Antes del mediodía, la Plaza de la Danza ya estaba repleta. Desde temprano, estudiantes de distintas regiones de Oaxaca llegaron con mochilas, uniformes y pancartas improvisadas. Había expectativa en sus rostros. No asistían a un acto más, sino a un evento anunciado como histórico.
El gobernador Salomón Jara encabezaba la ceremonia. El anuncio era concreto: la entrega de 3,500 computadoras para 302 planteles de educación media superior, distribuidos entre cinco subsistemas —Cobao, IEBO, CSEIIO, Telebachillerato Comunitario y Cecyteo—. La escena se tejía entre el calor del sol y el bullicio de una multitud joven que esperaba, impaciente, el momento en que los discursos se convirtieran en hechos.
La ceremonia abrió con los protocolos oficiales: himno nacional, honores a la bandera y el desfile de presentaciones de autoridades. La secretaria de Educación Pública, Delfina Guzmán, subrayó la visión del gobierno de Oaxaca y el compromiso con la inclusión tecnológica. Habló de políticas nacionales, de la participación del Banco Mundial y de la estrategia digital como política pública. Sus palabras insistieron en un mensaje central: la justicia educativa como justicia social.
Los datos concretos quedaron grabados en la memoria de la mañana: 3,500 equipos, 302 planteles, más de 84 mil estudiantes beneficiados de forma indirecta. En un estado donde la brecha tecnológica suele ser la norma, esa cifra se sintió como un parteaguas.
Después vinieron las entregas simbólicas. Cada subsistema fue llamado y un estudiante subió al templete a recibir un vale que representaba decenas o cientos de computadoras. Los aplausos crecieron con cada nombre. Cecyteo: 602 equipos. IEBO: 1,353. CSEIIO: 404. Cobao: 744. Tebceo: el resto. La suma alimentaba la euforia del público juvenil, que se levantaba de sus asientos para celebrar.
La voz de una estudiante, Yetzani Canseco Guerrero, dio forma al sentir colectivo. Representando a miles de jóvenes, recordó que el bachillerato es el umbral hacia la universidad y que la tecnología es hoy indispensable para cruzar esa frontera. Su discurso, en español y en mazateco, fue uno de los momentos más significativos. Un recordatorio de que la modernidad no borra las lenguas originarias, sino que convive con ellas.
El gobernador Jara retomó la palabra para remarcar el carácter inédito de la acción. Señaló que era la primera vez que Oaxaca destinaba un esfuerzo de tal magnitud al equipamiento tecnológico de la educación media superior. Presentó las computadoras como “ventanas al conocimiento” y anunció que la entrega no quedaría ahí: el próximo año habría otra, quizá de igual o mayor tamaño. Su mensaje buscó dejar claro que la educación es el centro de la llamada Primavera Oaxaqueña.
La Plaza de la Danza se transformó en un mosaico de emociones. Los discursos fueron apenas el telón de fondo de lo que en realidad importaba: los jóvenes celebrando que, por primera vez, la tecnología llegaba a sus planteles de manera masiva. El entusiasmo era visible en los aplausos, en las banderas escolares agitadas, en las fotografías colectivas que cerraron la jornada.
No hubo mezcal ni danzas tradicionales. Fue una Guelaguetza distinta, llamada digital. Un acto de entrega y reciprocidad, pero esta vez con computadoras en lugar de ofrendas. Un día en que la plaza, tantas veces escenario de protestas o de fiestas populares, se volvió aula simbólica, recordando que la educación también se disputa en el espacio público.
Lo que quedó fue una postal clara: una multitud estudiantil que gritó de júbilo al recibir la promesa material de la modernidad. La política, convertida en máquinas. La plaza, convertida en aula. Y Oaxaca, por unas horas, convertida en un territorio donde la esperanza se enchufaba al futuro.
