A veces, Huatulco amanece con olor a aguacate recién abierto. Otras, a bloqueador solar vencido. Pero casi siempre huele a alguien que no sabe dónde está parado. El visitante llega con aroma a expectativa, con fragancia de ansiedad por encontrar el mar como en las fotos. Baja del autobús, del avión o de sus sueños, creyendo que el Caribe empieza aquí, aunque esté en el Pacífico. El aire se le cuela por la nariz como souvenir sensorial. Pero el lugar también lo huele, lo observa, lo identifica.
Porque el turista huele. Eso se sabe. Y en Bahías de Huatulco, lo han confirmado jóvenes universitarios que no sólo estudian, sino olfatean. Lo han dicho con frases espontáneas, en voz baja o entre risas: que los turistas huelen a mochila nueva, a bronceador de supermercado, a deseo de vivir aquí, aunque no sepan el nombre de la calle. Que tienen ese aroma a quien jamás ha probado una tlayuda, a protector solar con pretensiones, a hamburguesa gourmet en tierra de tasajo. Que huelen a fuga emocional y a cierta culpa embotellada en perfume caro.
La playa, como vieja celestina, se queda con ese olor. Lo barre con la arena, lo tapa con el viento, pero lo registra. Lo sabe. El turista es un perfume que camina. Y no todos los perfumes son bienvenidos.
Al principio, el turista no distingue nada. Cree que todo huele a mar, a coco, a libertad. Pero poco a poco su nariz se afina. Empieza a notar que el tejate no es dulce, sino ancestral; que el mercado huele a comunidad, no a caos; que el mezcal no se toma, se respira. El visitante quiere ser parte, quiere oler igual, quiere diluir su colonia entre las empanadas de cazón. Pero el aire ya lo identificó.
Y el conflicto empieza. Porque algunos aromas no sólo se perciben, se imponen. De repente, los hoteles difunden esencia neutra, los cafés huelen a París sin haber pasado por Oaxaca, y las tiendas rocían vainilla sin historia. El copal retrocede. El humo del comal también. El turista, sin quererlo, ha empezado a gentrificar el aire.
Gentrificación sensorial, lo llaman algunos. Porque cuando el olor local se convierte en experiencia aromatizada para Instagram, ya no se respira, se consume. Cuando el mezcal tiene notas de madera importada y no de tierra quemada, se ha perdido el camino. El olor auténtico empieza a parecer violento. Y el aroma visitante se presenta como neutral, global, limpio.
Pero en Huatulco hay jóvenes que resisten desde el olfato. Que narran olores como quien escribe manifiestos. Que identifican al turista por su aroma y, al hacerlo, levantan una muralla invisible. Dicen que huele a quien aún no ha sido parte. Lo dicen sin odio, pero con olfato crítico. Porque el aire también es territorio. Porque la playa no es sólo paisaje. también es nariz colectiva.
Y así lo confirma el estudio de José María Filgueiras Nodar, publicado en Gran Tour, Revista de Investigaciones Turísticas de la Universidad de Murcia. Desde el Instituto de Turismo de la Universidad del Mar, el autor recopiló respuestas libres de jóvenes universitarios residentes en Bahías de Huatulco, revelando cómo el olfato se convierte en frontera simbólica y en campo de disputa ética. Un artículo donde el perfume del visitante se analiza como discurso, como dilema y como crónica costera.
Porque sí: el turista huele. Y cuando se va, deja algo más que arena en los zapatos. Deja aroma. Y ese aroma, a veces, no se va.
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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx
