Hace algunos meses, el reportero llegó a Salina Cruz como quien llega a su pueblo. Regresó en plena cosecha a escribir sobre un oficio que no se enseña, que no se presume, que no se grita. El oficio del salinero. El que trabaja donde el sol quema, el agua corta, el viento no refresca y el tiempo se mide en costras de sal.
Las Salinas del Marqués no tienen glamour. Tienen historia. Tienen sudor. Tienen hombres que saben leer el cielo y mujeres que saben cuándo la sal está lista sin tocarla. El reportero lo supo desde que pisó el manto salinero. Ahí no se habla mucho. Se trabaja. Se observa. Se espera.
La cosecha de sal no empieza con la pala. Empieza con la luna. Con la evaporación. Con el cálculo del viento. El salinero sabe que el agua no se retira por capricho. Se retira por temperatura, por presión, por paciencia. Se forman las charcas, se deja que el sol haga lo suyo, y cuando la salmuera alcanza su punto de saturación, empieza la cristalización. El salinero entra con botas de hule, pala de hoja ancha, rastrillo de madera y costal de yute. No hay maquinaria. No hay sombra. No hay tregua.
En las Salinas del Marqués, cada grano de sal tiene memoria. Se extrae a mano, se seca al aire, se carga al hombro. Un buen salinero puede sacar entre ocho y diez toneladas por semana. Pero no todos lo logran. Hay que saber caminar sobre el barro sin hundirse. Hay que saber cuándo la sal está lista sin romperla. Hay que saber que el agua, cuando se equivoca, arruina todo.
El reportero caminó entre los mantos. Vio hombres con la piel partida, con los ojos cerrados por el reflejo, con las manos encallecidas por el cloruro. Vio mujeres que cargaban costales como si fueran niños. Vio niños que jugaban entre montículos blancos como si fueran dunas. Vio que la sal no es blanca. Es roja, es gris, es amarilla, según el momento, según el fondo, según el ánimo del cielo.
Un salinero le explicó que la sal buena se forma en capas. Que la primera es la flor, la más fina, la que se usa para curar heridas y sazonar carnes. Que la segunda es la gruesa, la que se vende en Chiapas, en Puebla, en mercados donde aún se reconoce el sabor del mar. Que la tercera es la de fondo, la que se usa para curtir pieles, para hacer jabón, para fijar tintes. Que la sal, como el oficio, tiene niveles. Y que no todos los que entran al manto saben distinguirlos.
Las Salinas del Marqués tienen nombre desde antes de que llegaran los españoles. Ique Sidi Biá, “salina colorada”, decían los zapotecos. La sal se comerciaba como oro. Se usaba para conservar carne, para curar heridas, para hacer trueque. Durante la Batalla de Guiengola, en 1497, la sal fue clave para resistir a los mexicas. Hoy, el lugar sigue vivo. Pero nadie lo mira.
El reportero vio cómo se cargaban los costales. Cómo se apilaban. Cómo se vendían. Vio muchas cosas. No hay horario. Vio que el salinero trabaja cuando el sol lo permite.
En otros estados, como Sinaloa, Guerrero, Veracruz, también se extrae sal. Pero en Salina Cruz, el oficio es ritual. Es herencia. Es resistencia. No hay maquinaria. No hay automatización. Hay hombres que saben cuándo el agua está lista.
El reportero volvió a la ciudad con los zapatos llenos de sal. Y con la certeza de que hay oficios que no se explican. Se viven. Y que el salinero, como el periodista, trabaja con lo que el mundo le da.
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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx
