Todavía conservo imágenes del otro Cuba. El que salía en las películas con mulatas que bailaban en los muelles, abuelos que leían el Granma y un Malecón que parecía eterno. En la infancia, yo escuchaba Radio Martí con angustia. Su tono me parecía marciano, disonante, casi una guerra en mi radio de baterías. No entendía por qué decían que Cuba no era libre, si en los filmes siempre había trovadores, bicicletas y ron barato. Ahora lo entiendo mejor. Tal vez porque la memoria envejece y el país también.
Después escribí sobre las caravanas migrantes en Oaxaca. Aquellos cuerpos que cruzaban a pie “la ruta de nadie”, entre ríos secos y estaciones cerradas. Aprendí que migrar es movimiento y ruptura. Es dejar de ser lo que se fue. Y esa revelación me volvió empático con Cuba. Porque allá, también se huye. Pero sin salir.
Leí apenas que en Cuba hay decenas de miles de personas que son «ilegales» en su propio país. Migrantes internos, sobre todo del oriente de la isla, que llegan a La Habana buscando aire y encuentran portazos. No pueden vivir legalmente en la capital. No tienen libreta de abastecimiento. No tienen empleo formal. No tienen nada. Son pobres que cruzan provincias como quien cruza fronteras sin visa.
Algunos los llaman “palestinos”. Un término heredado del conflicto, del desplazamiento, del sin patria. En Cuba se convirtió en insulto. El Estado, lejos de garantizar derechos, responde con decretos. El número 217, emitido en 1997, sigue vigente. Establece que para mudarse a La Habana se necesita autorización especial. Como si la capital fuera otro país. Como si el cubano tuviera que pedir permiso para vivir en su país.
Eso no salía en las películas. Tampoco lo decía Radio Martí, que hablaba de exiliados, pero no de los que huyen del campo al semáforo. El Estado cubano prefiere llamar a este fenómeno “urbanización creciente”, como si fuera parte de un proceso de desarrollo. Pero no lo es. Es pobreza. Es desesperación.
Los testimonios son reveladores. Un joven fue detenido por estar en La Habana sin domicilio local. Lo deportaron a Santiago. Como si fuera extranjero. Como si no perteneciera. “Estaba almorzando en el portal y llegó la policía. Vieron que era de Santiago y lo detuvieron”. Así, sin delito. Solo por ser de otro sitio dentro del mismo país.
Cada viernes, dos ómnibus y un tren se encargan de limpiar La Habana de los migrantes internos. La Constitución cubana, en su artículo 52, reconoce el derecho a residir en cualquier parte del país. Pero el decreto 217 lo contradice. Es la paradoja del socialismo cubano: prometer con la ley, prohibir con la práctica.
Los datos son alarmantes. Cuba perdió más de 300 mil habitantes entre 2023 y 2024. El economista Albizu-Campos afirma que ya no son 9 millones: son 8. La natalidad cae. Más del 25% de los cubanos tiene más de 60 años. La Habana crece porque los otros pueblos mueren lentamente. Provincias como Las Tunas, Granma y Guantánamo vacían a los jóvenes como si fueran costales perforados. El país se convierte en un mapa hueco.
Y como si no bastara, quienes migran del campo a la ciudad lo hacen sin derechos. No hay programas para acogerlos. No hay escuelas. No hay médicos para sus hijos. No hay cuotas para el mercado racionado. No hay política pública. Ni siquiera hay narrativa oficial. El gobierno habla de “retorno”, de “circularidad”. Eufemismos que no alimentan.
En Oaxaca, vi lo mismo. Gente que migraba desde Honduras pero que no contaba en el censo. Cruzaban pueblos sin nombre, dormían debajo de puentes sin nombre, tenían hijos sin escuela y enfermedades sin diagnóstico. La migración silenciosa no molesta porque no se ve. Y Cuba está llena de esos invisibles que nadie quiere mirar. Porque migrar de Holguín a La Habana no es noticia. Pero debería serlo.
Lo más duro es que el campo se convierte en un fantasma. Las fincas improductivas expulsan a los campesinos. Y en su éxodo silencioso, se llevan el saber agrícola, el vínculo con la tierra, el ciclo de las lluvias. Y cuando llegan a la ciudad, nadie los espera. Porque los centros urbanos están diseñados para consumir, no para sembrar.
No hay final feliz. Cuba se ha vuelto un país donde moverse es delito. Donde la pobreza se castiga. Donde la capital se defiende con patrullas y decretos. Donde ser del oriente es casi ser extranjero. Y eso lo entendí tarde. Lo comprendí cuando vi en Oaxaca a una niña hondureña preguntar si podía entrar al baño. Cuando la realidad se parece en dos países distintos, algo está roto.
Cuba sigue saliendo en películas. Pero ya no es la Cuba de los mojitos y la salsa. Es la Cuba del congal. Del que se fue sin irse. Del que vive sin domicilio. Del que siembra en tierra prestada. Esa es la imagen que conservo. Y aunque la radio Martí ya no me angustia, la realidad sí.
++++
Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
