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25 mayo, 2026
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Entre la línea de pobreza y el ingenio del mercado en Oaxaca

Sandra Luz Roldán

En agosto de 2025, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) actualizó las líneas de pobreza por ingresos. En el ámbito urbano, el umbral para cubrir la canasta alimentaria se fijó en $2,452.05 mensuales por persona, mientras que la línea de pobreza total —que incluye bienes y servicios no alimentarios— alcanzó los $4,722.01. En zonas rurales, los montos fueron de $1,850.73 y $3,394.06 respectivamente. Estas cifras no son solo indicadores técnicos: son el espejo de lo que millones de familias pueden —o no pueden— llevar a su mesa.
En Oaxaca, donde el 60% de la población vive en condiciones de pobreza según estimaciones previas, la comida se convierte en un acto de resistencia. No se trata solo de alimentarse, sino de hacerlo con dignidad, sabor y memoria.
Don Aurelio es jefe de familia en la colonia Volcanes. Gana $6,500 mensuales como ayudante de albañil. Destina el 45% de su ingreso a alimentos, lo que equivale a unos $2,925. Con eso, compra lo esencial: tortillas, frijol, arroz, huevo, jitomate, cebolla, pollo y, cuando alcanza, un poco de carne de res molida. El bistec de res, que subió 18.2% en precio anual, es un lujo que solo aparece en su mesa una vez al mes.
Los jueves, su esposa acude al mercado de Abasto. Aprovecha los descuentos por volumen y busca productos de temporada: calabaza, papaya, chile criollo. En los tianguis de la colonia Reforma, por la Iglesia de los Pobres, encuentra frutas más frescas y a veces más baratas. En Cinco Señores, el mercadito de fin de semana ofrece pan casero, queso fresco y pollo de rancho. Todo suma. Todo cuenta.
Mariana vive en la agencia de San Martín Mexicapan. Tiene tres hijos y trabaja vendiendo gelatinas en calles de la capital. Su ingreso mensual ronda los $4,000. No alcanza la línea de pobreza urbana. Ella lo sabe, aunque no lo diga. Compra en el mercado de Abasto, donde los precios son más bajos. Lleva plátano, frijol, arroz, pasta, y cuando hay oferta, leche pasteurizada, que subió 8.6% en el último año.
Prefiere cocinar en casa. Evita los alimentos procesados. Rellena chayotes con arroz y queso, hace caldos con hueso de pollo, prepara tortillas con masa que le regalan en la tortillería. Sus hijos comen lo que hay. Y lo que hay, siempre se comparte.
Luis vive solo en un cuarto rentado en la colonia Reforma. Trabaja como repartidor y gana $7,200 al mes. Gasta menos en comida, pero más en alimentos fuera del hogar. Según INEGI, este rubro tuvo una incidencia del 54.7% en el aumento de la canasta urbana. Luis lo confirma: come tacos, tlayudas, garnachas. No cocina. No tiene tiempo. Pero sabe que eso le cuesta más.
Los fines de semana compra fruta en Cinco Señores. Plátano, naranja, manzana. A veces queso o pan dulce. No lleva lista. Compra lo que ve. Lo que se le antoja. Lo que le alcanza.
En Oaxaca, el mercado no es solo un lugar de compra. Es un espacio de negociación, de cultura, de resistencia. Las familias ajustan sus hábitos según el precio del jitomate, que ronda los $27.14 por kilo, o del frijol, que supera los $37.17. El pollo entero cuesta más de $83 por kilo, y el huevo, más de $59. Las decisiones se toman en el pasillo, frente al puesto, con la mirada puesta en el monedero.
Los productos de temporada son aliados. El chile serrano, la calabaza, el mango, el tejocote. Todo lo que abunda, baja de precio. Y todo lo que baja, se compra. Las amas de casa saben que la economía no está en el salario, sino en el regateo.
La inflación general anual fue de 3.6% en agosto de 2025. En el ámbito urbano, la canasta alimentaria subió 4.1%. En el rural, 2.8%. El bistec de res, la leche, los alimentos fuera del hogar, fueron los principales responsables. Pero detrás de los porcentajes hay historias. Hay decisiones. Hay renuncias.
Comer en Oaxaca es un acto político. Es elegir entre lo que se quiere y lo que se puede. Es caminar entre puestos, comparar precios, preguntar sin comprar. Es saber que el dinero no alcanza, pero que el ingenio sí.
Las líneas de pobreza no son solo cifras. Son umbrales que definen lo posible. Y en Oaxaca, lo posible se cocina con leña, se vende en el tianguis, se comparte en cazuelas.

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