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8 julio, 2026
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El sabor del rayo y los hongos de septiembre

El reportero llegó a la Mixteca con botas de senderista y la mochila llena de frascos vacíos. Venía a cosechar hongos. Porque septiembre y octubre son los meses donde el bosque da lo mejor de sí. Y si uno sabe escuchar, encuentra lo que otros pisan sin ver.

Se llamaba Rubén. Periodista de oficio, micólogo por obsesión, gastrónomo por hambre. Había escrito sobre derechos humanos, elecciones, desapariciones. Pero su novela más íntima —la que aún no publica— trata sobre un niño que recolecta hongos en una finca cafetalera, bajo un árbol caído por un rayo. Los mejores hongos, decía. Los que nacen donde la electricidad toca la tierra.

En la Mixteca, los hongos no se buscan. El monte tiene sus reglas. Si llueve demasiado, se pudren. Si no llueve, no nacen. Si hay viento seco, se parten. Si hay sombra densa, se esconden. Rubén lo sabía. Por eso caminaba con cuidado. No por miedo a tropezar, sino por respeto a los micelios. Porque el verdadero hongo no se ve. Lo que se ve es la seta. El fruto. El anuncio. Pero el cuerpo está abajo. Silencioso. Extenso. Vivo.

Lo acompañaba Don Eusebio, recolector de hongos desde hace cuarenta años. Zapoteco. De San Juan Mixtepec. Sabía distinguir un Lactarius volemus por el olor a leche agria. Un Cantharellus cibarius por el color de yema. Un Psilocybe zapotecorum por el temblor que deja en la lengua.

La recolección no es paseo. Se lleva cuchillo de hoja curva, canasta de mimbre, pincel de pelo de caballo, frascos de vidrio, papel encerado. No se arrancan. Se cortan. No se amontonan. Se separan. No se lavan. Se limpian. Porque cada hongo tiene su tiempo, su textura, su toxicidad. Y el que no sabe, se envenena.

En Santiago Comaltepec, los hongos tienen nombre propio. En chinanteco, se les llama Nïɬ, seguido de adjetivos que describen su forma, su color, su uso. Nïɬ loguaa dsia ri: oreja de duende. Nïɬ dsia jiun: hongo de consulta. Nïɬ tii tuziee: pata de guajolote. Rubén escuchaba los nombres como quien escucha una lengua que ya conocía. Porque en su infancia, en una finca de Pluma Hidalgo, cortaba hongos de un tronco partido por un rayo. Los mejores. Los que no se vendían. Los que se cocinaban en silencio.

La gastronomía del hongo no es sofisticación. En la Mixteca, se preparan en pilte: hoja santa, cebolla, tomate, sal. Se fríen con ajo y manteca. Se asan con quesillo. Se muelen en mole. Se conservan en miel. Se secan al sol. Se intercambian por café, por maíz, por silencio. Porque el hongo, cuando se respeta, alimenta más que la carne.

Rubén sabía de micelios. Sabía que un solo organismo puede extenderse por hectáreas. Que los hongos conectan árboles, filtran metales, curan heridas, provocan visiones. Sabía que los alucinógenos no son juego. Que el Psilocybe mexicana puede abrir puertas que no se cierran. Que el Panaeolus cyanescens puede mostrar cosas que no se deben ver. Y que el zapotecorum, si se consume con respeto, responde preguntas que nadie se atreve a hacer.

En Veracruz, en Chiapas, en Hidalgo, en Tlaxcala, también se cosechan hongos. Pero en Oaxaca, el oficio es ritual. No hay maquinaria. No hay industria. Hay hombres y mujeres que saben cuándo el bosque está listo.

La última noche, Rubén cocinó hongos en adobo. Con hoja santa, chile tusta, chintextle y mezcal. Los comieron en silencio.

El reportero regresó a la civilización con la mochila llena de esporas y se calló la crónica, no la compartió, no la mencionó, hasta ahora, la convirtió en un cuento, en una especie de novela, donde cuenta la vida de un niño que encuentra un hongo bajo un árbol caído por un rayo. Lo corta. Lo cocina. Lo come. Y entonces, recuerda todo lo que había olvidado.

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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

Fragmento de “Yo, tú, él y sus cuentos”

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