Monte Albán, pero con identidad propia.

Las cifras son contundentes: más de 80 edificios han sido localizados, de los cuales apenas una fracción ha sido explorada. La llamada Casa de los Altares reveló murales pintados, ofrendas de cerámica y piezas que hablan de rituales sofisticados. Atzompa no fue un pueblo menor, fue una capital alterna, un enclave que sostenía la hegemonía zapoteca.

“Cada piedra aquí es un testigo incómodo”, dice un arqueólogo local, consciente de que excavar no solo significa descubrir, sino confrontar un pasado que interpela al presente. Vecinos de Santa María Atzompa, comunidad actual, relatan cómo desde niños jugaban entre montículos que hoy son estructuras restauradas. “Nos decían que eran cerros normales, pero siempre supimos que escondían algo”, comenta Gregoria, una habitante que hoy colabora como guía comunitaria.

La voz institucional reconoce avances, pero también rezagos. La zona arqueológica se abrió al público en 2012 con grandes expectativas, pero la falta de presupuesto ha frenado proyectos de conservación. El crecimiento urbano presiona: casas y talleres de barro rodean el sitio, y los arqueólogos hablan de una carrera contra el tiempo.

Atzompa es hoy un escenario de contrastes. Por un lado, recibe visitantes nacionales e internacionales que buscan una experiencia distinta a la saturada Monte Albán. Por otro, enfrenta abandono parcial, con senderos erosionados y áreas sin vigilancia. La comunidad local exige mayor inversión, argumentando que la zona puede convertirse en motor de desarrollo cultural y turístico.

La narrativa oficial habla de rescate patrimonial. Pero la crónica real es más compleja: Atzompa no es solo ruinas, es territorio vivo. Los talleres de cerámica de Santa María mantienen tradiciones heredadas de aquel señorío antiguo. El barro, moldeado por generaciones, sigue siendo un lenguaje de memoria.

En los últimos años, nuevas excavaciones han revelado pasajes rituales y ofrendas que confirman la relevancia de Atzompa en la red de poder zapoteca. Los arqueólogos lo resumen en una frase: “Monte Albán no puede entenderse sin Atzompa”. La frase condensa la paradoja: la historia central siempre eclipsó a su satélite, hasta que este reclamó su lugar.

El futuro del sitio dependerá de la voluntad política, la inversión en conservación y la participación de la comunidad. Pero más allá de eso, Atzompa ya ganó algo: volvió a respirar. Las piedras que fueron cantera, los templos que quedaron enterrados y los altares que miraban al cielo han regresado para incomodar al presente.

Porque Atzompa no es solo pasado. Es un recordatorio de que los señoríos nunca desaparecen del todo. Esperan. Y cuando vuelven, no lo hacen como ruina muerta, sino como voz.

Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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