Gentrificación emocional de Oaxaca
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Recibí una llamada telefónica desde Veracruz. La voz al otro lado, con acento jarocho, me dijo: —“Estuve en Oaxaca… y me sentí en un anime”.
Me quedé en silencio. No por falta de palabras. Por exceso de imágenes.
Un anime, dijo. No un documental, no una crónica, no una novela de Rulfo. Un anime. Como si Oaxaca fuera ahora un episodio de Shingeki no Guelaguetza. Como si los alebrijes flotaran en cámara lenta, con música de piano triste y ojos brillantes. Como si el mezcal viniera con efectos especiales y los tamales hablaran en japonés.
“Tuvo una experiencia sensorial”, pensé con ironía. Eso quiso decir. No lo dijo, pero lo dijo. Porque me imagino que cuando uno se siente en un “anime”, no está describiendo un lugar. Está confesando una emoción. Una distorsión estética. Una rendición.
Y entonces lo entendí.
La narrativa de Oaxaca —esa que antes se tejía con hilos teñidos con grana cochinilla, barro de Atzompa y resistencia de hombres y mujeres de izquierda— ahora se está gentrificando. Pero no con edificios. Con palabras. Con sensaciones prefabricadas. Con turistas que no buscan historia, sino experiencia. Con influencers que no entienden el silencio de Monte Albán, pero lo filman en 4K.
La promoción de Oaxaca de boca en boca ya no huele a mole. Huele a anime. A merchandising emocional. A esa frase que se repite como mantra: —“Me sentí en un anime”.
Y yo, que crecí escuchando que Oaxaca era la tierra donde Dios nunca muere, tlayudas de maíz bolita, mezcales y chapulines, ahora escucho que es tierra de filtros y playlists.
No sé si reír o llorar. Pero sé que la llamada terminó. Y que, en el fondo, muy en el fondo, me dieron ganas de buscar al anime. Todavía no sé para qué, pero algo se me ocurrirá.
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Redacción de Misael Sánchez para Agencia Oaxaca Mx
