Cada año, cuando el calendario se aproxima al 15 de septiembre, México se viste de verde, blanco y rojo. Las plazas se llenan de luces, las calles se inundan de música vernácula, y el grito de “¡Viva México!” retumba desde palacios, kioscos y balcones. Pero más allá del folclor y la emoción colectiva, septiembre encierra una coreografía política que ha evolucionado con los siglos, y que en el Porfiriato alcanzó una sofisticación escénica digna de estudio.
La celebración patria no siempre fue como la conocemos. En el siglo XIX, el 16 de septiembre competía con otras fechas fundacionales, como el 27 de septiembre (Consumación de la Independencia) o el 5 de febrero (Constitución de 1857). Fue Porfirio Díaz quien, con astucia simbólica, consolidó el 15 y 16 como epicentro del calendario cívico, alineando la fiesta nacional con su propio cumpleaños y convirtiendo el Grito en un acto de legitimación personal y estatal.
Durante su régimen, los festejos septembrinos se transformaron en una liturgia republicana que mezclaba desfiles militares, ceremonias religiosas, banquetes oficiales y espectáculos populares. La Ciudad de México se convertía en un teatro monumental donde la patria se representaba con precisión coreográfica. Las escuelas, los sindicatos, los gremios y las fuerzas armadas participaban en una escenografía que reafirmaba el orden, la modernidad y la unidad nacional.
Pero no era solo espectáculo. Como señala el historiador Arnaldo Moya Gutiérrez en su ensayo “Los festejos cívicos septembrinos durante el Porfiriato, 1877–1910”, publicado por el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, estos rituales funcionaban como “una pedagogía del poder”, donde el Estado enseñaba a sus ciudadanos cómo debía sentirse la mexicanidad. El Grito no era espontáneo: era una puesta en escena cuidadosamente diseñada para reforzar la figura presidencial, el progreso material y la paz porfiriana.
Moya Gutiérrez documenta cómo, año tras año, el protocolo se perfeccionaba: desde la iluminación de edificios públicos hasta la distribución de medallas cívicas, pasando por la presencia de delegaciones extranjeras y la entonación del Himno Nacional en momentos estratégicos. Todo estaba calculado para que el pueblo, al participar, se reconociera como parte de un proyecto común, aunque ese proyecto estuviera profundamente marcado por la exclusión social y la desigualdad estructural.
Hoy, más de un siglo después, el eco de aquellas celebraciones aún resuena. El Grito sigue siendo un acto de comunión, pero también de representación. Y aunque los tiempos han cambiado, la pregunta persiste: ¿celebramos la independencia o la idea de nación que nos enseñaron a aplaudir? Como lo sugiere Moya Gutiérrez, entender el pasado escénico de septiembre es también una forma de leer el presente con ojos más críticos y menos ingenuos. Porque en México, la patria no solo se grita: se interpreta.
